martes, 21 de agosto de 2012

¿Papá? (II)


   De una esquina a otra. De un saludo frío y rápido, a la mesa de un restaurante. El primero que se cruzó ante ellos.

   Se habían saludado igual que cuando un amigo te presenta a una chica guapa en una discoteca: con demasiada educación y poca confianza. Como se saludarían dos desconocidos, que al fin y al cabo eso es lo que eran: dos absolutos desconocidos.

   Se sentaron el uno frente al otro. Eran las dos y media de la tarde pero el restaurante estaba casi vacío. Solo una pareja ya mayor apuraba su comida. Por el bien del negocio, pensó, que ese día fuera excepción. El sitio era de comida casera, que es lo mismo que decir que no hacían experimentos. La comida de autor, en El Bulli. Bueno, ya no. Si en vez de ese sitio, lo que hubiera estado más cerca hubiese sido un restaurante chino, el primer recuerdo de su padre se vería salpicado de tallarines, rollitos de primavera, arroz tres delicias… Mejor no pensarlo.

   Dos cervezas, una sin alcohol, un poco de tomate y unos longorones. Pan y queso para acompañar. Ese fue el menú. Ligero. Para pesada ya habría bastante con la conversación. ¿Qué decir? ¿Qué preguntar? Él tenia miedo a la situación; su padre le tenía miedo a él. Después de tanto tiempo, cualquier reproche que pudiera salir por la boca de su hijo estaría justificado y no tendría argumentos para rebatirlo.

- Bueno, ¿qué quieres saber?
- Esto no te lo esperabas, ¿verdad?
- Pues no, pero supongo que algún día tendría que llegar.
- Sí. Y ha llegado. Nunca he querido saber nada de ti, hasta ahora.

   La conversación siguió un poco a trompicones. Frases cortas e inseguras, silencios casi eternos, miradas culpables… Él le contó que lo que le había movido había sido la curiosidad y no algún interés más oscuro. Le explicó, de aquella manera, quién era y qué hacía. Su padre hizo más o menos lo mismo, aunque sin querer reconoció que su vida había sido miserable y triste.

   Profesor de matemáticas en un instituto, llevaba huyendo toda su vida. Solo, sin contarle a su familia, excepto a una hermana, que tenía un hijo. Ninguna relación seria en el último cuarto de siglo. Una vida solitaria entre chicos de instituto, amigos-de-toda-la-vida y su familia. Curiosamente, el instituto en el que tenía su plaza (aunque ahora daba clase en un centro de mayores) era el mismo en el que había estudiado su hijo el curso de 2º de Bachiller. Habían coincidido, pero él estudiaba por la mañana y su padre daba clases por la noche.


- ¿Qué quieres saber?– repitió.
- Me gustaría saber por qué, pero ya me has dejado claro que ni siquiera tú sabes la razón.


   Efectivamente, no la sabía. O decía no saberla. Él le creyó. En los ojos de su padre apreciaba dolor. A saber su percepción era acertada. De cualquier manera, aquello no daba para mucho más. Lo había conocido, había conseguido algo de información y, de una manera más o menos clara, le había dejado entrever que ahora le tocaba a él: dar un paso al frente, decírselo al resto de su familia...

   Pasó el tiempo y ni uno ni otro hicieron nada por pararlo. Ni una llamada, ni un email…Nada. Él sabía que en algún momento tendría que tomar la iniciativa, pero en el fondo esperaba que lo hiciera su padre. Aunque, si había estado huyendo casi veinticinco años, nadie podía asegurar que no cayeran otros veinticinco.

   ¿Cuánto tiempo puede estar huyendo una persona? Aún no lo sé. Pero si este blog sigue en pie unas décadas más, creo que podré darles la respuesta.



                                                                                                                          Dario Ojeda

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