lunes, 18 de febrero de 2013

Somos los goles que hemos vivido (VI)

FONSI LOAIZA

Hay goles que cambian una vida, que nos marcan un destino. El del Barcelona ante el Chelsea en el último minuto supuso un antes y un después en la mía. Se trataba de mi primer curso como universitario y se repetía como de costumbre esa típica reunión de estudiantes para ver el fútbol en un bar. Por el mes de mayo, la carrera ya me había decepcionado lo suficiente como para darme cuenta de que para ser lo que siempre quise ser, poco importaba lo que hiciera en la facultad. Nada curte más que un desengaño. Los estudios se convirtieron en un filtro y el oficio en una auténtica vocación. Entendí que el fútbol era la excusa perfecta para hablar de todo lo demás y conocernos mejor.

Siempre he sido muy pero que muy madridista. Hasta dije que quería hacer la comunión con el chándal del Real Madrid. Y al final me compraron la vestimenta, aunque no me quedó más remedio que ir de almirante y esperar radiante unos días para sacar orgulloso todo mi vestuario merengue con la octava Copa de Europa.
Podría haber escogido cualquier gol de Raúl, que es el futbolista al que más he admirado y admiro; o el de Zidane, que es al que acuden los madridistas más nostálgicos. O el de Oli con mi Cádiz en Chapín visto en directo en Jerez y sacado en la previa por la cámara del plus. Sin embargo el maravilloso tanto de Iniesta en Stamford Bridge obró un milagro, me hizo sentir pequeño y mayor a la vez.

Me contaron algunos compañeros culés que se fueron a celebrar el gol hacia mi asiento con gestos canallescos. Esa cosa que tiene el fútbol y que lo hace más atractivo. En una hinchada el exceso de moral es mera moralina y vivir un partido a lo bibliotecario, sinónimo de represión, de hacer el amor con una muñeca hinchable. Pero yo ya no estaba ahí sentado y se pensaron que me había ido a la caverna junto a la tropa de antibarcelonistas aullando contra el tal Ovrebo.

Hasta que se percataron de que el golazo de Iniesta me unió en un abrazo a los culés que celebraban sin complejos de inferioridad. El juego desplegado por el equipo de Guardiola me había seducido tanto en la temporada que no pude evitarlo. Tuve que cantarlo. Fue la primera vez que uní la razón con el corazón y la emoción con el pensamiento. Como dice Galeano había sentipensado el fútbol. Un término de procedencia pesquera, nada de verbo repipi.

Entiendo muy bien a los madridistas, como Manuel Jabois, que consideran enemigo a cualquier futbolista del Barcelona, y que al día siguiente en el trabajo estaban de muy mala hostia. Pero éste que ha venido a hablar de su gol, dejó su lado acérrimo, ultra y radical en un extremo y dio con una pizca de necesaria serenidad.
En Stamford Bridge con todo perdido apareció ese verso de Machado (“en el buen sentido de la palabra bueno”) recitado por un héroe vacío de merchandising, Andrés Iniesta, para bautizar en forma de poema al FC Barcelona. Todavía continúo prendado. Y en parte me enorgullece porque sin esa obra artística de aquel paliducho, quién sabe si ahora mismo estaría hablando de Villaratos, hormonas, árbitros o dedos como camino y no de la alegría sin iras que aquel día me proporcionó Andresito. Un gol de los que abren fronteras. Vivido por el niño que llevo dentro como un sueño. Un niño a punto de terminar este año la carrera al que le arrancaron sus pesadillas de un derechazo por la escuadra.






DANIEL MATA GUERRERO

Era un verano caluroso ( como siempre) en La Mancha. No recuerdo bien si habían acabado ya las clases, pero ese día quedamos todos los amigos para ver el España-Yugoslavia en el corralón de un amigo. Como en Ciudad Real no hay equipos con tradición, la mayoría de los chicos son del Madrid, del Atlético y algún que otro despistado como yo, del Barça; así que cuando juega España es realmente la única ocasión en la que todos los amigos animamos al mismo equipo.

La Selección (no la roja, por favor) tenía que ganar el partido ya que había perdido contra Noruega en el primer partido 1 a 0 culpa de un claro fallo de Molina. No sé quien marcó para los noruegos, pero me gusta pensar que fue Flo. Dadas las circunstancias era un partido a vida o muerte.

