miércoles, 25 de julio de 2012

¿Papá?




  Se había pasado gran parte de su infancia malgastando (de eso se dio cuenta después) sus fines de semana recorriendo cientos de kilómetros para jugar al fútbol. Cada dos semanas, un viaje de un par de horas, casi de madrugada, para vestirse corto, darle unas patadas a un balón e intentar durante 90 minutos que sus sueños, como el de la noche anterior, se hicieran realidad. Rara vez sucedió eso. Jugaba. Y no lo hacía mal. Pero faltaba algo.

  Los partidos de casa eran los mejores. No por los resultados, sino por el ambiente. En aquel pequeño campo se juntaban, los domingos por la mañana, varios cientos de personas para animar a los chiquillos. Primero los alevines, luego los infantiles y finalmente los cadetes. Himno, alineación, salida al campo. Toda una ceremonia que le hacía sentir, aunque solo fuera durante unos instantes, una estrella.

  La grada estaba llena de amigos y familiares. Casi ningún padre se perdía el partido de su hijo. Las madres tampoco. Se daba una curiosa separación de sexos: ellos seguían y comentaban el partido; ellas se juntaban, hablaban y "pues mi niño estuvo medio malo la semana pasada. Tuve que llevarlo al hospital y todo. Estaba 'picao' de la garganta…" Lo típico.

  Todos reunidos para ver a sus estrellas. ¿Todos? No. Los padres de él no. Su madre casi nunca fue a verlo. Ni sus tíos. Ni su abuelo. A diferencia de muchos otros familiares, los suyos ya se olían que aquella incipiente carrera futbolística no iba a ninguna parte. Por lo menos se ahorraron un disgusto. ¿Y su padre? Ni estaba ni se le esperaba. Después de cada partido en casa, y alguno fuera, muchos jugadores se iban con sus padres, que les esperaban a la salida de los vestuarios. No era su caso.

  No conocía a su padre. Era hijo único de una madre soltera. Muy soltera. Durante su infancia, y su posterior adolescencia, la figura de su padre había estado ausente. No era un tema tabú en su familia. De hecho, las escasas veces que salía a la luz, lo trataban con naturalidad (al tema, no al padre). Con el paso del tiempo todo había evolucionado hasta casi rozar el olvido. Pero era un olvido artificial. ¿Cómo vas a olvidar a un padre, por mucho que no lo conozcas?

  Dejó el fútbol, sin traumas. Se centró en los estudios, se fue de casa y comenzó una carrera. Vivir fuera, lejos. Miles de historias, muchos amigos, trabajo… Nada especial. Al cabo de los años, todo eso terminó y tuvo que regresar. No sin antes dar un paso importantísimo. De repente, un día, decidió que el momento de conocer a su padre. Ni él mismo supo por qué en ese momento. La historia se repetía: las decisiones más importantes de su vida habían sido precedidas de impulsos. Y aquella no iba a ser una excepción.

  Se lo contó a su madre. Su discurso de comprensión y apoyo no conseguía tapar su cara de asombro. "¿Por qué coño quieres conocer a tu padre ahora? ¿Te pasa algo?". No lo dijo, pero como si lo hubiera hecho. Todo fue muy rápido. Un mail, una llamada y una semana después ya había conseguido que el hombre que llevaba más de 20 años huyendo, su padre, aceptara reunirse con él.

  Asuntos totalmente absurdos le rondaban. ¿Cómo anotar su número de teléfono en la agenda del móvil? Solo pensar en poner 'Papá' le daba escalofríos.

  Quedaron para comer. Se encontrarían al mediodía en una determinada calle, pero ninguno de los dos se habían visto antes. A él le habían dicho que se parecía muchísimo a él. Muy bien. Pero eso no iba a servirle de mucho. Llegó puntual y comenzó a andar. Cuando llegó a la segunda esquina de la calle, se cruzó con alguien. Misma estatura, camisa de cuadros, gafas de pasta, pelo escaso y canoso. Y piel morena. Más que él. No le prestó atención. Pero al revés…

- Perdona, tú eres Darío, ¿no?

Se giró, lo miró y pensó: "¿Papá?"

- Sí –dijo.

                                                                                                                       Darío Ojeda

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