viernes, 15 de febrero de 2013

Somos los goles que hemos vivido (V)


Más goles: I, II, III, IV



ALEJANDRO OLIVA

Te envidio, hincha de un equipo normal. Sí, de un equipo normal: de los que gana, empata o pierde partidos; y vive temporadas buenas y malas, con títulos, ascensos o descensos. Te envidio, hincha de un equipo normal, aunque quizá (la vida es contradicción), una parte de mí piense que te falta algo, que no lo vives tanto como nosotros. Me explico: soy del Real Murcia, y los hinchas del Murcia llevamos desde principios de los 90 entre la vida y la muerte. Literalmente, no exagero. Nuestro escudo sobrevivió de milagro la vieja crisis del fútbol y, casi sin respiro, se metió en la nueva crisis del fútbol. Más de 20 años enfermos, espantados por aquellos que preferían dejarnos morir y asustados por si se marchan los que nos dieron la vida. Nosotros no queremos ganar por ganar, ni para ser más felices. Queremos ganar para seguir vivos.

Y todo eso, claro, golpeaba nuestras cabezas cuando Kiko Ratón, Municipal de Montilivi, Girona, 19 de junio de 2010, último minuto de descuento de la última jornada de Liga, se disponía a lanzar un penalty que podía, diez años después, mandarnos de nuevo a Segunda B. Un penalty que evitaría la milagrosa salvación del Real Murcia, después de ganar los tres partidos anteriores y de adelantarse en Girona con gol de Capdevila en la primera parte. Un penalty que, inevitablemente, condenaba a uno de los dos equipos: por el capricho de los marcadores de otros cinco partidos simultáneos, el Girona, que parecía salvado, descendía si no marcaba Ratón. “No se puede bajar de penalty injusto en el descuento. No se puede. Lo para. Lo para”. Soñábamos. Y lo paró. Alberto Cifuentes paró el balón, flojo junto al palo, en una buena estirada que nos daba la salvación. Nos daba la vida.

Pero no conviene que tu vida dependa de la estabilidad de un objeto esférico sobre la hierba mojada. Porque para nosotros hace tiempo que dejó de ser un deporte, pero el fútbol nunca deja de ser un juego. Y aquel balón, finalmente, se deslizó bajo el cuerpo de Cifuentes para traspasar la línea de gol. 1-1. El Murcia bajaba de la manera más cruel. Torturado. Moría después de un efímero indulto. Porque aquel descenso, con el club en concurso de acreedores, volvía a traer las sombras de la desaparición, de la muerte. Más de 700 kilómetros de vuelta en autobús nos esperaban a los murcianistas desplazados, que vivimos, como un grupo de amigos en la puerta de la UCI, rezando por la salvación de un ser querido, entre lágrimas, recuerdos y palabras de aliento. Fueron muchas horas de unión, de esa comunión que solo se vive en la derrota.

Será difícil que algún gol del futuro supere ese momento. En todo caso, eso sí, volverá a ser un gol en contra porque ahora, cuando uno es padre, ya no sueña con marcar goles hermosos, decisivos. Ahora se trata más bien de encajar pocos goles o de, al menos, intentar parar los más dolorosos para tu hijo, una vez asumidos los inevitables goles que encaja el hincha normal de la vida.


                                   




CARLOS OVIES

Si como dice el título de esta sección, "somos los goles que vivimos", a mí no me queda más remedio que elegir un gol amargo para estas líneas. Se suele ver al gol como un catalizador de alegría, reflejo de la culminación de una gesta maravillosa o, simplemente, heroica. Pero no siempre es así. A veces olvidamos que el fútbol reparte tantas alegrías como decepciones.

La ley de conservación de la energía explica que ésta ni se crea ni se destruye, tan solo se transforma. Con el fútbol ocurre lo mismo. Tan pronto estás celebrando en la grada una victoria como hundido por una mala racha que, a veces, parece no acabar nunca. Así que yo, como oviedista joven que soy -los más veteranos han vivido mejores tiempos- me centraré en el gol no en su faceta de distribuidor de alegrías, sino en la de repartidor de tristeza y sombríos recuerdos.Podría elegir otro momento, pero las circunstancias me llevan hasta un playoff de tercera división.

                                                      


Allá por junio de 2008 el Real Oviedo -flamante líder del grupo asturiano- disputaba su eliminatoria de ascenso ante el Caravaca con el único objetivo de salir de los barrizales de tercera división. El partido de ida arrojó un abrumador cuatro a uno para los murcianos y la directiva decidió destituir al filósofo kafkianofutbolístico comúnmente conocido como Lobo Carrasco.

