viernes, 28 de diciembre de 2012

La imposibilidad de las geniales combinaciones. Según él.



 Solo hay dos tipos de hombres: Unos serán tus juguetes. Otros, jugarán contigo.

Antes de comenzar, felicitar el texto anterior a este  –sin su existencia no estaría escribiendo ahora mismo– y también a su autora. Dicha lectura –con la que estoy al 97,75% de acuerdo– es virtual y lógicamente necesaria que visualicéis previamente. Un compendio acertado de alta calidad pero en el que inconscientemente obviamos diversos matices. El primero y evidente es que hablaba desde el conflictivo interior femenino. Ahora nos toca a nosotros exponer el nuestro. Por ello,  me dispongo a enfundarme la capitanía de este barco llamado Marte junto a los fieles pasajeros que quieran finalizar este viaje con algo más que una pequeña reflexión. Es nuestro turno.

Hace unas semanas pude ver una película en televisión titulada: ¿Qué les pasa a los hombres? Dicho film –una bazofia a prueba de los estómagos cinematográficos mas desarrollados del continente– escondía en una de sus primeras escenas una peculiaridad importante que me gustaría rescatar: “A las mujeres las gusta que las traten mal”. El efecto de esta serie de palabras, relacionadas entre si por la sociedad, es indiferencia a primera vista. Con la reiteración, llegué a la conclusión de que no estoy de acuerdo en que estoy de acuerdo con la expresión. Me pongo la armadura y os cuento.

Conozco a tipos geniales. Tipos de los que englobamos dentro del grupo A. Personas con altos grados de una positiva asertividad que cuidan de los suyos y que su misión principal en la vida es vivir por y para los demás. Sus exquisitos gustos ahondan mucho más lejos de lo comercial y siempre están predispuestos a cualquier cosa con el fin de crear un ambiente más apacible. Los admiro y admiraré eternamente. De hecho, creo que escribo estas palabras por ellos. ¿Por qué? Sencillamente porque no se merecen lo que les toca. Esto los limita a la ecuación de la primera parte: hombre interesante + mujer simple.


Para evitar líos en el gallinero, definiré también lo que es para mí una mujer interesante. Como a los chicos –todos– las mujeres nos entran por los ojos, intentaré para su definición desmarcarme del plano físico: Son chicas llamativas y atractivas para el hombre. Listas en su mayoría, en el buen sentido de la palabra. Acostumbran a llevar un libro encima –absténganse de Stephenie Meyers y derivados– que las identifica, dentro de un colectivo exclusivo, al que ellas están orgullosas de pertenecer. Pueden vestir con total tranquilidad sudadera encima de una camisa, sin pensar en ningún manual de estilo Vogue; denotando una fuerte personalidad. No suelen ser muy “taconianas” (botón derecho del ratón>agregar al diccionario) usando dicho zapato solo en las ocasiones mas especiales. Te evocan con exagerada facilidad cualquier apartado de uno de tus libros o películas favoritas (¡Zas!) y se limitan a interactuar contigo con total tranquilidad, añadiendo en el momento menos indicado una sonrisa tan gratuita e inoportuna como perfecta y embaucadora (¡Plas!).  Con ellas, el hombre suele  ver magia en esta serie de coincidencias. En cambio,  donde ellos ven una potencial pareja, ellas ven un amigo (¡Crash!).

Ahora les hablaré del otro tipo. El sujeto B es un A involucionado. Una gran parte de los hombres son de este tipo, pero todavía no lo saben. No son monstruos ni nada por el estilo. Simplemente, la vida le ha deparado unos empujones que no estaban en sus planes. Dichas trabas, por una razón u otra, les impiden estar con la chica que desean, lo que los releva a otra diferente con la que no quieren nada serio y que solo les llama la atención físicamente. Hasta aquí todo normal, el inconveniente es que se le coja el gusto al asunto y aparezca en escena el tipo B-2.

