lunes, 11 de febrero de 2013

Somos los goles que hemos vivido (I)

RAFA CABELEIRA

Era el año 83 y yo, demasiado joven para estar en un bar rodeado de aficionados borrachos e, incluso, de borrachos sin más. Pero era el nieto de Otilio, el dueño del antro, que en mi pueblo era casi como ser nieto de Bernabeu o Saporta. De ahí que toda aquella secta blanca soportara mi juvenil barcelonismo, confiados en que aún estaban a tiempo de cambiar mis preferencias. En realidad, por aquel entonces, yo era del Barça por mi padre y porque los clientes me llamaban Schuster, poco más. A punto estuvieron de lograrlo ese día pero, si a la Vírgen se la apareció una paloma, a mi se me apareció un pichón.

Mis dudas comenzaron con el tal Maradona. Todos decían que era un fenómeno pero yo no lo pude ver demasiado porque, cada vez que Gallego y Medgod se le acercaban, mi padre me tapaba los ojos, como cuando se caía de la cuádriga el malo de Ben-Hur. La segunda decepción fue el gol de Víctor... ¿un hombre sin cuello? Por un momento pensé en los enanos de las charlotadas toreras, no me digan por qué... Supongo que, a mis cinco años aún me faltaban callos en la mirada e ideas aprovechables en la cabeza, no pidan más.

Luego empató Santillana, como mi abuelo había anticipado tan pronto marcó Víctor, así que dejé la mesa de los culés ( tres para ser exactos: mi padre, mi tío Paco y Javier 'el de Fenosa") y me fui a la barra, con el maestro y sus fieles, '"Tu si que sabes, abuelo". Por un momento su corazón se llenó de gozo viendo los objetivos de su vida cumplidos pero entonces llegó la paloma anunciadora... el 'Pichón'.

Julio Alberto hizo un par de recortes desde la izquierda, colgó un balón al área chica y allí apareció aquella melena metalera, lanzada en plancha como disparado por un cañón. Marcos Alonso, 'el Pichón, hijo de la leyenda madridista Marquitos... y gol. Cuando mi abuelo quiso consolarme ya no me encontró a su lado. Aprovechando mi metro de altura atravesé raudo el bar para subirme a la mesa de los culés y celebrar, los cuatro, aquella conquista... yo lloraba de alegría, era espontáneo. De repente era del Barça de corazón..

Un cliente muy enfadado, recriminó a mi abuelo que me dejase saltar en la mesa; "Déjelo, mi estimado... es de las pocas alegrías que celebrará si elije ese camino"



Cuanta razón llevaba mi abuelo...y menos mal que se murió antes de que llegasen Cruyff y Guardiola. Habría cerrado el bar.




ALVARO VELASCO

Diciembre de 1998. Tenía 14 años. Estaba en 3º de ESO, 1º de BUP para los mayores que yo. Futbolísticamente estaba siendo un año maravilloso, el Real Madrid ganó la Séptima y fue mi primer gran éxito como aficionado al fútbol. Luego vendrían mucho más. Recuerdo que tuvimos que hacer pellas y escaparnos al bar que había frente a mi colegio en Móstoles. Casi nadie fue a clase. Un bar lleno de chavales de entre 12 y 16 años tomando café ya que ni bebíamos alcohol por esa época. El Real Madrid se enfrentaba al Vasco de Gama en la extinta Intercontinental. Fue el día del Aguanís... Clarence Seedorf dio un pase largo desde el centro del campo que Raúl recogió con un control que solo pueden hacer los ángeles. Con su maravillosa pierna izquierda se deshizo de varios defensas y del portero brasileño y con la derecha remató la jugada. Un gol que no se me olvidará jamás.







