miércoles, 8 de agosto de 2012

Una de condenados


«Porque los condenados a cien años de soledad
no tenían una segunda oportunidad sobre la Tierra»


            Yo: ...Eres tú? No veo nada, está muy oscuro
            : Parece que no esperabas volver a verme.
            A mí también me resulta extraño.
            No sé cómo he llegado aquí, hace mucho me requisaron la brújula
            Yo: Pero yo te maté. Lo recuerdo bien. Te maté, joder.
            Purgo la pena arrastrando un alma estúpida por las aceras y tú ya te has ido.
            De una forma sucia y sin mucho sentido todo parecía tranquilo...
            No deberías haber venido.
            No merecemos volver a llorarnos
            : Llorar. Sí. Muy propio de los vivos
            Yo: Y recordar también, aunque tú ya no lo entiendas. Desde que te fuiste no he tenido ahora, no he tenido ya, ni distingo la pesadilla de la realidad por culpa del antes, nuestro antes.
            No lo compliques más, por favor, vete de una vez...
            No eres real. No puedes ser real. Te estoy imaginando.
            : Que me estés imaginando no significa que no sea real
            Yo: Ojalá no lo fueras. Y tampoco lo fueran las lágrimas de ahora ni las anteriores.
            Pero sí es real. Tanto, que parece que puedo tocarte. Es tan real que te veo por todas partes, de una manera egoísta. Como si nos hubiéramos encargado de inventar el dolor, tú y yo solos, y algo más grande, imposible, algo inquebrantable, me hubiera condenado a echarte de menos esta vida y todas las de después.
            Y también es egoísta hablar con los muertos y manosear la memoria de lo que tú y yo representábamos antes, cuando vivías, hasta mutilar la memoria, hasta desfigurarla como si fuéramos dos chiquillos sádicos jugando a rompernos, como dos torpes enfermos de amnesia.
            Será mejor que te vayas
            : Por qué lo hiciste? En qué momento puede alguien jugar a ser un tirano, a someter a quien te quiere? Cuándo los años no son suficientes? En qué estación? Cuándo, de lo insignificante, deja de brotar complicidad?
            Yo: Fue la noche anterior a aquella noche.
            »Soñé que estaba al pie de algo que parecía una enredadera y tú estabas en lo alto, al otro lado, esperándome. Me encaramaba a las raíces, a las hojas, y trepaba
            A mitad de camino, brotaban espinas afiladas de los tallos, de las ramas, rocas y hielo un poco después
            Me desgarraba me quemaba pero seguía subiendo, con las fuerzas que me quedaban, con tu mirada preocupada que me vigilaba, crispada. Me resquebrajaba un brazo, una pierna, un ojo, el intestino, el ombligo, el empeine, pero seguía subiendo porque tú me esperabas, porque simplemente merecía la pena, porque tenía que ser así
            Mi sangre y mi bilis. Mis extremidades. Mi vida. Tenía que llegar a tu lado, pese a la vista, las orejas, el tobillo, los labios, los dedos, la garganta
            : Llegabas?
            Yo: Sí.
            Ya no era el de antes. Ya no me querías.






                                                                                                         Pablo Eme

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