miércoles, 3 de octubre de 2012

A distancia


  ¿Qué haces ahí sentado? ¿No te dije que fueras poniendo la mesa?

  Él miraba la televisión de forma vaga. Tenía el mando a distancia en su mano derecha e iba apretando un único botón para cambiar de canal. Decía que con tantos cambios era incapaz de recordar qué número tenía cada canal, así que iba cambiando, cadena a cadena, el programa que buscaba. Antes de encontrarlo, sonó el teléfono.

-¿ ¿Sí?
- ¿ERES TÚ? SÍ, MIRA, ES QUE, HA VENIDO ANTONIO Y… HA TOCADO ALGO, Y AHORA YO…

- Bajo. Ahora me cuentas.

  Cinco plantas y una puerta abierta después, estaba en casa de su tía.

- ES QUE HE PUESTO UNA PELÍCULA Y NO FUNCIONA EL MANDO. NO SÉ QUÉ…

- ¿Has probado a cambiarle las pilas?

- AH, PERO ES QUE NOSOTROS NOS TENEMOS PILAS AQUÍ, PORQUE LA SEÑORA, -señala a su abuela-, NO QUISO SALIR A COMPRAR EL OTRO DÍA

  Su abuela no era inmune al paso de los años y presentaba problemas de oído. Su tía era discapacitada mental y tras compartir toda una vida juntas, era comprensible que el volumen con el que ella le hablaba estuviera por encima de lo audible. Él no pensaba así. Se sentía harto de tener que tratar con personas cuya función para con la sociedad había terminado, en algunos casos incluso antes de empezar. Le explicó lo más rápido que pudo cómo manejar el vídeo sin el mando y se marchó dejando una película puesta.

- AH, AHORA ESTÁ EN INGLÉS…

  Pero él se encontraba ya en el marco de la puerta. Harto de la situación, hizo como si no hubiera escuchado nada y se marchó. Era consciente de que su pensamiento no era ético, pero las personas, no ya que presentaran discapacidades físicas o mentales, si no simplemente aquellas que no dominaban un aspecto de su vida cotidiana, le hastiaban. Le llevaban hasta el límite y le dejaban tumbado en la cama o sentado en el sofá frente al televisor, sin más propósito que el de contemplar. Llegó a la puerta de su casa y una vecina le asaltó.

- ¿Está tu padre en casa?

- No, -dijo-, ha salido a comprar

- Bueno, no importa. Tú me valdrás igual.

  Bordeó los límites de su nimia paciencia tras verse “forzado” a acompañar a dicha señora a su casa. Para colmo, tuvo que bajar un piso usando el ascensor. La acompañó aunque pensaba que obraría mejor si le hiciera descender los escalones de una puntapié. Al entrar en la casa de su vecina, un fuerte olor le impactó pero fue incapaz de reconocerlo. Los cuadros de arte de imitación y los retratos de aquellos hijos que ya no eran ni ellos mismos le contemplaban.

- Es que verás, no sé si le pasa algo a la tele o no. No puedo cambiar de canal, ya he cambiado las pilas y nada.

   No podía creerlo. Otra vez lo mismo. Aguantó la respiración y por un momento pensó en permanecer así. Ser uno de ellos, un mantenido, un absurdo, pero desistió. Nunca seré como ellos, pensó.

- Verá señora, ha puesto las pilas del revés, ¿lo ve? Tendrá que apretar un poco para cambiar de canal.

- Uy, déjalo en la uno, que esta tarde echan “Sonrisas y lágrimas”.
  Pobre mujer, se dijo a sí mismo, y la dejó en su mundo de recuerdos. A pesar de la vida desgraciada que tuvo, él la culpaba por no haber sido capaz de cuidar su mundo y quedar este reducido a un recuerdo con los días contados.

  Abrió la puerta de casa y fue directamente al sofá. No podía ni tenerse en pie. Ocultar su rabia cada vez que le cansaba más y le daba un inmenso asco tratar con ellos. Cogió el mando de la tele y antes de encenderla lo miró. Cómo un objeto tan simple podía traer tantos problemas, los suficientes como para pedir ayuda, de ser incapaz de averiguar por uno mismo su funcionamiento y arreglar los imprevistos. Él no tenía porque aguantar la degeneración del ser, le privaba de tiempo y de fuerzas para seguir escalando hasta la cima del mundo. Así que se armó de poder y voluntad y encendió la televisión. A los pocos minutos, escuchó la voz de su hermana:

- ¿Qué haces ahí sentado? ¿No te dije que fueras poniendo la mesa?

  Miró a un pasillo vacío y le sonrió al aire. El silencio era mortal en la residencia. En su mesa solo se encontraba un mando a distancia pero no había televisión alguna al que dirigirlo.



                                                                                                          José Manuel Rebollo

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