martes, 12 de febrero de 2013

Somos los goles que hemos vivido (II)



Antes de que lo tumbaran, el antiguo Estadio Sarriá de Barcelona tenía no pocos abonados por el morro, vecinos que vivían en los edificios de alrededor y que en algunos casos disfrutaban de estupendas vistas al campo. Uno de aquellos pisos-palco era de Pato Álvarez, el entrenador de tenis de Emilio Sánchez Vicario. La cosa es que unos amigos me llevaron a ver allí el Italia-Brasil del Mundial de Fútbol del 82. Para los brasileños aquello terminó en los que se conoce como El Desastre de Sarriá, porque Paolo Rossi le hizo tres agujeros al Dream Team de la época, con sus Junior, Cerezo, Falcão, Sócrates y Zico. Mira que han pasado años, pero recuerdas ese partido en Río y el Carnaval se convierte en funeral. Toda la belleza del fútbol derrotada al final por ese gol chapucero en el que Rossi (3-2) parecía querer imitar a Julio Salinas, pero metiéndola. La cosa es que no lo vi, porque en ese momento estaba inflándome a coca-colas y bocadillos de Nocilla, sin saber que me estaba perdiendo una de las grandes tragedias del fútbol. A los 10 años, uno ya tenía prioridades.

                                     



ALFONSO LOZANO

No recuerdo la fecha. Ni siquiera el año. Fue en un Cultural Leonesa-Toledo a principios de los 2000. Perdimos 0-1 con un gol de Santi Carpintero, un leonés que nunca jugó en la Cultural, pero que hizo carrera entre 2ª y 2ªB, jugando incluso en primera división.

La Cultural era favorita para el ascenso. Había ganado en Toledo por 0-4 y éramos claros candidatos. Un ascenso que, por supuesto, no se produjo. Subiría el Xerez, o el Getafe. O cualquier otro. Pero la Cultural no. Y ese gol, desde la frontal, de Carpintero, un tiro raso pegado al palo, fue uno de los primeros de entre mis muchos sinsabores. Me acuerdo perfectamente. Fue en mi fondo. Iván Alonso, un portero bajito, de reflejos y con buen juego de pies, se la comió. Porque no iba fuerte. Tal vez estaba tapado, pero no hizo nada. Se tiró para el postureo y se la tragó. Y Carpintero, el muy sinvergüenza, al que habíamos aplaudido tibiamente al comienzo del partido, se puso hacer cortes de mangas como si fuera un exbarcelonista en el Bernabéu. Menudo cabronazo.

Supongo que muchos elegirán un gol de una alegría. O que les recuerde a alguna chica o algo parecido. Pero ahí estábamos mi hermano y yo. En el Amilivia, llevándonos las manos a la cabeza y cagándonos en todo. Y creo que es un gol del que me acordaré toda la vida. Maldito Carpintero.




Cuando me ofrecieron colaborar en este blog contando un gol del que guardo un recuerdo especial, en lo primero que pensé fue en Stamford Bridge. Por su importancia, por lo que significaba, por el momento y condiciones en que se produjo. Aquel gol de Iniesta fue lo más parecido a un orgasmo futbolístico que he vivido.

Lo vi con 2 amigos rodeado de un montón de aficionados temporeros del Chelsea en un bar cuyo proyector era una estrella cada vez más de capa caída frente a los nuevos televisores HD que estaban empezando a aparecer en escena. Tras la roja a Abidal, nuestra mesa parecía un funeral en medio de una boda gitana. Hasta el minuto en el que llegó el Iniestazo, claro. La mesa se fue al suelo, ruido de cristales, gritos… Mientras, yo hacía mi particular Pinto con un sprint hacia el fondo del bar totalmente desmedido, de forma que acabé empotrado encima de un cofre congelador, de esos que por desgracia no tienen cubiertas con gran resistencia y ceden ante el peso de un joven apuesto cualquiera.