Con este panorama, el Tartiere se encomendó a la épica y veinticuatro mil oviedistas confiaron en el sueño de la remontada, algo que, al menos hasta a diez minutos del final, se cumplió. Curro anotó una falta por la escuadra y el estadio se vino abajo. El tres a cero le daba al equipo carbayón la eliminatoria, algo difícil de imaginar tras el resultado de la ida. Pero, en el minuto ochenta, Petu despertó de un tortazo a los veinticuatro mil asistentes. Su gol -unos minutos después anotó otro- no fue un jarro de agua fría, fue como un enorme iceberg que aplastó sin miramientos los sueños azules.

Y ese gol resume lo que futbolísticamente he vivido y, a fin de cuentas, lo que soy. Confío en que algún día la racha cambie y el fútbol me dé más alegrías, pero jamás olvidaré ese gol y lo que significa.







De todos los goles con los que he ido creciendo, habría muchos que elegiría, pero si me dan a elegir sólo uno me quedo con el que metió un tipo de 1,70 de Fuentealbilla el 11 de julio de 2010.

Tras eliminar a Alemania y extasiados por la euforia y cierto grado de alcohol por la primera final que España iba a disputar en un mundial, un par de amigos y yo nos vinimos arriba y nos comprometimos a ir a Cibeles para ver la final en las pantallas que habían colocado a lo largo del Paseo de Recoletos. Así que el domingo estábamos allí. Ataviados hasta los tobillos, y con un sol justiciero, quedaban unas largas horas hasta el comienzo del partido. La gente tenía ganas de celebración y nosotros también. La espera al partido fue festiva, y las ganas de hacer aquel día inolvidable se cumplieron con creces. Tanto es así que entre lingotazos, el calor espeso y el júbilo de la gente sólo recuerdo tener el trasero de Pilar Rubio a 20 metros y del partido en sí cosas sueltas como que los holandeses más que futbolistas parecían pandilleros, las paradas de Íker a Robben (aún se me repite el sabor a testículos en mi garganta), y como no, EL GOL.

La tolerancia de Webb permitiendo que los tulipanes llegaran a la prórroga con 11 jugadores hizo que ciertos temores me empezaran a aparecer como en experiencias pasadas. La prórroga se consumía y todo parecía que se iba a decidir en los penaltis, cuando entonces el reloj marcó el minuto 116. La jugada fue trabada, ajustándose a lo que había sido el partido: la entrada de Navas le había metido otra marcha a la selección, y es en él donde nace la jugada. Coge el balón en el fondo del campo donde defendía pegado a la línea de banda y, tirando de furia, mete la directa con el único objetivo de quitarse a jugadores para llegar lo más rápido posible al campo rival. En un rebote le cae el balón a Iniesta, que de un taconazo prolonga el balón hacia Cesc; éste ve a Torres, pero en otro rebote el balón le llega a Jesús Navas que le hace llegar al 9 el balón. Torres la cuelga al área para Iniesta, pero el balón es despejado por la defensa, cayéndole el balón a Cesc, que ve el desmarque de Iniesta que, con toda la sangre fría del mundo, controla el balón y sin darle tiempo para que bajara le pega con tal fuerza que ni Stekelenburg ni la desesperada estirada de Van der Vaart por despejar el chut pudieron remediar que el balón acabara dentro de la meta. El silencio previo al gol y el estallido tras ver al portero holandés vencido no se puede transcribir, sólo vivir.

Andrés Iniesta Luján marcó más que un gol. Marcó el gol que habíamos estado fallando durante tantos años. A mí me dejó marcado para siempre.

      



