martes, 31 de julio de 2012

Refugios y oasis.


  Todos los días acostumbro a pasar por una barriada obrera de las de toda la vida, de éstas en las que (sobre)vive principalmente gente mayor, y donde tienes que saludar al que te cruces porque, ignorantes ellos, allí aún no saben que hay que desconfiar del vecino. Siempre que cruzo ese oasis, siempre, hay un señor mayor asomado a la ventana de su piso a ras de calle. Y siempre que paso por delante, siempre, me saluda y me pide un cigarro. Yo educadamente le doy las buenas tardes y le contesto que no fumo. Siempre. Uno de estos días rutinarios pasé por allí, pero resultó que no, que de rutinario nada: el fumador frustrado de la ventana no estaba en su puesto para la función del día. Todo esto me llevó a las consiguientes reflexiones sobre el sentido de la vida, la soledad que a todos nos llegará algún día (menos a ti, ya, ya sé), el carpe diem y demás.

El problema es que esta breve crisis existencial, no está compartirla en una conversación entre colegas; ni siquiera entre amigos. Uno se lo tiene que callar, porque eso de ser pedante está muy feo, y nadie en su sano juicio quiere arriesgarse a que le tomen por un snob trascendente. O peor aún, por un opinólogo-tertuliano-columnista.

Pero quien hace las leyes de las interacciones sociales también hace la trampa, e igual que en palabras de Eduardo Sacheri el fútbol es el último refugio de la inocencia, la hoja en blanco es el último refugio de las emociones. Como en los diarios de los adolescentes, donde juran y perjuran que no repetirán conductas amorosas que a partir de entonces se convertirán en un patrón de su vida, la hoja en blanco nos permite escribir todo eso que no está permitido compartir en nuestras conversaciones diarias. Alguno de los habitantes de este refugio dijo una vez que todo hombre enamorado es un poeta, pero yo estoy convencido de que es al revés: toda persona que se planta delante de una hoja en blanco, está enamorada; al menos, de la vida.

Naturalmente no pienso contar que al día siguiente de estas reflexiones el señor seguía asomado a la ventana, en mitad de su oasis, y que me pidió un cigarro después de saludarme. Como siempre. Bastante tenemos con que la realidad nos joda la vida día sí y día también, como para además permitirle que se convierta en la dictadora de este pequeño refugio.

                                                                                                                   Iñigo Arza

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