miércoles, 25 de julio de 2012

No me llames ilusa.


  "No me llames iluso, porque tenga una ilusión" decía aquella canción más pegajosa que pegadiza. Eso no evita que algunos, como yo, adoptemos este eslogan de continuo.

  Si es verdad que todo sabe distinto cuando tienes un punto de color esperándote en el horizonte. ¿Quién no se levanta con más energía, va al trabajo de mejor humor, incluso va por la vida con esa sonrisilla que otros llamarían estúpida por pura envidia?

  No hay nada como tener un objetivo, una cruz en el calendario que señale un día que será diferente. Lo malo, estaba pensando ahora, es lo que se hace mientras tanto. Sin darnos cuenta, pones el modo automático y solo deseas que los días pasen lo más rápido posible hasta el señalado.

  Es una bonita forma de envejecer más deprisa. Un día, cuando consigas independizarte (ese es mi anhelo), te despertarás satisfecha contigo misma, pero seguramente con treinta años (tal y como está el patio, antes sería un milagro). Y, ¿qué habrás hecho hasta entonces? Hacer tiempo.

  Por no hablar del tema de las ilusiones frustradas, esperanzas baldías (viene de hacer algo en balde, soltad el diccionario) y sueños que en la realidad no son para tanto. Pero ese es otro tema.

  Por ahora me conformo con modificar mi lema por otro más nacional aún: "De ilusiones, vive el tonto de los cojones".


                                                                                                           Belén Corral García

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