lunes, 18 de febrero de 2013

Somos los goles que hemos vivido (VII)


El mejor gol que he visto jamás lo escuché por la radio. Cuando el partido no se televisaba en abierto quedaba eso o bajarte al bar con los parroquianos, cosa que no siempre hacía. Pensarán que soy un hincha de mierda, pero nunca fui muy propenso a juntarme para ver fútbol. El caso es que el mejor gol de mi vida lo
escuché por la radio. Ronaldinho Gaúcho se inventó un tanto imposible: hipnotizó a Ricardo Carvalho bailando sobre el balcón del área y pateó una pelota medida que Petr Cech no creyó posible. Sólo pudo mirarla porque no le alcanzó comprenderla. Ronaldinho fabricó un gol de la nada, imposible de contar sin los
ojos. La magnífica narración radiofónica de Alfredo Martínez para Onda Cero apenas consiguió dibujar el momento, aquella maravillosa brujería de una entre un millón, pero entonces ya sospeché que acababa de oír algo sobrenatural. La imagen de televisión confirmaría luego mis impresiones: jamás había visto nada igual.

Los octavos de Champions contra el Chelsea en 2005 y 2006 fueron la génesis del Barcelona ganador, otra vez, en Europa. Aquella noche histérica que nunca olvidaré el Chelsea masacró a los culés a la contra. 20 minutos de la primera parte y ya iban tres a cero para el mejor equipo contragolpeador de la historia reciente. Luego, apareció Ronaldinho. Su gol de penalty en el 27’ fue una leve esperanza. Y su inverosímil segundo tanto, anteriormente descrito, un destello providente de una magia impredecible. Al descanso ese gol los clasificaba para los cuartos de final, pero todo se acabó fastidiando en la segunda parte con un gol de Terry. Para los que apenas recordábamos los años del Dream Team, la Copa de Europa era lo
máximo con lo que se podía soñar. Aquella tarde de invierno del 8 de marzo de 2005 el volumen de la radio fue claramente superado por los gritos de un chaval que apenas sabía lo que era ver ganar a su equipo en las grandes ocasiones.

Imaginar al Barça eliminando al Chelsea de Mourinho era la hostia, pero aún tendría que esperar un año más para disfrutarlo.






Porque los mayores se veían rememorando a Schwarzenbeck para los restos y porque los jóvenes pensaban que se morían sin ver ganar al Atleti en Europa. El caso es que nadie allí quería llegar a los penaltis. “Si tengo que jugármela así, prefiero perder ahora”, soltaba alguno, entre dientes, con la desesperación del condenado a muerte que escoge lanzarse a la alambrada electrificada antes de sufrir la angustia del paredón. Habíamos vuelto al bar de siempre, abrazados estoicamente a la superstición. La diferencia es que allí ya no estábamos sólo los amigos íntimos: allí se juntaron amigos de amigos, padres, hermanos, tíos, primos, cuñados y qué sé yo cuánta genealogía colchonera. Se había corrido el rumor de que esa tasca era infalible y todos acudieron al efecto llamada. La recuperó Domínguez, que de aquellas tocaba techo en su carrera, y Jurado le arreó un mandoble a la bola de esos que alimentan el murmullo. Por la tele no se vio, pero miles de manos empujaron el trasero bajo de Agüero para que llegase a amansar esa pelota. Y, como las de los mimos, esas mismas manos se elevaron para alzarle la barbilla al argentino y que viese cómo Forlán tiraba el desmarque. A lo que vino después del centro del ‘Kun’ le faltó Wes Anderson filmando a cámara lenta. Un toque del uruguayo con la quilla, un par de botes crueles y una deflagración que arrampló con todo. Yo sólo recuerdo el ‘cloc’ de dos cabezas chocando delante de mí y una estampida que me tiró al suelo. Desde allí, entre la madeja de brazos y cabezas, sólo acerté a ver a un tipo bigotudo, sesentón, recostado en la barra y con un fajo de billetes en la mano. “¡Una ronda –berreaba–, que esta la pago yo!”. Aún hoy creo que Schwarzer la va a parar.






Hubo un tiempo en el que no existían los gili-corners. Todos los saques de esquina desafiaban la Ley de la Gravedad y las fórmulas matemáticas de las parábolas. Eran los mediados de los noventa, época en la que había una variante de este tipo de córner que pronto se convirtió en moda: el lanzamiento a la frontal del área para la volea de un compañero. Zalazar y Óscar la dieron a conocer en el Albacete, una pizarra que años más tarde copiaría el Valencia en el Camp Nou con el golazo de Mendieta.

En la temporada 1995-1996, el Sporting quiso sumarse a la moda. Y de qué manera lo hizo. Igor Lediakhov, el arquetipo de mediapunta con calidad a raudales pero también con tendencia a pelarse los cables, colgó un saque de esquina a la frontal del área. Ahí esperaba Hugo ‘Perico’ Pérez, un clásico cinco argentino. Tras amortiguar el balón con el pecho y ante la presión de un defensa del Valladolid, sacó de la chistera el único recurso posible: tiró un sombrero al rival con la pierna derecha para volear con la zurda. El portero pucelano sólo pudo contemplar desde su privilegiada posición el golazo de Hugo Pérez.

No recuerdo dónde vi el gol. En directo, en El Molinón, fijo que no. Mis domingos infantiles los pasaba paseando con mis padres y tíos por el Parque de Isabel La Católica atento a los gritos y murmullos de la afición sportinguista, a la espera de que El Molinón abriera sus puertas en los quince últimos minutos para poder acceder al campo y ver un poquito de fútbol de Primera. Seguramente lo vería en la televisión, en uno de aquellos programas que se limitaba a mostrar los goles y las mejores jugadas, sin detenerse en explicar estrategias y tácticas, y un minuto de las jugadas polémicas de la jornada. Todo lo contrario que hoy en día. Benditos años noventa.