Pero luego lo pensé mejor. Y tengo otro gol que recordaré toda mi vida. Con una historia un poco más conmovedora y menos ‘mainstream’.

Era un martes frío de Noviembre, por la ventana se podía notar el frío exterior solo con mirarlo. No estaba acostumbrado al clima de Madrid, siempre tan extremo, sin término medio. Mis huesos estaban atados a una cama de hospital. No literalmente, pero casi. Al más puro estilo de la saga ‘Saw’, dos sondas yacían en mi interior provocándome un agudo dolor al más mínimo movimiento. Eran días difíciles, dónde vaciar la mente al completo resultaba bastante complejo y cualquiera de los pocos entretenimientos de los que podía disfrutar dada mi situación, eran una bendición.

Afortunadamente, la televisión de pago aún no había aterrizado con todo su arsenal y todavía se podía disfrutar del fútbol desde cualquier aparato. Eran tiempos de sombras también en Barcelona. Dirigía el equipo un Charlie Rexach que por aquel entonces todavía no necesitaba contar historias de servilletas para que le hicieran caso. Los fichajes del verano habían sido poco halagüeños y nadie esperaba lo que pasaría aquella noche.

Tras un gol inicial de Owen, se vino un chaparrón de juego azulgrana que culminó Overmars marcando el 1-3 tras una jugada de 29 pases previos al remate del holandés.

El horario de visitas estaba restringido en aquellos días, así que vi aquel encuentro sólo, con la apatía propia del desconfiado y con los nervios intrínsecos de un partido de Champions. Ambas cosas se incrementaron tras el primer gol de los ingleses.

En mi colección de defensor de causas perdidas se encuentra Fabio Rochemback. Aquel centrocampista brasileño fue el futbolista que más me hizo reír que yo recuerde. Sus cruzadas de cable eran antológicas y qué decir de sus remates a puerta que salían por la línea de banda.

Lo adoraba.

                            

Inmóvil como estaba, seguía animando con gritos mudos que pocas veces llegaba a articular, Tras el empate azulgrana que le daba algo de vida al equipo, mis nervios, lejos de irse, se multiplicaron y me provocaron dolores fuertes de estómago. Aunque, en aquellos momentos, ya no sabía diferenciar muy bien qué cosa provocaba qué dolor.

Entonces, sucedió: marcó Fabio. Mi querido Fabio. Como mi cuerpo no sabía cómo expresar la felicidad de una manera maniatada y el pobre estaba harto de reprimir emociones durante tantos días, rompí a llorar. De una manera humana e irracional. Me cayeron lágrimas hasta el final del partido. Sin nadie que me las secara. Sólo. En una habitación con vistas que no podía ver. Y sin embargo, estaba disfrutando.



ANGEL ITURRIAGA

Fue en Wembley, un 20 de mayo de 1992. Minuto 112 de partido: un zapatazo de Ronald Koeman hacía que el balón se estampara de forma violenta contra la red de la meta que defendía Pagliuca. No rompió la red como hizo Paulino Alcántara ocho décadas antes pero si terminó con los fantasmas que habían perseguido al club azulgrana desde que comenzó a jugarse la Copa de Europa. Ese cañonazo acababa de un plumazo con el recuerdo de la final de los postes de Berna y con la negra noche hispalense ante el Steaua. Ese gol cambió para siempre la historia moderna del club y es difícil aventurar la deriva en la que se podría haber metido aquel club de perder la final londinense. Vi ese gol con 17 años en casa con mis padres y mi hermano, todos culés. Sentado en la silla de la suerte que tenía por aquel entonces. Cuando Koeman logró el gol pegué un bote, se cayó la silla y corrí arriba y abajo del pasillo. Salí a la terraza y comencé a encender y a apagar la luz mientras cantaba el himno del Barça. Divina juventud. Mis vecinos logroñeses me miraban con incredulidad. Pero habían sido muchos años de sufrimiento y había que celebrarlo.

