domingo, 30 de septiembre de 2012

La pelea

  Cuando Juanan me propuso escribir en "El ruido del fondo" la presión fue insoportable, así que por eliminar los sudores fríos que me provocaba el pánico de no estar a la altura decidí ir sobre seguro.

  ¿Sabéis lo de esa historia estrella? Esa que estás aburrido de contar y al final se ha convertido en una especie de teatro que sólo se representa en noches de amigos queridos en momentos de brazos por encima de los hombros?

  Pues esta es la mía, prostituida para vosotros. Os contaré que ocurrió la noche de la pelea:

  Siempre he sido de constitución flaca, así que solía seguir la famosa regla de “A menor masa muscular, mayor pacifismo”, pero eso sólo aumentaba mi fascinación por las historias de peleas, más específicamente por los peleantes habituales, y escuchaba atónito como salían airosos de esas peligrosísimas situaciones con una mezcla de valentía, virilidad y fuerza física. Con cierta tristeza por saber que yo nunca participaría en una de esas valientes reyertas que hacían que hacían parecer la batalla de las Termópilas una riña de niñas de parvulario por un columpio.

  Estos pensamientos no dejaban de rondar mi cabeza hasta que un día, en uno de eso gigantescos botelleos del colegio mayor (eran otros tiempos, bebíamos en la calle, nos descargábamos música pirata...) una noticia llegó a mis oídos. Habían pegado a uno de nuestros compañeros. Lo cierto es que no lo conocía demasiado, pero lo suficiente para no hacer sospechar de mi plan y es que, quizás animado por las muchas bebidas espirituosas de aquella noche, decidí que al fin ocurriría, un hombre mediocre y manso, uno de los del palo, un portenoire (como dirían mis mecenas de twitter), alguien que nunca tuvo novia en el instituto, que debió perder más de dos mil pesetas si sumamos todos los atracos, un intercambia-pokémon con dos pies izquierdos para el fútbol al fin se iba a infiltrar en una de esas batallas.

  No me fue difícil localizar a la comitiva que a trote militar iba en persecución de los malhechores que habían perturbado nuestra etílica paz. No dudaba de mi posición de corresponsal del hombre mediocre pero era bien cierto que la energía de esos vengadores era contagiosa. Le pregunté al que por carisma parecía el general de aquel pelotón y mi sorpresa fue mayúscula cuando me contó que eran esos chicos que corrían a apenas unos cientos de metros de nosotros.

  Era mi momento, al no andar tan cargado como mis compañeros por su enorme masa muscular podría alcanzarlos y reducirlos hasta que llegaran los refuerzos. No me lo podía creer, mi primer día y me iba a cubrir de gloria, mientras aceleraba el ritmo me cruzaban por la cabeza múltiples imágenes de bustos míos en los parques.

  Me fui acercando hacia ellos mientras me iba pensando el discurso, sabía que un resbalón con el vocabulario podría sacar a la luz mi no-pertenencia al grupo, pero tenía la ayuda de la enorme filmografía consumida sobre el tema (Aunque mantenía la cabeza fría y podía distinguir esos términos usados en los doblajes al español que sabía que jamás serían utilizados en nuestras tierras.

-¡Parad hijos de puta! ¡Que os vamos a reventar!

-Tú acércate, que mira lo que tengo - dijo sacándose del bolsillo una navaja plegable.

  Ajá. Un paso en falso. Un descuido. La oportunidad de replicar con una frase ingeniosa, algo igual o más importante que un golpe certero en la mandíbula.

-Muahaha, no tienes navaja para todos.

-Sí, pero a ti te la clavo el primero.

  Definitivamente, era novato en esto.

  Convencido por la hábil retórica de mi contendiente, decidí aflojar la marcha y consultar a mis superiores, aprovechando su veteranía. La acogida no fue muy calurosa, fui acusado de cobarde, y muy duramente criticado por no haber cogido la navaja y haberla roto con los dientes. Dolido en mi orgullo decidí continuar, quizás no sería de los mejores, pero al menos estaba allí. Hicimos acopio de armas usando como improvisado arsenal una obra cercana y seguimos con la carrera.

  Y otra vez los vi. Esta vez no me ocurrirá lo mismo, me dije henchido por la valentía que me otorgaba el ladrillo que blandía en mi mano derecha.

  -¡Vamos a por ellos! –arengué a mis compañeros, mientras corríamos a su posición. Un parquecito que en aquel momento me evocaba recuerdos de la plaza del bueno el feo y el malo, con aires de la casa de papel de Kill Bill y aromas de las azoteas de Matrix. Y allí estábamos ellos y nosotros.

  Un momento ¿Y mis compañeros?

  Algo tenía que haber ocurrido, un cordón desatado, un camión de cáscaras de plátano volcado haciendo imposible el paso o quizás unas damiselas en apuros, pero los había perdido en esos 200 metros.

  Pero allí estaba yo, recordando como la, minutos antes creada madre de mis hijos ambientada la Antigüedad, me había instado a volver con mi escudo o sobre él.

  Los tres se acercaron sobre mí abriendo sus navajas en vez de chascar los dedos en una exquisita coreografía a lo West Side Story .

  Haciendo acopio de de valor, adquirí en la mirada la dureza de Clint Eastwood en Gran Torino, reduje los tembleques lo justo para que no los pudieran ver desde su distancia y llevándome la mano a la pistolera enarbolé el ladrillo. Y solté alguna frase amenazadora que ahora no recuerdo.

  Fue muy efectivo, se encogieron de hombros, comparando la satisfacción de pegarle una paliza a un pobre infeliz con el riesgo de acabar con un artículo de la construcción por ortodoncia se dieron media vuelta y se largaron.

  No me lo podía creer. ¿Compondría un himno militar basado en mi historia? ¿Me casaría con alguna actriz famosa? ¿Sabría sobrellevar con coherencia y dignidad el resto de mi vida el peso de la fama? Bueno, no importaba, eran cosas en las que podría pensar más tarde. Ahora sólo tenía que disfrutar del momento.

-¡Eso, eso! ¡Fuera de aquí cabrones! – grité triunfante.

  Pero las endorfinas nublaron mi mente, y loco de júbilo les lancé el ladrillo, que gracias a Dios (y a mi escasa habilidad) no impactó en ninguno de ellos.

  Rehicieron el cálculo, dado que no iba armado ya, los contras se reducían enormemente, además estar, compresiblemente muy molestos por mi acción. Mientras yo ladraba insultos cual pequeño Fox Terrier con la idea de repelerlos el tiempo suficiente hasta que llegara la ayuda (que por cierto, ya empezaba a echar de menos) uno de ellos en un acto de justicia casi poética me lanzó una piedra que gracias a mis raíces latinas puede evitar en un pase flamenco de cadera.

***

  Y cuando todo parecía perdido, al fin llegó la ayuda, un aluvión de tubos de plexiglás e insultos que hicieron huir a aquellos tipos para nunca volver.

  Las razones de la espera nunca llegaron a aclararse, hubo muchas explicaciones que, aunque convincentes resultaban contradictorias pero en cualquier caso ya no los vería tan heroicos nunca más.

  Así que ahí estaba yo al día siguiente en el comedor, pensando en cómo te pueden engañar y decepcionar las apariencias cuando oí como en la mesa de al lado como dos chicos contaban los detalles de cómo con una mezcla de miradas, sonrisas, frases ingeniosas y su innegable atractivo físico consiguieron que un grupo de diez mujeres suplicaran por sus servicios sexuales…

  Guau, lo que daría por ser uno de esos.                             

                                                                                                                            Juan Clavel

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