martes, 31 de julio de 2012

Palabras e impostores



  En alguna otra parte apunté ya que quien respeta a su idioma se respeta a sí mismo. No sé en qué momento llegaría yo a tal conclusión, aunque la intuyo; devorar letra impresa desde la más tierna infancia tiene sus consecuencias, como acabar convirtiéndote en un talibán del lenguaje, refractario a cualquier impostura verbal y fanático de llamar a las cosas por su nombre, por muchos elegantes circunloquios que se le quiera añadir al asunto. No sé si me explico. El lenguaje –o, mejor dicho, quien lo utiliza- pocas veces es inocente. El lenguaje, el habla, es el verdadero creador del mundo. El mar no sería mar del todo sin esa palabra que en apenas una sílaba arrastra todas las olas hasta la r del último horizonte. La palabra atardecer no es concebible sin esa rendición de un sol rojizo que te enciende la frente cada vez que la pronuncias. Al hogar se le escapan volutas de humo desde la chimenea del invierno. Y el primer ser humano que balbuceó el vocativo amor, en latín, hace unos cuantos miles de años, rendido quizás ante la belleza de su amante, no sólo hilvanaba cuatro letras, sino que respondía a la pulsión de un misterio que le llegaba hasta la conciencia desde el fondo de la tierra. El maestro Félix Grande lo resumió mucho mejor en un cuarteto memorable: “Los que sin fervor comen del gran pan del idioma / y lo usan como adorno o coraza o chantaje / sienten por mí un rechazo donde la rabia asoma: / yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje”.


  Hay ciertas palabras que de tanto usarlas han perdido su significado en los últimos tiempos. A veces, pronunciadas por quienes ignoran su antiguo y nobilísimo linaje; las más de las veces, pervertidas por quienes a sabiendas de su origen no dudan en revolcarlas en el lupanar infame de su propia desvergüenza. La palabra patria, por ejemplo, es una de ellas. Sólo tú y el lenguaje, desafía el maestro. Sólo yo y los míos, le responden, enrabietados, quienes se han creído siempre con el derecho a delimitar las fronteras entre un país y otro, entre su barrio y el de más allá, entre la vida y la muerte (en este último caso, reclamando las monedas del barquero Caronte para las arcas del palacio de Roma). Pero esto no es nada nuevo. La patria siempre ha sido un concepto muy peligroso, utilizado impúdicamente para justificar genocidios, dictaduras, garrotazos de Goya.

  Hay otras palabras, sin embargo, cuyo significado estaba muy claro hasta hace muy poco. La palabra libertad, por ejemplo. La palabra democracia. No hace ni cuatro días que todos sabíamos a qué nos referíamos al pronunciarlas. Libertad era, por ejemplo, declararse ateo, o agnóstico, o librepensador, y que nadie te cocinase a la plancha en la plaza del pueblo. Era tener libros de Lorca, o Marx, o Sartre, y que no te tirasen la puerta abajo de madrugada. (Igual, ojo, que declararse católico o lector de Henry Miller, anteayer, al otro lado del Telón de Acero.) Yo no llegué a vivir eso, porque tengo veinticuatro primaveras, pero me lo han contado, o lo he leído. Ahora, libertad es poder hacer zapping entre Aquí hay pitote y Operación Burdel. También, por lo visto, que tres hijos de puta con traje decidan, en honor a la sacrosanta libertad de mercado, que vas a cobrar cuatro duros y medio por currar diecisiete horas al día más lo que al jefe le salga de la flor. Y no se te ocurra rechistar (rechistar entraría ya en el terreno del libertinaje, no de la libertad). De igual modo, democracia no es lo que a tanta gente durante siglos costó conseguir, oponiéndose a sangre y fuego a los tiranos de siempre, dando su vida las más de las veces: democracia es lo que un individuo, nieto en muchos casos de esos mismos tiranos, dice que es: la inventaron ellos el otro día, y consiste en que puedes decir y votar lo que quieras, sí, lo acatamos: pero como lo que digas no nos guste pasarás a formar parte de los anti-patriotas, o totalitarios, o antidemócratas. Que tiene cojones.

  Esto es una democracia (sea lo que sea lo que quiera decir, el célebre palabro), y cada cual debe votar lo que le dé la gana. Pero hazme, hazte un favor: antes de acudir a las urnas, escucha bien durante estos meses lo que tenga que decir tu aspirante a dirigir el cotarro. Y presta mucha atención al respeto que profesa a las palabras que utiliza: si no las respeta, tampoco se estará respetando a sí mismo. Y difícilmente te estará respetando a ti.

                                                                                                       Miguelton Ortega Lucas
                                                                                       

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