BORJA BARBA


Les voy a contar la historia de un gol muy especial. Porque no fue un gol que dio un título, ni que evitó un descenso. Tampoco el que culminó una remontada épica. Ni siquiera fue un golazo de esos de hemeroteca y antología. Es más, fue un gol que no sirvió para nada más que para maquillar una goleada en contra. O eso es lo que diría la estadística y a lo que se aferraría el más tenaz de los resultadistas. En realidad, fue un gol que sirvió para mucho. Fue un gol que devolvió la ilusión a una generación huérfana de éxitos. Fue un gol que consiguió que muchos reviviesen algo que creyeron haber jurado que jamás en sus vidas volverían a vivir. Un gol que hizo sentirse importante a una afición genuina incansable, fiel y abnegada. Aunque sólo fuera durante veintitrés angustiosos pero emocionantes minutos. Fue al remate de un córner, desde el escondrijo del segundo palo, desde allí donde se colocan los avezados y aquellos que no son un prodigio de poderío aéreo. No podía ser desde otro lugar, tratándose de Gaizka Toquero. Su cabezazo a la red de Pinto supo a gol de otra época. Olía a camiseta ceñida y pantalón a medio muslo, a telas rojiblancas agotadas en toda Vizcaya, a histórico peregrinar hacia las orillas de la Ría para ver pasar la gabarra con los campeones sobre ella. Pero el dulce aroma se evaporó pronto. El Athletic perdió aquella final de Copa del año 2009 de manera contundente tras encajar cuatro goles del Barça como cuatro descargas eléctricas. El gol de Toquero en el minuto 9 de aquella final no sirvió para nada. Para nada más que para hacer que toda una generación volviera a sentirse niño. Como si eso fuera poco... 








JOSE L. RODRÍGUEZ-MERA 

El momento justo en el lugar adecuado: un madridista de una pequeña villa asturiana viviendo en Madrid una gran alegría colectiva. Eso me trae a la memoria el gol de Pedja Mijatovic a la Juventus. Un gol histórico, único, irrepetible. Un control, un respingo en el sillón; regate al portero, en pie; un chut, dos pasos hacia la tele; es GOL, un grito atronador. Mientras Pedja extendía sus brazos en el Amsterdam Arena, yo corría hacia la terraza siguiendo los gritos que provenían de la calle. Decenas de vecinos eran los que nos asomábamos a las ventanas para liberar 32 años de frustración. De ventana en ventana se transmitían los gritos, los puños en alto, bufandas al viento. Por un momento, todos en la gran ciudad nos sentimos vecinos, celebrando un momento tan largamente esperado. La Séptima volvía a casa. Y yo no podía estar en un lugar mejor para celebrarlo. La noche fue larga aquel 20 de mayo de 1998.

                                                          




VÍCTOR SEBASTIÁN

Un buen día de finales de junio de 1999. Calor y nerviosismo en Valencia. La humedad asfixiante ya no se irá hasta septiembre. Los nervios en la gente se convertirán en lágrimas de felicidad al final del día. Por aquel entonces soy un adolescente de catorce años. Estoy en el chalet de unos amigos de mis padres para ver la primera final del Valencia desde una prehistórica Supercopa europea de 1980. Yo no estoy nervioso, simplemente sigo sin asimilar que puedo ver a mi equipo levantar una copa. Jugamos en La Cartuja de Sevilla contra en un Atlético de Madrid que acaba de fichar a Ranieri, el hombre que nos puede hacer campeones veinte años después. A través de presión y contragolpe, el Piojo López ya nos ha puesto por delante en el marcador. Bordeando la primera media hora de partido, el Valencia clava, por enésima vez, su jugada más repetida: Balón largo de Farinós a la espalda de la defensa. Ahí recoge Ilie, que ese año era una especie de Kempes de los Carpatos. El rumano centra al borde del área donde aparece Mendieta, que, de espaldas a la portería, controla con el pecho, acomoda el balón con el muslo y hace un sombrero que deja en evidencia a Aguilera y Bejbl. El balón le cae a su izquierda y de volea bate a Molina. Ese día nació una estrella, se rompió una racha de dos décadas sin títulos, Valencia emborrachó sus calles sin necesidad de cartón-piedra, yo abracé a mi padre y J de Los Planetas puso la tele donde había un partido.



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