A la Yugoslavia de Milosevic, Kovacevic y compañía le valía el empate, e incluso cuando quedaba más o menos u cuarto de hora, consiguieron anotar el 3 a 2, por lo que ya estábamos prácticamente eliminados. La mayoría de mis amigos estaban ya más pendientes de la partida de futbolín paralela, mientras otros mirábamos el partido desganados.

Era ya el descuento, y nosotros estábamos diciendo los tópicos que cada dos veranos escuchábamos a nuestros padres, cuando, de repente, Mendieta empató el partido. No quedaba ni un minuto, pero volvíamos a estar todos, sin hablar, mirando la pequeña televisión de mi amigo. El balón le cayó a Guardiola, que con esa pausa que le caracterizaba se entretuvo más de lo deseado en el medio del campo - Pero ponla de una vez!! Al final la puso, Urzaiz la bajó y Alfonso empalmó una volea que botó en el suelo antes de obrar el milagro. Todos mis amigos y yo, nos pusimos a abrazarnos y a gritar como locos (creo que se saltó un aficionado yugoslavo a agredir al árbitro, porque no estaba muy de acuerdo en el descuento añadido) y entre abrazos llegó el final. Cogimos nuestras bicis y nos fuimos a dar vueltas por el pueblo cantando y celebrando.



Nuestra generación, que no vivió y tanto escuchó hablar del partido de Malta, y que también pensaba que se moriría sin ver ganar nada a la Selección ya tenía su particular 12 a 1, y aunque la alegría duró lo que quiso Zidane y un penalti a las nubes: ese gol fue nuestro goooool de Señor (hasta que Torres le ganó la carrera a Lahm, pero esa es otra historia).


LUIS ALCÁZAR

Era un domingo normal, como casi siempre mis abuelos habían venido a comer a casa, lo que significaba comer más tarde de lo habitual. Mi abuelo, con prisa porque jugaba en casa la U.D. Sariego, apuró les fabes y arrancó pronto al Carroceu (campo municipal). Siempre envidié su pasión por el fútbol regional por encima de cualquier otro. Si jugaba el Sariegu lo mismo daba el Sporting, que el Madrid o el Barça. De vez en cuando le acompañaba, pero ese día el Sporting jugaba en Castellón un partido crucial para sus opciones de ascenso. No lo vi, preferí quedarme con la radio sentado en las escaleras de casa, nervioso y fiándome del comentarista de SER Gijón. Mi madre pasaba por mi lado de vez en cuando y preguntaba “cómo van?”, lo que me ponía realmente nervioso porque a mi madre el fútbol le importa tanto como a mi el curling. Supongo que mi cara de sufrimiento era demasiado expresiva y no denotaba buenas noticias. En Mendizorroza se jugaba un partido del que dependíamos si no ganábamos y de momento no ganábamos. Díaz de Cerio al inicio del partido y Delibasic mediada la segunda parte ponían por delante a la Real por dos veces (Adrián ex oviedista, hoy en el Atlético había empatado apenas reanudada la segunda mitad), lo que nos dejaba fuera del ascenso. Poco antes del segundo gol de la Real, Nakor había adelantado al Castellón y todo se torcía.

Apagué la radio, en Mendizorroza se consumía el tiempo y en Castalia expulsaban a Gerard con roja directa en el minuto 89. Parecía que los diez años en segunda serían, al menos, once. Subí la escalera, jurándome no volver al Molinón y dejar de sufrir por el fútbol, y de repente una voz desgarradora invadió todo el vecindario “¡gooool mecangon dios!” (transcribo literal). Corrí escaleras abajo y me dirigí a casa de mi vecino, Arsenio, de quien había reconocido la voz. Le encontré de pié en la puerta de casa, con un pequeño transistor en la mano, un auricular en la oreja derecha y el otro colgando. Sudaba como si el gol lo hubiese metido él y me dijo “gol del Alavés en el 91 guaje” a lo cual contribuí con un silencioso e interior alarido de frío y emoción. Puse la radio en el preciso momento para escuchar el 3-2 de Toni Moral que daba la vuelta al partido de Mendizorroza, salvaba al Alavés de caer a 2ªB y nos daba, prácticamente, la opción de ascender la última jornada sin depender de terceros. Mi alegría fue mayor cuando supe que había sido Jairo (de cabeza) el autor del gol, ex sportinguista (y ex oviedista), gran futbolista con muy mala suerte por las lesiones. Al domingo siguiente ante el Eibar, Bilic en el primer tiempo y Luis Morán faltando 15 minutos completaron el sueño. Ese día fue mágico y maravilloso pero el mejor recuerdo de ese ascenso fue el “gol del Alavés en el 91 guaje”.





