sábado, 12 de enero de 2013

¿Libres?


Nos creemos libres. Libres para entrar, libres para salir. Para elegir pareja, casa, coche. Libres para decidir a quién votar. Somos hombres libres. Al menos, eso parece.

Sin embargo, dependemos del clima para salir de casa. Si llueve no, porque me mojo, si hace frío no porque me constipo, si hace demasiado calor tampoco. ¡Me puede dar una lipotimia!. Dependemos del dinero que tenemos para comprarnos el  producto preferido, o bien el homónimo en su marca blanca. Por no hablar de los dolores: con un mínimo dolor de espalda no podemos coger una bolsa de la compra, ¡ni siquiera podemos mear sentadas en baños públicos!

Seguimos normas, leyes y reglas. Y si no las hay seguimos la tradición. El caso es seguir a algo o a alguien para que parezca que no estamos perdidos. Seguimos los deberes que nos marca la sociedad. Caminamos según las normas, vestimos según las modas y celebramos los días festivos ya establecidos por no se sabe quién y en base a una creencia con la que no comulgamos. Nos lo tenemos que pasar muy bien en Nochevieja y estar acostaditos a las once un miércoles cualquiera. Una familia perfecta. Una casa hipotecada, por la que dependerán nuestros ahorros (y por lo tanto, nosotros) el resto de nuestras vidas.


Y entre todo este caos de falsa libertad llega el amor, el cual ¿nos hace libres? Analicemos: teniendo en cuenta que debemos guardar fidelidad a nuestra pareja, que debemos estar con ella determinado tiempo al día, no hacer determinadas cosas por las que se enfada, y si te descuidas, hasta cambiar nuestro carácter para complacerle no parece convencerme una respuesta afirmativa. Además nuestra libertad se ve reducida a la cara de gilipollas que tenemos todo el día pensando sólo en esa persona y necesitando estar con ella.

 Incluso algunas personas se atreven a elegir la ropa de su compañero o compañera sentimental. Por no hablar del teléfono: “llámame a esta hora”, “¿qué haces que no contestas al whatsapp si sale como conectado?”, “¿qué es ese ruido que se oye de fondo?”. Lo mejor de todo, es que cuando vemos que nuestra pareja no es excesivamente celosa (o sea, que tiene sentido común) creemos haber topado con un tesoro. Y lo peor, nos creemos libres porque no se enfada si, al menos (palabras textuales), le avisas al llegar a casa después de una borrachera. 


Ni siquiera somos libres para morir. Si nos queremos suicidar y alguien nos ve tiene el deber de impedirlo. Del suicidio asistido ya ni hablamos.

Lo mejor de todo es que, paradójicamente –o no- el mayor de los castigos que la sociedad a base de leyes ha creado ha sido la cárcel: ausencia de libertad ambulatoria. Bien, curioso cuanto menos.

 Pensando en todo esto, se me viene a la cabeza esa frase que te decían de pequeñita –y que yo digo a un pariente colateral de no muy avanzada edad-: “Eso no. Caca”. Oyes la palabra “caca” como sinónimo de “no”. Y es que hay tantas “cacas” en el mundo… que sólo seres atrevidos como nosotros, los humanos, podríamos considerarnos libres.

                                                                                                    Mónica Alfonso

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