sábado, 11 de agosto de 2012

Fantasmas


En una esquina del barrio industrial, junto a las casas baratas de los obreros, quedaba un antiguo palacete, con escudo noble en la fachada mohosa y el tejado medio hundido. Había pertenecido al propietario de una de las primeras fábricas, pero hacía mucho tiempo que no vivía nadie en él. Decían que estaba encantado, que lo habitaba el espíritu de la contradicción.
A principios de siglo un banco adquirió el edificio, lo arregló y abrió unas oficinas, que nunca tuvieron demasiados clientes, porque los del barrio andaban siempre con el dinero justo, y no ingresaban casi nada. Un par de años después, las cerraron.
Luego le tocó el turno a una inmobiliaria, y pasó más o menos lo mismo.
Se hizo con la propiedad el ayuntamiento y lo cedió a una asociación cultural. Pero no se asociaba nadie.
Apareció una empresa extranjera, que se lo compró al municipio. Derribaron el viejo caserón, para instalar un supermercado con aparcamiento en el solar.
El negocio era rentable; algunos vecinos del barrio empezaron a trabajar allí. En dos locales anexos se establecieron una farmacia y una librería.
El encargado y una cajera han comenzado a salir, y ya piensan en alquilar o comprar una casa para vivir juntos, tal vez en el barrio nuevo, más allá del río.
Marta y Javier, se llaman.
Nadie ha vuelto a oír hablar del espíritu de la contradicción.


                                                                                                                          Antonio G.

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