miércoles, 10 de octubre de 2012

Nadar en vaso ancho.


“Para el occidental europeo contemporáneo, incluso cuando se encuentra bien. la idea de las muerte constituye una especie de ruido de fondo que invade el cerebro cuando se desdibujan los proyectos y deseos. Con la edad, la presencia de ruido aumenta; puede compararse a un zumbido sordo, a veces acompañado de un chirrido. En otras épocas el ruido de fondo lo constituía la espera del reino del Señor; hoy lo constituye la espera de la muerte. Así son las cosas.”


Entras al bar cada vez con menos dinero en la cartera y un creciente miedo en los bolsillos. Temor a toneladas agujereando las costuras y tejidos mientras la barra se inflama con un bienvenidos. Los nuevos rezos ahí, hacia el mostrador. Muy cerca los manoseados periódicos se disponen a acuchillarte las sienes con la certeza de las mentiras El que paga manda. Tú te haces cargo de la consumición, a duras penas tras el día a día. Es la desinformación la que está subvencionada. A falta de esplendorosos naufragios piensas en pedirte algo con hielo. Secretas contraseñas para un iceberg hundido en la garganta. Que nadie note que no te sientas porque temes encontrarte una sala de espera que atrae tumbas. Pides lo de casi siempre sin ningún recato. En la última mesa hay una desgracia idéntica. Abismos no correspondidos. Ahora mascullas un poco de sinceridad, sopesas entre dientes algún invento no tan artificial mientras giras la cabeza con tu vaso ancho.


Bebes y finges que vives para averiguar qué bebes. Dispuestos a ser el muerto, el mejor plan para el entierro es emborracharse. Alrededor la gente viaja hasta tus más hermosos miedos, mariposas apagándose y párpados de arquitectura en fuga. Te saludan y sabes que han llegado tus destrezas ignoradas. La llegada desemboca en ritos, otros ritmos y calles, también extraños atisbos de haberse tomado el derecho a reincidir. Nos reímos, nos cobran, no morimos aún. Sería ruin y fragmentario. Pero no somos más que la segunda de esas dos. No es la fractura generacional la que nos separa de nuestros padres, sino que las facturas nos impiden procrear sin el verbo fracasar entre el pellejo y la duda. Tomemos otra. Bebamos las fábricas y las ciudades. La huida en sentido contrario a la salida del bar. Las agujas y el horario del mar. Discutamos las leyes con amplia gravedad, o invadamos los extrarradios de la ley de la gravedad. Ni sabemos si la ebriedad es un lenguaje o una industria. Los alargados vasos de tubo tienen algo de deseo incumplido. No los descartamos por buscar una opción notoria y más elegante. Es una cuestión más inhóspita. No nos importa ver nuestro nombre impreso al fondo del cristal. Queremos que nos alcance las tripas y ensanchar cada segundo de esta vida. Cada cual que beba lo que quiera, que pida lo que quiera. Ingerimos esta nada y a veces, algunas de noche, brindamos en su compañía. La hemos saboreado e inhalado demasiado bien para ser evaporados por ella. 


                                                                                                                                   Iñaki B.

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