domingo, 30 de diciembre de 2012

Propósito para el 2013: aprender a escuchar

                                                                                  «Andamos más sordos que mudos»


Me gustaría ser escuchado.

Se consumen los años y a medida que el tiempo le pasa a uno por encima, empiezo a pensar que tal vez, al final de todo probablemente te queden una hermana, o Sara y Samuel, que ya se han hecho mayores y son sangre de tu sangre y los has visto crecer junto a Elena, que también estará por ahí diciéndoles que se abriguen bien antes de salir de casa aunque la ola de frío ya sea cosa del pasado. Y digo “probablemente” porque esto perfectamente podría no ser parte de tus últimos días de vida. Pero lo que sí ibas a tener son vivencias y ganas de contarlas. Y también experiencias, si es que has aprendido algo de dichas vivencias.

Y es que la vida está llena de rutinas, comunes y personales, y una cosa es segura: nos morimos. Y mientras caminamos hacia la incineradora, acumulamos momentos vitales como el que acumula latas de conserva en su desván para cuando llegue el fin el mundo, con la diferencia de que la muerte llega y punto. Y es que hace poco descubrí que la muerte es maleducada, no llama a tu casa para preguntarte qué tal llevas lo de morirte en un rato, no. Ella comete allanamiento de morada. Me gustaría poder deciros que ojalá nunca descubráis esto, pero es inevitable: uno no sabe lo que es la muerte hasta que de repente entra en su casa sin avisar. Es lo imprevisible de la injusticia lo que duele.

Pero hoy no voy a hablar largo y tendido de temas tan macabros. Hoy quiero hablar de escuchar y he hecho esta introducción porque a menudo recuerdo un anuncio de una conocida caja de ahorros en el que se decía una frase que me marcó:

"La soledad no se produce por no tener a nadie al lado, sino por no tener con quien poder hablar de aquello que es importante para ti".
A mí de mayor me gustaría ser un buen abuelo, un abuelo de ésos que de vez en cuando cuenta batallitas tan interesantes a sus nietos que éstos se sientan en la alfombra a escucharle con una amplia sonrisa y un brillo especial en los ojos. Como leí una vez, me gustaría ser uno de esos abuelos que se balancean en una mecedora y de repente empiezan a reír por algo de sus vidas que han recordado. Creo que por eso una de las enfermedades que más me entristece es el Alzheimer. Me he prometido a mí mismo que contribuiré para encontrar una cura en cuanto tenga ingresos.

Y volviendo al tema, que siempre me voy por las ramas, escuchad. En estos tiempos en los que la gente publica en Internet sus vidas al instante para sentirse escuchados, para sentirse menos solos (aunque no sea la mejor manera de hacerlo), creo que es muy importante fomentar el que la gente escuche al menos a sus más allegados, a sus seres queridos. Que sí, que a muchos nos importa tres pepinos el culebrón de la amiga de tu hermana que se ha enfadado con el novio de Laura o el vídeo de YouTube de un adolescente haciendo el tonto mientras juega al ordenador, pero debemos hacer el esfuerzo por escuchar con interés lo que esa persona nos quiere contar porque para ella o él es importante. Que no tengamos que hacer dos o tres buenos amigos lejanos a los que contarles nuestras alegrías y decepciones porque sabemos que esa distancia será clave para que en vez de juzgarnos, nos escuchen. Menos ir al psicólogo y más escuchar, que mucha falta hace.

Soy el primero que me auto impongo esto. Por varias razones. Porque no quiero ser tan egoísta. Porque quiero hacer feliz a los que están a mi lado. Porque esta felicidad se va a ver reflejada cuando sea yo el que necesita contarle algo a un amigo y le gustaría que escuchase con verdadero interés.

Y es que me encantan esas imágenes en las que un hermano escucha a su hermana pequeña decir excitada que ha visto un saltamontes enorme en el parque; o en las que una novia le cuenta a su chico que el otro día vio unos tacones preciosos en Zara, mientras ambos están tumbados en la cama mirando al techo de la habitación y él la observa atento; o un amigo contándole a otro el golazo que metió ayer en el PES mientras éste último ríe y pregunta por el jugador con que lo marcó; o tu tío relatando el sueño surrealista que tuvo anoche mientras toda la familia reunida en Nochebuena escucha y bromea con el asunto; o papá contándole a mamá que en el trabajo han puesto una máquina de café mientras ella le mira a los ojos; o tú contándole a tus nietos que has sobrevivido a cinco fines del mundo diferentes mientras ellos abren los ojos como platos porque no se lo creen.

Escuchar. Y escuchar música. Y qué me decís del efecto curativo que tiene el contarle algo que te preocupa a alguien importante para ti. Desahogarse. Sentirse escuchado. No sentirse solo.

Qué importante es escuchar y cuánto se aprende escuchando. Hace unos meses comenté que creo que a partir de cierta edad uno empieza a aprender muchas menos cosas que cuando era niño. Quizá las pocas cosas que se aprenden sean mucho más profundas o tengan que ver con etapas de la vida desconocidas cuando se es joven. A veces, incluso uno ya sólo reaprende lo aprendido. Pero desde luego, se aprende menos. Y hay personas que además dejan de hacerlo por voluntad propia. Y es triste. Personalmente, creo que una de las cosas más bonitas de crecer es tener la capacidad y las ganas de querer seguir aprendiendo cualquier cosa y una parte importante para contribuir a esto es escuchar. Nunca se aprende lo suficiente. Dejémonos de revoluciones estúpidas y promovamos el escuchar. Esa sería una verdadera y positiva revolución.

Así que, para terminar, si habéis llegado hasta aquí, que esto parece un artículo de JotDown, sois unos perseverantes “escuchadores” (aplausos) y probablemente se haya cumplido mi deseo y todo esto haya servido para algo. Por lo tanto, sólo me queda desearos un feliz 2013 repleto de buenos recuerdos y de grandes personas que estén encantadas de poder escucharlos. Y que ojalá escuchéis mucho y muy bueno.

«En las relaciones sentimentales, los psicólogos dicen que es propio sola y únicamente del período de seducción, cuando el hombre habla para impresionar y la mujer escucha para hacerle creer que está impresionada. Pero claro, eso de escuchar e interactuar implica la peligrosa posibilidad de que alguien te pueda hacer cambiar de opinión. Y en los tiempos que corren, tiempos de valores inertes (coherencia, consistencia, rigidez), muy alejado de los valores de los seres vivos (cambio, adaptabilidad, flexibilidad), parece mucho más cómodo, rentable y por tanto correcto, ser escuchado antes que escuchando, emisor antes que receptor, muy sordo antes que un poquito mudo» 

                                                                                                                          
                                                                                                                        Rubén
                                                                                                                         

2 comentarios:

  1. Muy buen relato, aunque no me parece que seas un buen escuchador. Tu foto del perfil -que no cuadra con tu texto de adolescente dice exactamente lo contrario.
    Feliz año.

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    1. Quizá sabe tanto de la vida que le resulta fácil deducir eso sobre un desconocido basándose en una sola foto. Me lo tomaré como un inevitable prejuicio.

      No obstante, gracias.

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