miércoles, 13 de febrero de 2013

Somos los goles que hemos vivido (III)






Más goles: I , II


IVAN GONZÁLEZ

Durante aquella noche del 20 de mayo del 98, yo estaba solo 
en mi habitación, al borde de un infarto. Durante aquella noche del 20 de mayo del 98, Mijatovic estaba en un campo de fútbol de Amsterdam, acompañado de un equipo ya mítico, pero rodeado por enemigos italianos comandados por un francés.
Pero en el minuto 66 Pedja expulsó con su pierna izquierda todos los demonios de un madridismo que no podía ser feliz porque le faltaba solamente lo único que no le podía faltar. Pero en el minuto 66 yo expulsé con un grito todas las frustraciones de los años de espera y toda aquella rabia contenida cada vez que un amigo o un enemigo del colegio me recordaba eso de las copas en blanco y negro, o se mofaba, parafraseando a ese viejo del anuncio: ¿y el Madrid qué, otra vez campeón de Europa?

Pedja Mijatovic, con ese sempiterno aire de capo montenegrino, corrió hacia una línea que separaba treinta y dos años de espera, treinta y dos años entre su gol y el de Serena en la sexta Copa de Europa. Pedja Mijatovic, con ese sempiterno aire de gigoló balcánico, también corrió hacia mi pantalla, que separaba los diecinueve años que yo había tenido que esperar desde mi nacimiento hasta ese instante, en el que yo gritaba y gritaba y gritaba y seguía gritando hasta la eternidad. El Real Madrid y yo volvíamos a ser lo que realmente nunca habíamos dejado de ser: el mejor equipo de todos los tiempos. 




21 de marzo de 2008, jornada 29 en Segunda División. El Xerez jugaba en Las Palmas. Yo estaba en el salón de mi casa con un amigo, ambos mirando fijamente una radio (¡qué bonito es el fútbol por la radio!) por la que seguíamos el partido. El pitido final estaba a punto de llegar y el Xerez empataba 2-2 y acumularía así cuatro jornadas sin ganar. De lejos ya se vislumbraban las sonrisas de aquellos que profetizaron (y deseaban) que el Xerez ‘caería, como siempre, en la segunda vuelta’. Pero ese año todo fue diferente. En el minuto 93 Brian Sarmiento hizo el 2-3 dando los tres puntos al Xerez. La secuencia completa de aquellos eternos cinco segundos fue: “ojo Brian, cruza Brian…”, me incorporo del sofá, “recorta Brian, va a marcar Brian…”, me levantó con los brazos en alto y los puños cerrados, “GOL” y entonces es cuando salto, grito y me abrazo con mi amigo en uno de esos abrazos en los que sacas todo lo que llevas dentro. Con ese gol el Xerez consumaba el ascenso que ni era matemático ni virtual pero si real en nuestras cabezas. Aquel gol no sólo significó una victoria más sino que nos hizo creer (y saber) a todos los xerecistas que ese año sí, ese año se ascendería por primera vez a Primera División. Aquel gol fue el verdadero gol del ascenso.





SR. JIMVILL

Para valorar,más si cabe, la importancia del gol de Koeman a nivel personal es importante irse seis años atrás donde siendo un crío fui testigo directo de la famosa final de Sevilla contra el Steaua de Bucarest, cuatro penaltis fallados,dicen que: de las más de veinticuatro horas de vuelta en bus de Sevilla a Barcelona estuve llorando unas veinte,después tardé tres años más en volver a llorar,me había secado por dentro.

El 20 de Mayo de 1992 y con la mayoría de edad recién estrenada vi la final de Wembley en un bar de la calle Valencia de Barcelona,me acompañaban cinco compañeros de clase de los que recuerdo con nostalgia a: Roger y sobre todo a Natalia, la bella Natalia, pasamos muchas horas en aquel bar, para pillar un buen sitio, antes no había pantallas de cincuenta pulgadas y la tele estaba puesta en una tarima casi colgada del techo. Me vienen a la cabeza bocadillos, cervezas, risas, gritos y el dueño del bar intentando controlar que la gente pagara al momento las consumiciones. Eso si, pocas imágenes del partido como tal ,siempre he creído que en los bares se vive un gran ambiente pero es complicado estar atento al fútbol.