El sujeto B-2 es conocido como “cabrón” tan temido entre las féminas. El susodicho vaga por el mundo al ritmo de “Woke Up This Morning” pasando de una mujer a otra, sin pararse a pensar en las consecuencias, actuando tal y como han actuado con él. Acabará de formarse en un gimnasio y buscara su perfeccionamiento en una tienda de Abercrombie & Sons, para finalmente acabar la semana en las sábanas de alguna pobre incauta que haya conocido en Pachá. La evolución negativa del tipo B acabará con esas relaciones de la noche a la mañana, mientras algunas chicas seguirán todavía buscando el “porqué lo hizo”.
No me pregunten, pero este de aquí arriba les encanta a las chicas interesantes.
Los cuatro científicos que tengo trabajando día y noche en mi habitación, tienen la teoría de que si unimos mentes diferentes que sean capaces de procesar grandes cantidades de información con la facilidad con la que se expresan 2 interesantes en combinación, se crearía una especie de supernova que acabaría con cualquier vida en dos kilómetros a la redonda o que, directamente la relación no duraría apenas unos días. ¿Nunca os habéis preguntado por qué no funciona que haya más de un líder para un solo proyecto? Pues en esto igual. Alguien tiene que llevar los pantalones.

Y todavía nos queda el último escalón de la etapa evolutiva del hombre; el paso de B-A. Todo esto en una especie de largo proceso/bucle –rollo las flechitas verdes del reciclaje– que llevarán a este hombre a evolucionar de nuevo y comportarse –o al menos intentarlo– como un sujeto A o chico interesante en un completo alarde de madurez. Lo que supondrá para la mujer una perdida de la atracción, seguida de un “tenemos que hablar”. Volver al principio y volver a cagarla. Nadie dijo que el sistema fuese perfecto, pues dichas relaciones también terminan.

Los hombres del tipo A son tus juguetes; los del tipo B jugarán contigo.

Conocemos los actores. Entendemos en conflicto. Pero, ¿tenemos solución? Limitar las chicas interesantes a los hombres mediocres. Y a la inversa.  ¿Ese es nuestro destino?

NO

Hubo una vez un pez viviendo en una pecera muy pequeña. No vivía feliz dentro del diminuto recipiente.  A su lado había otro acuario más grande y con más peces con los que vivir, pero no tenía manera de llegar a ella. De repente, una mañana, el pez amaneció en la pecera grande. Nadie sabe como lo hizo, pero nuestro pequeño amigo consiguió lo que anhelaba, a pesar de tenerlo todo en contra.

La moraleja de esta historia es que en ocasiones debemos aventurarnos a dar el “salto” hacia algo nuevo. A veces solo hace falta un poco de valor y que no nos rindamos a la primera de cambio.

Entre tanto, sigan lobotomizados. 
                                                                                                             
                                                                                                                        Jesús Sánchez

1 comentario:

  1. Entiendo la idea general de los dos textos, entiendo dónde queréis ir a parar, pero no, no me lo creo y no creo que un montón de clichés y generalizaciones (sin ofender) sirvan para encasillar a la gente como 'interesante' (¿según quién? ¿según qué parámetros? ¿por vestir como Amelie y saberte los diálogos de Casablanca ya se es 'interesante?) o 'no interesante'. Hablas de un sujeto que se pasa la vida en el gimnasio con el sólo pretexto de follarse a cuantas más mejor y lo supones 'involucionado', lo supones 'B'. Pues no: follarse a cuantas más mejor y hacer press banca no está reñido con leer a Bolaño y escuchar a Serrat (o a Álex Ubago, qué coño) y ser la hostia de interesante y cuidadoso y respetuoso con los demás (si es que eso es ser 'A'). No sé por qué está tan extendida la moralina, repetida como un mantra hasta la saciedad, por Hollywood y por la literatura cool, de que si uno se dedica a las relaciones cortas va a ser un infeliz, además de ser un completo inmaduro. No sé por qué está tan asimilado que dos personas 'interesantes' no pueden estar juntas porque su ultracomplejo mundo interior y sus superpersonalidades les van a llevar a una relación bipolar superautodestructiva: pues no. No tiene por qué. Mi abuelo y mi abuela fueron dos de las personas más interesantes que he conocido y casi no leyeron un libro en su vida (duraron juntos, qué sé yo, cincuenta años como 'genial combinación'); a veces he encontrado mucho más espabilada y 'genial' a una pija de bolsito Vuitton que a una artistaza de filmoteca y moleskine, y eso es así porque no hay parámetros, no hay claves (aparte de que el momento, la época en la que te cruces con alguien resulta decisiva: la gente cambia, o mejor dicho, madura, cicatriza).

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