ANTONIO GONZÁLEZ

Un gol. Parece mentira que una palabra tan corta pueda abarcar un abanico tan amplio de sentimientos y emociones. Cada semana se marcan por todo el mundo miles de goles, unos más importantes que otros. Un gol que para mí es insignificante para otro puede haber sido uno de esos momentos que recordará toda la vida. Suelto todo este rollo macabeo para introducir el gol del que voy a hablar. El 18 de junio de 2011 el Granada jugaba en el Martínez Valero de Elche el partido de vuelta de la eliminatoria final de un interminable Play Off de ascenso a Primera División. Como veis no he elegido un gol muy antiguo, así que estaba justo donde estoy ahora, en mi casa y con mi padre, con el que llevo viendo el fútbol desde que tengo memoria.

Mi padre, el mismo que me había contado las hazañas del Granada en los 70, el “Matagigantes”. Historias que para mí no eran más que leyendas quién sabe si exageradas y adornadas por el paso del tiempo y la nostalgia. 35 años después el equipo de mi ciudad, que durante años había languidecido por campos de Tercera y Segunda B, se encontraba ante la posibilidad de volver a la élite. El resultado en la ida había sido un 0-0, que si bien no era un gran resultado tampoco era del todo malo porque un gol en el Martínez Valero tendría muchísimo valor. Ese gol llegó, y no tardó demasiado. En el minuto 29 de la primera parte, un nigeriano imprevisible llamado Odion Jude Ighalo, recibió un balón de Dani Benítez, burló la salida del portero del Elche y con una sangre fría que no tienen todos los delanteros dentro del área tumbó de un recorte al defensa para luego poner el balón junto al palo izquierdo de la portería ilicitana. Vale que no tiene la belleza plástica de la volea de Zidane, ni provocó que millones de españoles salieran a la calle como el gol de Iniesta, pero en el momento en que ese balón entró yo supe que algo que un par de años antes no me hubiese atrevido ni a soñar como era ver al Granada en primera, estaba mucho más cerca de convertirse en realidad. 

                                       



Cada cierto tiempo, tal vez con mayor frecuencia de lo que podría imaginarse, el deporte, en este caso el fútbol, se convierte en protagonista de episodios inolvidables, bien por sublimes o por traumáticos.

Aquel partido no fue vistoso, aunque sí ciertamente emocionante. El equipo rival, capitaneado por el Kaiser, saltó al campo convencido de su superioridad y de inmediato tomó el control. Pero nosotros lo teníamos todo previsto: había que dejar que los rivales se cansasen y no perder de vista la posibilidad de dar algún zarpazo al contragolpe, nuestra especialidad por entonces.

La primera de las premisas se cumplió, al terminar los 90 minutos reglamentarios 0-0 en el marcador.

Y ahora si, en el tiempo extra, nos hicimos dueños del partido. Y llegó. Una falta en el vértice del área lanzada por nuestro Zapatones para situar la pelota en la escuadra de la meta protegida por un portero mítico. Tan sólo quedan seis minutos de juego y el rival está literalmente derrotado; momento sublime. Pero he ahí que a veinte segundos del final, el equipo rival saca de banda, el balón llega a … un nombre impronunciable, y éste lanza un disparo raso, potentísimo, ajustado al palo derecho de nuestra portería. Es el gol del empate. El gol que convertirá ese momento sublime en algo traumático, que hará de nosotros un equipo eternamente estigmatizado, el pupas y a unos aficionados que por siempre pensaremos “ahora es cuando nos la hacen”.
                                       
                                           

Esa es la historia de un gol inolvidable, que hizo durante 6 inolvidables minutos, al Atlético de Madrid virtual campeón de la Copa de Europa del 74. Sin embargo, lo que finalmente sucedió es conocido por todos los aficionados. Dos días después se disputó el partido de desempate, el Atlético fue presa fácil para los alemanes. Éstos nos colocaron un triste 4-0 en el marcador.

Sin embargo, aquel gol que Luis “Zapatones” Aragonés había marcado el 15 de mayo de 1974 pasará a la historia atlética como el instante en que más cerca estuvimos de la gloria de ser campeones de Europa y, también, como el inicio de la leyenda negra del Atlético.

La alineación del At. Madrid en ese partido fue: Reina, Melo, Heredia, Eusebio, Capón, Adelardo, Luis, Irureta, Ufarte (Becerra), Gárate y Salcedo (Alberto). Como veis, va haciendo unos cuantos años de aquello.

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