lunes, 6 de agosto de 2012

Midnight with Paris.


  Empezamos nosotros, no ellas. Nosotros alteramos la aritmética del equilibrio sagrado, y ahora, como niños que contemplan atónitos los últimos coletazos del pez fuera de la pecera, afrontamos las consecuencias con los pedazos del jarrón entre las manos compungidas.

 Sí, ellas han cambiado. Despertamos y habían conquistado actitudes que ayer custodiábamos celosos, exhibían la certidumbre de sus intimidades con el aplomo que sólo habíamos soñado fingir mientras algunos, como bárbaros arrollados por el empuje de la civilización, se lamentaban heridos en su masculinidad confusa.
  
   Pero nosotros habíamos adelantado el primer peón en un volantazo de la historia impredecible: abrazamos la feminidad con el fervor del converso. De repente nos interesaba la ropa, con su caducidad insaciable, la cosmética y su clamorosa trampa; forjamos un becerro de oro entregándonos a él con tal entusiasmo que las empujamos (¡hasta cotas inéditas!) arropadas por el cabreo de Afrodita: Paris se había comido la manzana de la discordia porque tenía mucha fibra.

 “¡El colectivo gay!” Dijeron algunos exaltados (la rotundidad suele encubrir a la confusión), “ellos han impuesto su percepción refinada, su armonía helenística; han de ser los culpables” y se encaminaron a los gimnasios, de los que por cierto  no han vuelto a salir, para reprocharles aquella inadmisible intromisión (los paralelismos con el VIH se me deslizan entre los dedos).

  Los gays, por su parte, satisfechos con los frutos de esta bella época y afianzados en el pleno disfrute de sus facultades señalaron con una sonrisa sardónica al verdadero culpable: las peluquerías. 
  
  Recordamos apesadumbrados, como suelen revelarse de un golpe letal los trastornos de la noche anterior,  lo que destruimos en nuestro alucinado delirio e invadidos por la culpa hemos huido a refugiarnos en aquellos olvidos mientras la más sexy del salón de belleza (la del peinado imposible) nos masajea con esmero el cuero cabelludo  (por cierto, es la que peor lo hace, a ella se lo corta la bajita despeluchada).
  
“¿Está bien el agua?” y apenas puedes contestar, el juicio nublado se sumerge en los gratos recuerdos de infancia, la peluquería de tu barrio, pequeña y bulliciosa, una mezquita secular donde la sabiduría (¡la masculinidad!) se transmitía de padres a hijos con la misma naturalidad con la que un oso enseña a sus crías a cazar salmonetes.
  
 Es sábado por la mañana, sentado en el suelo con tus galletas no adviertes que tu padre (el hombre cuya insistencia en que la pegues con las dos piernas acabarás agradeciendo)  apenas presta atención al periódico, repleto de trifulcas inanes, y observa atento tus reacciones ante la televisión. Una vez que ha comprobado satisfecho que pestañeas menos con Xena que con Hércules se levanta animoso y te lleva a cortar el pelo.
  
  Allí todo orbita alrededor de una figura central, un Pantocrátor que hace las veces de confesor, esteta, psicólogo y periodista local: el peluquero, ese héroe de la cotidianeidad que disipaba la rutina imponiéndose sobre la fricción de los días con el cigarrillo en la comisura, era el metrónomo que marcaba los tempos del desarrollo.


  Cuando aún eras un cachorro te limitabas a escuchar (y a imitar) lo que hacían los mayores con su vocerío inaccesible y sus ademanes arbitrarios. Un corte funcional de maquinilla, al tres, rematado con la preceptiva colleja completaban el ritual en el que atreverse a vislumbrar el manoseado Interviú todavía era una osadía inalcanzable.

  Poco a poco, mamando directamente de la fuente, se adquiría cierta erudición necesaria que permitía capearse en la jungla de asfalto; a saber “todos son unos ladrones”, “el fútbol es así”, “lo dejó por beber demasiado”…

  Hasta que llegaba el día, la primera comunión laica: ir sólo a la peluquería. El peluquero, el sumo sacerdote, que te ve llegar (ufano y expectante), prepara el trono acomodándote con mucha pompa y te impone esa gorguera cervantina que aprieta como la vida. Alguien deja caer el ansiado Interviú en tus rodillas y un poco acalorado charlas de chicas, deportes, y otras pequeñeces que nos tendrán ocupados mientras el corazón siga bombeando.

  Has ingresado en una tradición milenaria de hombres nobles y curtidos, el espejo no responde si eres guapo o no pero te notas diferente. “Te lo he dejado al cuatro dice sonriendo”. Pero ahora, al recordarlo, percibes la amargura en su sonrisa; él ya sabía que lo traicionaríamos.

  ¿Qué hemos hecho? ¿Qué pasó con la tradición? ¿Qué fue de ese peluquero? ¿Qué fue de todos los artesanos en este país?

   
  Me pongo en pie de un salto y el centro de belleza enmudece. Ante la atónita mirada de las señoritas salgo con paso tranquilo y el pelo lleno de champú: “me voy, entendedlo, es para que nos volváis a querer”. 


                                                                                                                            Cary Gooper

                          

1 comentario:

  1. Había visto este vídeo y había algo que no me gustaba y no sabía el por qué. Luego leí esta entrada y ya se por qué estos hombres no parecen hombres.
    http://www.youtube.com/watch?v=z5NRWM3FgqA
    Creo que deberían volver a sus antiguas peluquerías.

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