miércoles, 10 de octubre de 2012

Plof… plof… plof…

Siempre confío en los sábados. Son de esa clase de días que admiten todo tipo de planes. Incluso un plan nefasto. El sábado perdona cualquier cosa. Lógicamente, resulta inevitable que alguna vez, de modo excepcional, las cosas se tuerzan. Es muy raro, rarísimo, pero puede pasar. Como me ocurrió a mí. Y eso que no tenía plan. No tener nada bueno que hacer es una garantía. En esas condiciones, ¿qué puede torcerse? Un fulano que se despachurra en el sofá a las tres de la tarde, para que transcurran lentamente las horas sin hacer nada, hasta que sea noche, no debería tener, en teoría, nada que temer. Lamentablemente, uno olvida a menudo que es en su propia casa, al margen del día de la semana, donde se libran las luchas más titánicas. Basta un sofá. En realidad, un sofá es todo lo que se precisa para vivir un drama.

Yo acababa de despertar de la siesta. Era sábado. Todo parecía estar en silencio, un silencio global, que emergía en el salón, penetraba en la cocina, se extendía por la casa, ocupaba el edificio entero… Todo en silencio, en fin, como si el vecindario hubiese huido ante la inminencia de un bombardeo aéreo, o como si el bombardeo, de hecho, ya se hubiese producido mientras yo dormía tranquilamente en el sofá, y no quedaba nada en pie. Ni los gritos. De pronto, en aquel silencio atroz, irrespirable, escuché un plof. Y a los cinco segundos, otro plof. Y otro plof, con el mismo intervalo. Cinco segundos, plof, cinco segundos, plof, cinco segundos, plof, cinco… No tardé en deducir, sin necesidad de mover un dedo del sofá, que se trataba del grifo de la cocina. El silencio, a veces, gotea.

Una gotera, un simple plof, parece un ruido inocente… pero yo no creo en los pareceres. Un ruido menor, sumado muchas veces, se convierte en un alboroto, y luego en un fragor, y finalmente un estruendo. La vida se vuelve insoportable. Sólo se precisan minutos, divididos en plofs inocuos, para caer en la locura. Hay personas, de hecho, que sólo precisan voces que nadie a su alrededor percibe para acabar destrozadas de los nervios. Pero yo soy un tío paciente, dispuesto a resistir la alianza del grifo, el fregadero de acero inoxidable y la gota de agua cayendo con matemático ritmo. Naturalmente, podía encender la televisión, y aquella música letal desaparecería como lágrimas en la lluvia, pero sólo sería un modo cobarde de salir derrotado.

También podía levantarme del sofá y cerrar el grifo con mis propias manos, en maniobra asfixiante. En cuyo caso, mi derrota aún sería más humillante. ¿Dónde está la dignidad de un tío que aspira a no dar un palo al agua en todo el día? Afortunadamente, a las ocho de la tarde apareció alguien con llave de casa, y cerró el goteo. Los violentos años veinte, con Raoul Walsh en la dirección y James Cagney, Priscilla Lane, Gladys George y Humphrey Bogart en la interpretación, me enseñaron una lección inolvidable: tranquilo, todo tiene un momento, ni te muevas. En realidad, Bogart, en el papel de George Gally, lo dice de otro modo, cuando advierte que puede acabar con su enemigo, Eddie Barllet, esperando a que lo asesine un tercero, interesado también en que Barlett desaparezca. «Si tienes algo que hacer –sostiene Bogart– deja que lo hagan otros». No hay enemigo, por feroz que sea, que no sucumba. En la última secuencia, un gánster tan irreductible como Barlett cae dando tumbos por la escalera de una iglesia después de ser tiroteado. Muere en los brazos de Panama Smith, que pronuncia la última frase de la película: «Solía ser un un pez gordo». Aunque esa falibilidad no implica que no haya enemigos.



                                                                                                                          Juan Tallón

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