Prórrogas. Amor y odio. 20 de abril de 2011. Por alguna sinrazón, hoy no estoy para Mahou’s´, así que pido una CocaCola en el único bar del barrio en el que no estaba todo reservado. El eterno rival enfrente.
Los amigos al lado. Uno de ellos hoy no es tan amigo. Partido de opuestos en todos los sentidos. Nos tiene minada la moral, pero algo bueno se intuye cuando en el minuto 102 el mejor jugador del mundo la pierde ante el trivote en el centro del estadio. Se desliza veloz como una mamba negra de pelo a lo afro el 13 de blanco. Toca para "El fideo". Devuelve y ese pibe se convierte en un rayo. En menos de un segundo la pared corta la respiración a algunos, se la acelera al resto. El 22 rebasa al 2. El balón a la olla. Surge del caldo merengue el 7. Es mi pastor, nada me falta. No es el de antaño, pero el espíritu permanece. Vuela, se alza, firme, el tiempo se para. En cada bar de Madrid alguien remata mientras mira atento y emocionado la pantalla. En prados de hierba fresca… Inapelable. Incontestable. Invencible. Imbatible. Imparable. La locura, la alegría y el estrés acumulado se desatan. Mestalla estalla. Me conduce junto a fuentes gloriosas. Esta es la Copa del Rey. Lo que no sabían es que el heredero al trono era ese portugués que ahora hinca las rodillas en la hierba, pero sólo ante sí mismo porque él es victoria en sí. El azulgrana empieza a desteñirse. Y repara mis fuerzas. Jefe, ponte una jarra. La última vez que un madridista brindó con esta Copa yo ni siquiera llegaba a los dos años, pero hoy la sequía en la competición se hizo mayor de edad para poder ver cómo el Rey Blanco y los suyos volvían al trono del que nunca debieron ser despojados. Ahora todo ha acabado. Los juglares merengues van por las calles de la capital entonando como ya entonaron en viejos tiempos de gloria: "Oh, Pedja. Oh, Zinedine. Oh, Cristiano. Sí, sí, sí, el fin de ciclo ya está aquí".







Si tienes once años, la noticia de que vas a ver en directo un partido de Copa de Europa entre tu equipo y el actual campeón del torneo es una noticia relevante. Si además, el rival eliminó a tu propio equipo meses atrás en la edición anterior, y en el baremo de injusticias presenciadas en tu corta existencia ésta ocupa un lugar muy relevante, con tantas lágrimas derramadas en la habitación después, la noticia es más relevante. Si además, el hecho de que tu tío, el socio de tu equipo que te metió el veneno del fútbol y de tu equipo en el cuerpo, pasó ocho horas haciendo cola para conseguirte la entrada (varias de ellas bajo la lluvia) la noticia pasa a ser acontecimiento.

Así que así andaba yo el día de nochebuena de 1988 al recibir aquel regalo, un niño tan cómodo e ingenuo para que en el saco de injusticias de su vida prácticamente todas fueran futboleras. Real Madrid - PSV Eindhoven, 15 de marzo de 1989, vuelta de los cuartos de final de la Copa de Europa.

Aquellos tres meses se hicieron eternos. Yo había acudido ya al Bernabéu unas cuantas veces, pero siempre en partidos de Liga ante rivales, digamos, no demasiado históricos. Nunca había visto al Barcelona, al Athletic de Bilbao o al Atlético de Madrid. Jamás había visto un partido europeo, sólo había oido la catarata de goles de las remontadas ante el Borussia Monchengladbach o el Inter de Milán por la radio.

Y jamás había visto el Bernabéu como aquel día, claro. La caldera.

En aquella época, la mayoría de las localidades eran de pie, aunque yo vería el partido sentado. El estadio era mucho más pequeño que en la actualidad, pero el número de espectadores gracias a la falta de asientos sobrepasaba los 90.000 en noches como aquella, en las que la venta de entradas era algo tan laxo como la preocupación por que pudiera pasar algo similar a Heysel. Aquel día faltaba sólo un mes para que sucediera la tragedia de Hillsborough en Inglaterra, y nadie podía imaginarlo. De pie, la gente tiene muchas más ganas de gritar.

El resultado de la ida en Holanda había sido favorable, 1-1. Exactamente el mismo resultado que ellos habían conseguido el año anterior en Madrid, y que les valió para clasificarse con un 0-0 en casa en un partido de bastantes alternativas en el que el árbitro Vautrot, aquél a quien Jesús Gil años después dirigió unos cuantos adjetivos poco cariñosos, pitó el final cuando el cronómetro de la televisión marcaba 44:30. Lo recuerdo como la mayor frustración que haya vivido jamás en el fútbol, y alguna que otra he pasado. Camino del partido, me cuesta admitir que soñaba mezquinamente con un empate sin goles, en el que ellos volvieran a casa tan frustrados como me sentí yo en mi casa viéndolo por televisión hacía doce meses. El odio que cogí a aquel equipo se tradujo en tajantes vetos en mi casa durante años a la marca Phillips, dueña del club holandés. Y aquello era algo realmente complicado, fabricaban hasta pilas.