Pero el gol lo recuerdo como si fuera ayer, la falta a Eusebio, Vialli en el banquillo tapándose la cara ante el lanzamiento de la falta, toca Stoichkov para Bakero y Koeman dispara,gritos,lloros,botellas al suelo,abrazos con Natalia, la bella Natalia, y con gente totalmente desconocida que en otras circunstancias jamás abrazaría. Se que quedaban unos diez minutos para terminar la prórroga pero ya no recuerdo más del partido. Creo que no volvimos a mirar la tele.


Al salir a la calle entendí la magnitud del asunto, bajamos por el Paseo de Gràcia hasta la Font de Canaletas, en la mayor explosión de felicidad colectiva que he vivido jamás. Era la primera Copa de Europa, algo que mucha gente llevaba toda la vida esperando. En Canaletas petardos, bengalas,canciones,un tipo borracho se hizo una brecha en la cabeza al caer intentando subirse a una farola; lo extraño de todo eso es que lo que recuerdo como si fuera un día soleado de verano, cuando ya era bien entrada la noche,más o menos a las cinco de mañana. Despúes de dar vueltas por toda Barcelona, acabamos todos en casa de Roger, sus padres estaban en Wembley. Y por supuesto no fuimos a clase al día siguiente.

Años después y gracias a ese invento del demonio llamado Facebook, tuve noticias de Natalia: era madre de dos niños y tenia un desarrollo físico bastante parecido al de Koeman cuando dejó el fútbol,pero yo prefiero recordarlos a los dos ideales, formando parte de esos días inolvidables de mi vida.


                                      





TOMÁS LOZANO

Cuando echo la vista atrás y busco en mi memoria el recuerdo que más me marcó del fútbol, no me viene a la mente un gol, sino unos penaltis. Los penaltis, quizás la mayor injusticia que exista en el mundo del fútbol. El 29 de Abril de 1998, a mis nueve años, me puse a ver junto a mis padres, la final de la Copa del Rey que ese año disputaban Barcelona y Mallorca. Yo no comulgo con ninguno de los dos conjuntos, pero desde pequeño me han enseñado a apreciar el fútbol en sí, más que a un equipo.
Aquella final empezó con un temprano gol de Stankovic, y después de eso, lo único que viene a mi mente es un nombre: Roa. Yo no llego a aventurar, puesto que era bastante joven y corto de memoria, si Roa hizo el mejor partido de su vida, pero si no fue éste, se le asemejaría mucho.
Los azulgranas rondaban sin parar el área mallorquinista, y como dice el dicho: tanto fue el cántaro a la fuente que al final el Barça marcó gol (No sé si el dicho acaba así exactamente). Con todo esto, el Mallorca consiguió aguantar hasta los penaltis, con nueve hombres, entre ellos un inconmensurable Roa, que para no cambiar la dinámica del encuentro, decidió parar tres: Rivaldo, Celades y Figo.
Mi último recuerdo de esa noche es estar llorando en mi cama y las palabras de mi madre: “El futbol no es siempre justo”.


                                 




JESÚS SÁNCHEZ

El aguerrido muro londinense sigue manteniéndose infranqueable y entramos en el tiempo de descuento. En el enésimo despeje de Ashley Cole, el balón le cae a Torres a la altura del centro del campo. Como un relámpago y sin echar la vista atrás, el niño atraviesa medio Camp Nou, recorta a Valdés y -no falles Fernando- empuja a las redes. Sauca se queda sin palabras; yo también. Un gol que bien vale esos 50 millones de Libras. Las lágrimas me ganan esta vez la batalla. Mientras, el móvil entra en modo "año nuevo" para mis amigos madridistas. Por un momento, los últimos 3 años de mi vida -desde el escándalo de Stamford Bridge en 2009- pasan sobre mi mente situándome en el lugar donde tuvimos que estar entonces. El Barcelona ahora está eliminado y nosotros jugaremos la final de la Champions. El dulce desahogo de la justa venganza se fusiona con la épica banda sonora de Gladiator, que casualmente sonaba en mi portátil. Ahora somos libres.


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