martes, 10 de julio de 2012

Un día conocí a una niña


   Un día conocí a una niña. La locura hecha persona, pero eso era un menester dada su personalidad infantil. Yo nunca quise crecer, así que me dejé embaucar por sus ínfimos ojos infernales, glacialmente solitarios. Su soledad no era un pretexto para evitar la mía, sino una extensión inevitable, dos extremos que forman parte de una misma línea. Sus pequeñas manos me mostraron las cosas más grandes, no sus insignificantes senos, sino la mentira y la ira, la rabia y la cobardía. Son términos que yo había oído pero nunca llegué a ver, hasta aquel día en el que conocí a una niña. La quería, matar. Eso querría ella. 
  
   La pequeña niña no se daba cuenta de que gracias a mi condena, ella obtuvo la redención del sentirse mujer. Antes jugaba sin saber las consecuencias, ahora la mujercita planea minuciosamente cada acto para que la resolución fuera irrefutable. Me costó entender que ya no era un juego, que estaba siendo utilizado. Su madurez tenía un precio, más bien madur-ex, porque fui yo el precio a pagar, obviamente como esclavo. Reflexionando un lunes, recomiendo que nunca un hombre o amago de él, se fíe del rostro angelical de una niña, como la que yo conocí un día.



                                                                                                                       
                                                                                                               Pablo González             

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