viernes, 28 de septiembre de 2012

Yo sólo quiero ser un Hooligan


  ¿Qué esperar de un espíritu tibio? Nada, salvo la garantía de que será la personificación del aburrimiento. Detrás de un individuo equilibrado, prudente, que mira siempre donde pisa, sólo puede esconderse un individuo soporífero. Billy Wilder lo dejó claro cuando advirtió que es aburrido ve entrar a alguien en una casa por la puerta. Todo cambia, sin embargo, si ese individuo accede a la casa por la ventana. En otros tiempos, tal vez el canon de la época habría encajado con el alma de un hombre templado, que toca el timbre y espera que le abran. Alguien así, hoy, lejos de ser modélico, se equipara a lo que entendemos por un pelmazo. Alguien auténticamente soporífero. En la discreción y el comedimiento de los que hace gala esta gente, los días se vuelven rutinarios, neutros. Y a nada le tiene más horror la sociedad que a repetir experiencias insípidas. 

  En el siglo en el que la variedad de entretenimiento es la razón última por la que no estamos todos suicidándonos, por orden alfabética, o aleatoriamente, según se nos ocurra, el mayor pecado es caer en el gusanillo de tedio. Es un vicio peligrosísimo. Frente a la desgana y la equidistancia, peor vistas que nunca, el nuevo individuo persevera en la militancia, y cuando es preciso, practica el fanatismo. No hay hombre suficientemente actual que no sienta fervor por una idea, no adore un objeto, no admire a un semejante, no dé la vida, si así es preciso, por un grupo. Hay en el perímetro una hooliganización de las emociones que no nos debería pasar inadvertida. Está en todas partes, estamos rodeados. Locos del Barça, fanáticos del Iphone, apasionados de Garzón, incondicionales de Mourinho, partidarios a muerte de Esperanza Aguirre, amantes del sistema Mac, fieles a Foster Wallace, fans de Iggy Pop, lectores ensimismados de La Razón, admiradores de los toros, espectadores adictos a Los Soprano, belenestebistas... Los ejemplos desbordan. No he conseguido todavía olvidar cuando Karl Krause confesaba que con gente que utilizaba el término «efectivamente» no se trataba, lo que sugiere que hay fanáticos incluso de las ciertas formas adverbiales.

  El fanatismo ha evolucionado hasta mezclarse con las más nimias e infelices rutinas. En esa transición se ha deshecho de la carga semántica que lo vinculaba con el terror. Un fanático ya no tiene por qué ser un terrorista. Basta que tome una idea, un objeto, y se identifique con él. En ese instante, estará atado. Es lo malo de las identidades: un no está dispuesto a renunciar a ellas así como a así. Tal y como se demuestra, el hooliganismo conduce a la esclavitud de las cosas. Atrapado el individuo en la devoción, queda sometido por su icono. Primero sacrificará la coherencia; luego, el sentido común. Bah. Sabemos, desde Eurípides, que aquel la quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco. Yo soy del Atlético, que me va a decir. Y además echo un trago de vez en cuando.


                                                                                                                             Juan Tallón

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