lunes, 1 de octubre de 2012

El bicho raro


  Siempre me he considerado un bicho raro. En el colegio y el instituto saltaba a la vista: pertenecía al grupo de los empollones, me relacionaba lo imprescindible con mis compañeros y, para completar el cuadro, fui el primero de mi clase en llevar gafas. Con el paso del tiempo, aprendí a disimular esta condición: en la universidad me unía a cualquier grupo del colegio mayor o de mi clase que saliera de fiesta, aunque siempre permanecía en un discreto segundo plano, apoyado en la barra del bar.

  Pero donde más noté mi condición de bicho raro fue en la elección de las actividades extraescolares. Porque no hay que olvidar que los nacidos en los ochenta, antes de pertenecer a la ‘generación ni-ni’, fuimos los primeros en formar parte de la ‘generación de las actividades extraescolares’. ¿Cómo éramos capaces con tan sólo diez años de ir a la academia de idiomas, practicar deportes, quedar con los amigos para ir al parque y hacer los deberes? Sinceramente no tengo ni idea, pero lo que sí sé es que gracias a ellas hoy somos capaces de ver la televisión, escuchar la radio, tener una docena de ventanas abiertas en internet, contestar a todos los mensajes de WhatsApp y hablar con nuestros padres al mismo tiempo. Y, lo que tiene más mérito, de una forma bastante coherente.

  Los cursillos de natación, algo básico si vives en una ciudad costera, y el ajedrez, algo típico en un empollón, fueron mis primeras actividades extraescolares. Pero con nueve años llegaba la edad de elegir un deporte en equipo. Yo lo tenía claro y mis amigos, también. Sacando una vez más a la luz mi condición de bicho raro, decidí ir por mi cuenta. Así, mientras todos mis amigos se apuntaban a balonmano, yo, el bicho raro, me decanté por el fútbol.

  ¿Cómo era posible que a ninguno de mis amigos le gustara el fútbol? Lo que estaba claro es que yo no iba a renunciar a dar patadas a un balón ante la pasividad manifiesta y la inutilidad balompédica de mis amigos. Así que sólo cabía una decisión: buscarme la vida. Y eso es lo que hice. Para un chaval que se quedaba petrificado y con mirada de deseo cada vez que veía un balón –la misma pose que aún conservo para cuando una chica guapa pasa delante de mí las noches de los fines de semana– tocaba dejar la vergüenza a un lado y acercarse a cualquier grupo que estuviera jugando al fútbol. El ritual siempre era el mismo: aproximarse de manera sigilosa, calcular las circunstancias –la edad y el nivel de los jugadores y si eran pares o no– y soltar la única pregunta idónea para estos casos: “¿Se puede?”

  Entre “¿se puede?” y “¿se puede?” fue pasando mi infancia hasta que a los catorce años comencé a jugar con regularidad con un grupo de gente cuyo núcleo había coincidido en un equipo antes de que yo hubiera nacido. Es decir, que siendo un mocoso imberbe, ya jugaba con gente de cuarenta años. Con el paréntesis de mis cinco años universitarios, todavía hoy acudo a esta cita semanal a la que también se han incorporado los hijos del núcleo original.

  Mientras tanto, mis amigos me descubrieron el apasionante y duro mundo del balonmano, ya que, siempre que podía, iba a ver sus partidos y, de paso, esperarles para salir de fiesta. Pero mi afición por el balonmano no ha borrado la sensación de considerarme un bicho raro al ser el único de mi pandilla al que le apasiona el fútbol. 

  Una sensación que aumenta cada vez que pienso que soy el bicho raro que nunca ha jugado una pachanga con sus amigos.

                                                                                                                     Jesús Escudero

No hay comentarios:

Publicar un comentario