                                    

                               

JOSE MARTINÓN 

Transcurría la jornada 34 del campeonato nacional de la Liga 2006-2007 con el Madrid segundo en la clasificación. Ganar aquel 12 de Mayo de 2007 en el Santiago Bernabéu se antojaba vital para seguir metiendo presión al líder en aquel momento de la liga, el FC Barcelona, con 2 puntos de ventaja antes de comenzar aquella fatídica jornada. Tal como manda la tradición cada día que juega el Real Madrid me disponía “tranquilamente” en el sofá de mi casa acompañado de mi hermano, compañero inseparable de fatigas en cada partido que disputan los blancos. Aquella podía haber sido una tarde de Sábado más, pero no fue así, porque la vida está hecha de momentos, y aquel día lo recordaré durante toda mi vida.

Tampoco era ni mucho menos una Liga cualquiera ya que el Madrid llevaba ya 3 años sin títulos, y eso no se correspondía ni mucho menos con lo que siempre se le ha exigido a este club por tradición. Pero no sólo por eso: todos recordaremos aquella Liga por la cantidad de finales fatídicos y partidos ganados en el último minuto. La misión de volver a llevar el Real Madrid a dónde corresponde se le encomendó a Fabio Capello, que ya había tenido un paso triunfal por el club años atrás. Las cosas no empezaron bien y aquel año se trató de “pescar” en el mercado de invierno para mejorar la situación. En el mes de enero llegaron al club Fernando Gago (del que muchos de ‘los parabólicos’ nos hablaban como el nuevo Fernando Redondo), Marcelo y el Pipa Higuaín, principal protagonista el argentino del mítico momento que os estoy contando. Pese a llegar procedente de River Plate con tan sólo 18 años, poco tiempo le llevó al jugador argentino enamorar al público del Bernabéu. No importaba su falta de acierto de cara al gol. Aquel chico apuntaba maneras y, ante todo, muchas ganas.

Ese día todos llegamos a pensar que el campeonato se nos escapaba. El partido no había comenzado bien y recuerdo perfectamente como mi hermano y yo, los dos enfundados con la camiseta del Madrid, no articulábamos ni palabra. 3-3 era el resultado del encuentro a falta de pocos minutos para la finalización, y ya había pasado de todo. El equipo comenzó perdiendo 0-2 pero apeló de nuevo al orgullo y la épica para tratar de levantar el resultado adverso.

Era el minuto 89 cuando el Pipa Higuaín se tiraba a por un balón en la banda que el 90% de los futbolistas hubieran dado por perdido, se lo entregó a Reyes que se lo devolvería con una pared tras un preciso desmarque del argentino, que con un toque sutil al lado izquierdo del portero ponía el 4-3 en el marcador. Es muy complicado describir todas las emociones que se le pasan a un madridista por la cabeza en ese momento. Por lo de pronto, recuerdo el momento en que nos miramos mi hermano y yo totalmente incrédulos con lo que estaba sucediendo. Besé el escudo de la camiseta, como si me sintiera en aquel momento un jugador más del equipo, y vi como Ruud Van Nistelrooy levantaba la camiseta del Pipa y la mostraba hacia la grada en un precioso gesto del holandés que también llevaré siempre en el recuerdo. Es muy difícil explicar aquel cúmulo de emociones vividas. Tanto como resultó asimilarlo. Llamé a familiares y amigos a los que poco les importaba el partido para explicar lo que había pasado, y en parte, para autoconvencerme de que lo que había pasado era real. Y tanto que lo era. Además, por si fuera poco, al día siguiente el Barcelona empataba contra el Betis lo que permitía al Real Madrid situarse líder de la liga. 



Resulta complicado de explicar para quien no lo vive cómo algo tan aparentemente cotidiano como un gol en un partido de fútbol te puede hacer recordar una fecha durante toda tu vida. Porque el lunes siguiente a ese fin de semana, todos seguimos con nuestras rutinas de vida diarias, sin embargo, la sonrisa cuando aún hoy en día recordamos aquello no nos la quita nadie. Goles son amores.

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