domingo, 15 de julio de 2012

El Maestro (II)

  El Maestro que nunca tuve pero siempre me acompañó. Él jamás pidió permiso para entrar en mi vida, nunca hizo un gesto para que yo le aceptara en ese pequeño círculo en el que habito. Simplemente un día apareció; apareció por sorpresa, como las mejores cosas. Como esa mujer que descubres al final de la barra; como ese compañero de clase que aparece cuando tienes un problema grave y pasa a ser un amigo; como esa cerveza a la que te invita el camarero justo antes de cerrar. Por él empecé a llevar sombrero. Recuerdo el día que me dijo  “Está bien tener sombrero por si se presenta una buena ocasión para quitárselo.”

  Desde que le conocí, me acompaña a todos lados, jamás se separa de mí. Cuando esa chica desapareció, él me recordó que el amor es un juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño.  La misma chica que conquisté con alguna de sus frases.

 Él, sin más, apareció; apareció y se quedó. Y aunque no lo puedo asegurar, creo que la primera vez que lo conocí yo andaba tomando una cerveza, y al fondo de todo sonaba un ruido; un ruido en forma de canción. Ese fue, y es, mi ruido del fondo.




                                                                                                            Guillem Casals León

                                                                      

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