jueves, 27 de septiembre de 2012

Distopía del porvenir.


  Año 2051. Las calles están abarrotadas y la masificación de la población no hace más que incrementar mi enoclofobia. Han detectado una nueva contaminación; produce un humo blanco en el aire que está estropeando mi pulmón artificial. La vida es cada vez más difícil en el sector H del Nuevo Reino Unido.

  Despierto todas las mañanas sin querer abrir los ojos, como si lo que me pudiese aportar el día no llenara mis necesidades básicas. A veces pienso que este sistema se ríe de las teorías de Maslow y su pirámide. Día tras día el sol brilla menos –no literalmente– pues este, poco a poco, se apaga bajo nuestra mirada. Me siento una herramienta; me siento un esclavo.

  Voy andando por la calle y no veo personas; veo entes que han perdido la capacidad de sentir cualquier emoción. No ríen, no lloran. Hablábamos mucho sobre el futuro y los androides, “que trabajarían por nosotros”, nunca caímos en la cuenta de que esos monstruos artificiales podíamos ser nosotros mismos.

  Y la culpa es nuestra, toda nuestra. Volvimos a fallar en lo único que teníamos capacidad de decidir, no supimos vivir. O, por lo menos, lo intentábamos en un mundo podrido. 
  
  Hablo del pasado, una época en la que podías ver la mentira en los ojos de, casi ,cualquier persona. Una época en la que la palabra “orgullo” solo ocupaba un insignificante espacio en el diccionario. Una sociedad en la que las personas no sabían escuchar lo que los demás comunicaban –ya lo sé, es ridículo– y su única intención era quedar por encima en algo o hacer daño a los demás.


  Ahora nos tenemos que conformar con los nacientes X700, modernos autómatas mecanizados encargados de la supervisión de acciones y trabajos, tan modernos como incapaces de comprender como me siento por dentro. 

   Esta sociedad empeora, insípidas barritas que contienen la comida necesaria para todo el día (se invirtió en reducir el tiempo para comer a cambio de mejorar el sabor) y como no, un cerebro con Internet integrado que, a parte de costar una pasta, no me sirve para nada que necesite de verdad.

   Recuerdo el momento exacto en el que las personas dejaron de sentir, de la noche a la mañana. Nadie puso el grito en el cielo. Las familias empezaban a separarse, los verdaderos amigos se perdían por el camino y las parejas, simplemente, no existían.

  Fui consciente del origen de todo, pero no de la causa. En esa época de completa indignación empecé a escribir desesperado en un blog, con el único objetivo de que alguien me oyera, me entendiera y se uniera a mí, para  frenar en lo que nos hemos terminado transformando. Pocos lo hicieron y no hicimos el ruido necesario.

  Ahora si me disculpan, tengo que ir acabando, tengo mucho sueño y quiero dormir. Algo retruena  en mi cabeza y no me deja tranquilidad.  Espero que ese sonido pare, porque ahora mismo, solo necesito descansar.

                                                                                                                                 Jesús S.

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