El córner lanzado a la frontal del área para la volea de un compañero se convirtió de inmediato en una de mis jugadas preferidas. Incluso en el pueblo la comenzamos a ensayar bajo el nombre de ‘la número uno’. Y he de reconocer que en varias ocasiones se materializó en gol durante los torneos de futbito de las fiestas. No sé si por la precisión de mis pases o gracias a la capacidad de mis amigos para ajustar el cuerpo y golpear de lleno el balón.El golazo de Hugo Pérez no dio ningún título ni la permanencia al Sporting. Sólo sirvió para proporcionar una alegría semanal a los sportinguistas. Una alegría semanal que, en los aficionados a cualquier equipo de fútbol, representa nuestro alimento básico.




Mi padre se apretaba el índice contra los labios con fuerza, con mucha fuerza, estrujando el dedo, dejando la marca de la falange en el medio de la boca. Pero ni toda la fuerza que ejerciese iba a hacerme callar. Ni toda la fuerza del mundo le podía borrar la sonrisa partida que a duras penas podía contener. Mamá se despertaría y a nosotros nos daba igual.

Desde el quicio de la puerta de mi habitación había mirado toda la primera parte enfadado; quería ver el partido pero no aguantaba que fuésemos perdiendo. Quería irme a la cama, enterrar mi cabeza de avestruz entre las sábanas y ser ciego a la desgracia, pero no aguantaba los suspiros de mi padre cada vez que fallábamos una ocasión.

Así, con una pierna en el salón y otra en un cuarto lleno de clicks de Famobil me tapaba los ojos, los abría, giraba la cabeza, saltaba y repiqueteaba. En la puerta del dormitorio de la casita de Juan Peñalver. La casita sin calefacción. La casita con las ventanas de hierro y las persianas de madera. La casita con el radiador portátil que encendía cada mañana y me acercaba a las rodillas.
                                         
                                           

Pero ahora me daba igual –en realidad, siempre me había dado igual- porque ahora era la una de la madrugada de una noche de verano, yo estaba en calzoncillos y Emilio Butragueño acababa de marcar un gol a Dinamarca.




No se ve todos los días a Samuel Kuffour llorando. Su equipo, el Bayern München, tenía que sacar de centro, pero las cámaras no pudieron pasar por alto sus lágrimas. Había sido él el que había mandado el balón a córner evitando un centro de Ole Gunnar Solskjær desde la izquierda. No lo sabía, pero solo había aplazado el inicio de su tortura. Ese saque de esquina acabó en gol del delantero noruego, que remató en el área pequeña después de que Teddy Sheringham, que había iniciado el milagro un minuto antes, tocara con la cabeza el centro de David Beckham. Ahí se acabó todo. Con el pitido final, un rayo pareció caer sobre el Camp Nou, pero solo afectó a los jugadores del Bayern, que cayeron fulminados. Mientras el Manchester United celebraba, la derrota inundaba mi televisión. Pierluigi Collina intentó consolarlos, como si eso fuera posible, e incluso levantarlos, pero ni el mismísimo Iñaki Perurena habría podido con ellos. Estaban muertos sobre el césped. Eran la prueba de que no hay bala más mortífera que una derrota cruel.






Podría tirar de Google, YouTube o hemeroteca para escribir un relato detallado de lo que fueron esos minutos que culminaron en el clímax de una volea. Pero creo que esto no se trata de eso. Esto se trata desempolvar, a bote pronto y sin corromperla, la huella que dejó en la memoria de tu alma aquel gol que nunca olvidarás:

Recuerdo que era una tarde de Junio. Eurocopa 2000, tercer y último partido de la fase de grupos. Recuerdo como si fuera ayer, lo complicado que se puso todo cuando Yugoslavia se puso por delante, 3-2, alguien con un nombre parecido a Godevariça marcó. Estábamos fuera a falta de pocos minutos.

Recuerdo un niño que soñaba con jugar partidos como ese, apretando con rabia al asa de su mochila, listo para salir a entrenar justo al término del partido. De pronto un penalty. El mejor Mendieta era infalible. 3-3. Esperanza. Recuerdo confusión acerca de la posibilidad de estar clasificados con el 2-2, las cuentas de la lechera, había que meter otro gol.

Creo recordar muchos balones largos buscando el milagro. Ansiedad. En el césped, dónde se escribe la verdad del fútbol, estaba el ídolo de aquel niño, "El Mago de las Botas Blancas", Alfonso Pérez Muñoz. 

Recuerdo a Pep Guardiola, compitiendo por defender la camiseta del Estado opresor. Quería todos los balones. Creo recordar que fue él el que puso el balón definitivo en el área, desde la banda derecha de su propio campo. No recuerdo bien quién, pero alguien bajó el balón de Pep con la cabeza, una dejada perfecta para que el de Getafe, demostrara la grandeza de jugar igual de bien con las dos piernas y el poderío del delantero que sabe rematar al primer toque. Imparable. 4-3. Clasificados.

Aquel niño no tuvo tiempo de contener la respiración, ya estaba abrazado a sus hermanos y su padre. Por primera vez, sintió la magia de ese deporte que podía hacer que España se transformara en una casa gigante, en cuyo salón nos abrazábamos millones de personas celebrando que la pelotita había cruzado la línea.

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