martes, 26 de febrero de 2013

Italia y su mezcla de sabores.


Ayer por la tarde me animé a hacer un experimento: decidí transformarme en un ciudadano italiano mientras durase la jornada electoral. Bajé al súper y compré una botella de Lambrusco e ingredientes naturales para hacer unos spaguettis a la carbonara y un tiramisú, a prueba de los lunes a la sombra (de la oficina).

Una vez en mi casa, sintonizo una radio italiana y empiezo a cocinar. Corto los champiñones y los salteo con la cebolla. Escucho que mi enésimo voto en blanco no ha servido para nada. El calor que empieza a brotar de la sartén contrasta con el escalofrío de sentir que otra vez, alrededor de un treinta por ciento de mis paisanos, ha pensado que es buena idea que un putero, corrupto, vuelva a dirigir el país. Suspiro, la Italia profunda. Echo la nata. Berlusconi, anhela ser como la salsa carbonara, nunca envejecer y representar el sabor característico de Italia. La sociedad se lo está permitiendo.
 
Mientras pienso que sería buena idea darle un toque nuevo al plato de siempre y añadir unos piñones, escucho que Beppe Grillo ha irrumpido con fuerza en el panorama político. Lo pienso fríamente y no es descabellado: se trata de un cómico visionario que, impulsado por la lógica, ha visto la oportunidad de triunfar en un escenario donde se ha difuminado la frontera entre la política y la comedia. Encima, tiene la suerte de estar exento del pecado original que mancha a todos sus rivales, representa "lo nuevo" y una cosa está clara: lo antiguo, lo viejo, o nunca funcionó o ya ha dejado de funcionar.

En el otro fogón, el agua hierve fuerte y me pide a gritos la pasta. Mientras meto los spaguettis en la olla, hablan del descalabro de Monti y del gatillazo de la izquierda. Me da por pensar que los spaguettis son la esencia, pero necesitan sabor. Bersani y Monti son la debilidad, el hastío y el desgaste de los hidratos de carbono de la sociedad italiana.

Sin haberme dado cuenta, mientras cocinaba Italia, media botella de Lambrusco está ya empapando mis pensamientos. Filtro el agua de la pasta y vierto la salsa sobre ella. Con la cuchara de palo, animo a que se entiendan la carbonara tradicional, los piñones y la pasta e inspiro fuerte el aroma que la olla desprende.

Empiezo a disfrutar de mi plato. Lo saboreo. Entonces, decido sintonizar una radio española para ver qué dicen ellos. Escucho que critican lo que Italia ha votado, pienso en la paja en el ojo ajeno y en las barbas del vecino. Ellos también tienen el circo, sólo les falta el cómico profesional.

A medida que voy acabando el plato, reflexiono sobre la importancia de los piñones. Su papel era aportar un sabor nuevo de una manera armoniosa. Y quizás la sociedad italiana se haya equivocado al elegir ese nuevo ingrediente y tenga un sabor demasiado fuerte. Sin embargo, probar algo distinto tiene más lógica que hacerse la misma tortilla de patatas, con chorizos rancios, pasada de aceite y con huevos caducados que se cocina en las urnas españolas una y otra vez.

Los españoles, creo, deberían preocuparse por leer mucho y cruzar fuerte los dedos; estar preparados para que cuando aparezcan sus "piñones", su paladar cerebral sepa distinguir la delicatessen de la comida basura.

La botella de vino ha caído entera y terminar con un dulce tiramisú de calidad, siempre hace que vayas a dormir con buen sabor de boca, incluso habiendo tomado un plato de pasta horrible.

                                                                                                                       Crisanto H





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