martes, 18 de septiembre de 2012

Soy rana


  Reflejos ajenos de un tiempo que sin querer se me cayó del bolsillo sin hacer ruido. Rudo fui al
no considerar esta pérdida como un hallazgo gozoso entre los soporíferos nenúfares de mi
mente. No siempre fui rana, ni ella marrana, pero a mí no me apetece saltar entre las flores
para buscar el ígneo reloj de la memoria nostálgica. Si el anacrónico artilugio brilla por su
ausencia, solamente servirá para que con su profundo resplandor haga florecer menesteres de
este temido jardín, como los cerezos primaverales de Neruda. Posado en mi planta favorita (la
única de mi talla), me dispongo a realizar saltos torpes pero sin perecer en el agua, no es raro
que este anfibio por antonomasia no sepa nadar, tampoco las mujeres saben decir la verdad,
pero ellas acaban paradójicamente ahogándose en remordimientos ubicados en sus propios
pantanos. Preferirán tragar agua envenenada por sus acciones a tragarse su propio orgullo.

  Mientras ellas siguen chapoteando, yo me entretengo cazando luciérnagas que, con su afán
por alumbrar, no me dejan ni descansar en la oscuridad y su seguridad. Pero de repente siento
una empatía considerable por mi antítesis con alas, padezco cual enfermedad la admiración y
el miedo por su caleidoscópica mirada y su consecuente toma de decisiones: mil formas de ver
la vida, mil formas de equivocarse y caerse, o de remendar un error. Creí análogo pues al
insecto insignificante y fugaz, momentáneamente, pues me abalancé sobre ellos y me agazapé
con sentimiento de culpa. Lo peor es que volverán las brillantes luciérnagas a mi nenúfar y
regresaré a dudar incontables veces. ¿Y si algún día no vuelven? ¿Las echaré de menos? Siento
devoción por lo brillante, exijo no coger complejo de cuervo o, ¿tal vez sí? Con lo fácil que sería
volar en la indiferencia. No sé si mis supuestas migraciones me llevarían a recordar el olvido.

  De momento sigo aquí, en mi ninfea realidad sin ninfas pero, ya apenas siento pues no
saboreo el cáliz, no oigo el contoneo de sus pétalos, esos pétalos por los que ya no siente
estremecimiento alguno mi lánguida piel cuando los toco, cuán dichoso seré que ni tan
siquiera puedo olerlas. Solo me queda ver bailar a las luciérnagas al son de las baladas que van
directas al corazón. Por todo esto no puedo consentir ser un consentido sin latidos.

                                                                                                               Pablo González

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