jueves, 9 de agosto de 2012

Domingo


Nos dimos un beso en la mejilla, de esos de querer matar al que inventó los putos modales; después cada uno agachamos la cabeza en una dirección.
Y sin darme la vuelta en ningún desesperado momento, pude notar cómo nos íbamos alejando de algún centro de la tierra que debió estar justo debajo del primer beso.   Cada uno con ese movimiento preciso, constante y casi por inercia que siempre nos caracterizó.
Ese manual de rituales practicados tantos días que se desangraban tras nosotros. Tan expuestos, tan programados.
Ese lado de la cama, de la mesa, del coche. Ese quién duerme y quién abraza, quién come y quién cocina, quién conduce y quién es el idiota que se deja llevar. 


                                                                                                                              Irene X.

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