De aquel partido recuerdo vagamente rezar para que Hugo Sánchez no fallase aquel penalty con el que nos adelantamos 1-0 en la segunda parte. Recuerdo el terrible silencio que se produjo cuando un brasileño que habían fichado ellos aquel año y que era nuevo en Europa, un tal Romario, empató el partido con un tiro cruzado siete minutos antes del final. Recuerdo algo mejor saltar literalmente de rabia al ver cómo el árbitro nos anulaba un gol de Gordillo a pase de Míchel que habría sido definitivo en el descuento del partido. Y recuerdo los nervios de la prórroga, sabiendo en todo momento que otro gol visitante sería practicamente definitivo.

Justo antes del descanso de la prórroga, una falta lateral sacada por Gallego es bajada del cielo al área del fondo norte por Hugo Sánchez, y desde mi localidad en el fondo sur vi el balón bajando y, perfectamente alineado con él, el enorme hueco en la parte derecha de la portería holandesa: no había defensa ni portero y desde mi sitio se veía perfectamente. Le dio de volea Martín Vázquez, pero yo debí soltar la patada al asiento de delante, con la izquierda claro, paralela, de voleón, igual que él. Solo que a mí se me solían marchar por encima de la verja del patio del colegio y a él le entró por abajo en la portería del Santiago Bernabéu. 2 a 1.

Con todas las emociones y minutos que llevábamos ya todos encima recuerdo, esto sí perfectamente, la primera vez que no me escuché en un campo de fútbol. Gritaba cuanto podía y no me oía. Ni oía a mi tío a mi lado brazos en alto y cuello hinchado, por supuesto. Semejante estruendo no había pasado con el 1-0, un grito más calculado, ni siquiera con el gol anulado, supongo que porque fue anulado muy rápidamente. Aquello fue ensordecedor, el suelo vibraba, puedo asegurarlo. Probablemente le estábamos metiendo un gol al PSV, al juez de línea y al terrible hecho (al menos para mí) de que Butragueño estaba en el banquillo por decisión técnica la primera vez en su carrera deportiva. Sabíamos que otro gol del PSV no sería la puntilla. Y que después de cuatro partidos, de tantas ocasiones, por fin éramos capaces de marcarles más de una vez en el mismo encuentro, cosa que ellos no habían conseguido todavía. Ni consiguieron.

Recuerdo ese partido como la primera vez que a la victoria se le une la cuenta saldada, el ojo por ojo, el haberlo pensado antes y el toma toma toma, puño cerrado, brazo encogido, conceptos que con once años forman parte de la esencia de uno, y que con alguno más tratas con distancia al saberlos infantiles, pero los reconoces ahí, en el fondo de alguna parte, aflorando cuando te crees ya sin pasión y alguna camiseta blanca vestida por un chaval bastante más joven que tú, sale a jugar a ese campo que contribuyó a que tu infancia fuera aún más feliz.

Al salir del estadio, poco imaginábamos con semejante alegría en el cuerpo que estábamos a tres o cuatro semanas de que un equipo italiano lleno de holandeses nos barriera del mapa en San Siro con cinco goles en la ronda siguiente. Aquel día no derramé una sola lágrima. Uno se hace mayor, me dije algo orgulloso en mitad del desánimo, pero en el fondo la cuestión era que yo ya había probado en el Bernabéu que las revanchas existen, que ya nos veríamos las caras. Aunque tardáramos tiempo. Porque aunque tardáramos 9 años más en levantar aquel trofeo tan esquivo y tan deseado, al menos lo levantó uno de los que jugó aquel día, y yo también estuve allí.

Pero ese gol ya lo han contado aquí. Algún día me tomaré la revancha.








                                     

1 comentario:

  1. Respecto al gol/partido sobre el que escribe Carlos Ovies, recuerdo aquel día.

    Recuerdo llegar al Tartiere con mi vieja bufanda de cuando jugamos la UEFA en el 91, con la emoción del "Este año sí" y alguna que otra cerveza encima.

    Pero lo que hace que recuerde ese día fue el hecho de que aquel partido fue sin duda alguna el más largo de mi vida. ¿Cuánto fueron por la tele, 94 o 95 minutos? Para mí fue como toda una semana.

    Aquel gol de Curro de falta sería el culmen de la alegría que alguien podría sentir en un estadio de fútbol, pero como bien dices... ese chaval con mechas nos pegó a los 27.000 (si no recuerdo mal) que estábamos ahí un tortazo en forma de iceberg.

    Gracias por haberme hecho recordar aquel partido, y Hala Oviedo!

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