lunes, 11 de febrero de 2013

De sirenas sobrevaloradas.

Venía pensado que yo nunca seré una más cuando estés comprometido. Que ella se volverá la amante y yo tu fiel seguidora. De repente, tu mujer, a la que siempre has querido, se volverá cárcel para tus ojos y policía para tus sentidos.

Será la que imponga las fronteras entre tanta piel ajena, que te roza demasiado.



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Será la que cierre la puerta y abra un ojo antes de acostarte, será una jaula, un marinero intentando amarrar su barco en mitad de una tormenta. Y yo seré la sirena, por la que te dejarás embaucar a través de su traicionero canto.

Ahora seré yo la libertad, la promesa, la esperanza. Lo que ansiabas sin saberlo. Y nos iremos a pasear, a contarnos historias de miedo. Y, por fin, a dormir juntos.

Me atarás a la pata de la cama y yo echaré el pestillo sin que te des cuenta. Te volverás experto en excusas y yo profesional en captar mentiras escondidas en tu deseo de volver a sentirte deseado.

Saldrás, analizarás y volverás a casa desilusionado.

Hasta que un día una nueva sirena –pero esta de verdad, pensarás- te susurrará una canción al oído. Harás caso omiso y volverás al principio de la espiral, si es que eso es posible.

Compraréis helados muertos de frío.

Y haréis juntos la cama, pondréis recta la almohada, hasta que la sombra de la fidelidad tan antigua como la culpa, aceche con irrumpir en vuestra –ya no- idealizada vida. Un día aparecerá como yo aparecí para desprender la ropa que cubría tu silencio ansioso por gritar.

Y cuando te coja de la mano volverás a sentir el frío del invierno. Que ahora es su cuerpo.

                                                                                                                   Mónica Alfonso

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