viernes, 13 de julio de 2012

Ramos de novia y nicotina

                                               
  Y un día saldrás con las amigas. Saldrás de la peluquería mientras él se queda en casa. Él se quedará con un plato medio frío y la televisión de jornada en prime time mientras tú te vas. Parece que los suegros ya ni siquiera existen, que tus hijos se han largado a un campamento y que te sientes más joven que nunca. Eres lista, eres la lucha de muchos siglos vencida. Ganas más dinero que tu marido en una venganza que ya merecieron tus tatarabuelas, pero no estás pensando en ello mientras sostienes el primer gin tonic, el que te emborracha extrañada porque ni siquiera éste es un día de boda. No acostumbras a fumar pero hoy exhalas el estrés, te exaltas con la cocaína –un día es un día- y casi no eres capaz de controlar tus caderas. Es de noche pero en realidad parece que todo es amanecer, que nunca anochecerá salvo en cualquier orilla de playa. Piensas así porque echas muchísimo de menos el mar, te queda muy lejos y hace demasiados meses que no lo ves, porque el verano pasado se te truncaron los planes y tuviste que estar al pie del cañón en el hospital, cuidando de tu padre, que nunca fue capaz de dejar el tabaco por mucho que se lo advirtieron. El móvil hace muchas horas que desapareció en la neblina del primer bar, un poco después de mandarle un mensaje tranquilizador a tu marido dejándole un te quiero rutinario que a él le bastó mientras programaba el lavavajillas con manos torpes. De repente te asombra tu risa en el espejo del baño. Sacudes la melena y pasas una capa de pintalabios antiguo, el mismo que usabas la noche que él se enamoró de ti cuando ni siquiera habías acabado la carrera. El rumor de la música afuera te recuerda aquel día y aquella fiesta y la canción que bailaste con él sabiendo que esa noche llegarías más tarde de lo normal. 


  Estás guapísima y todos tus gestos lo corroboran antes de cerrar la puerta del lavabo, en el último vistazo al espejo. Recuerdas un restaurante remoto en cualquier costa y el sexo inocente del primer amor, pero en seguida te apetece acudir a la barra a pedir otra copa. Bailas una canción lejana en medio de una libertad inédita y se te olvidan los días y el proyecto tan importante que está encima de la mesa de tu despacho. Tus amigas te ven más alegre de lo normal y te lo dicen y tú les sonríes: pareces un marino convencido de llegar a puerto, a algún puerto, por fin. En cualquier reloj te parece ver la hora; te asombra lo que apuntan las agujas. No estás acostumbrada a trasnochar pero estás muy despierta y en mitad de la barra de un bar, borracha. Un chispazo de hielo te recuerda las veces en que él te encontraba, siempre por encima de la multitud, y te agarraba del brazo para mirarte a los ojos por fin. Pero todo se esfuma en el humo de decenas de cigarros. Entornas los ojos y media sonrisa se te pierde en mitad de la pista de baile cuando te asomas y al fondo, en lo más oscuro del bar, un perfil y una espalda te resultan familiares. Se te olvidó seducir hace tiempo, cuando iniciabas la tesis doctoral. Tontita, te dices, mientras compruebas que tu corazón bombea batiendo velas a más nudos de lo previsto. Taquicardia adolescente, a mis años. Te fijas un poco más y sales de dudas: es él. Siempre supiste que el amor se encuentra una sola vez en la vida y que los amantes que se sucedían en tu cama no eran sino el fracaso de la estocada que dabas al pasado, vengativa. Siempre supiste que las fotos de boda debieron correr a cargo de los padres de él.




                                                                                                  Pablo Macflay

1 comentario:

  1. Fantástico, las última slíneas marcan estilo.
    Si tienes un momento que carajo hago con los próximos minutos y tienes un ordenador en frente, échale un vistazo a mi blog.
    http://contraquienvotas.blogspot.com/

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