martes, 19 de febrero de 2013

Somos los goles que hemos vivido (VIII)

HOLDEN CAULFIELD

Siempre me ha gustado ir a contracorriente. Como los salmones.

Tal vez esta tendencia natural mía a escoger el camino complicado de la vida hace que mi gol favorito sea uno de Higuaín.

Aquel Real Madrid de Capello era un auténtico dislate: Ronaldo se había mudado a Milán, Cannavaro era cualquier cosa menos un Balón de Oro, Cassano estaba apartado del equipo por intercambiar croissants por mujeres y Beckham no jugaba por negarse a renovar. En medio de toda esta locura, el Real Madrid ficha a un tal Higuaín, un argentino de 18 años de River con pinta de desnutrido, del que se mofan comparándolo con Ronaldo. Igualín, dicen.

Contra todo pronóstico, y con la Liga prácticamente entregada, algo hace clic en el equipo y comienza una remontada espectacular en la recta final de la temporada. Cada partido es la toma de la Bastilla. Todo parece posible: Beckham vuelve mejor que nunca con un look a lo Sick Boy en Trainspotting, Roberto Carlos parece tener 20 años y Van Nistelrooy remata entre los tres palos hasta una nevera. El Real Madrid parece un enloquecido Patrick Bateman persiguiendo con una motosierra al Barça.

12 mayo de 2007. Faltan escasos minutos para el final del partido. El Real Madrid ve impotente cómo se le escapa la Liga empatando en casa con el Espanyol. En el Bernabéu empieza a percibirse ese inconfundible aroma de la decepción. Rozando ya el pitido final, Higuaín rebaña una pelota, se la pasa a Reyes y le señala dónde la quiere. Ahí. Se tira al verde con la fe de alguien que está a punto de perderla y remata con el alma. Y gol. Gol de Igualín. Y estalla el estadio. Me abrazo con mi hermano. Me abrazo con mi padre. Me abrazo con un desconocido de la fila de abajo. Me abrazo con la locura. Me abrazo con el éxtasis.

Me gusta este gol porque me recuerda lo bonito que es a veces nadar a contracorriente. Hacia lo imposible. Como los salmones.

                                     


JUAN TALLÓN

Nos jodieron como alemanes


Era 1974. No sé si hacía frío, si hacía calor, o si no hacía nada. Qué importa. Era 15 de mayo. Hasta esa fecha, en el mundo habían pasado muchas cosas ese año. No sé cuántas. No conté. Otras muchas, simultáneamente, habían dejado de pasar. Pero incluso esas que no habían ocurrido, estaban pasando. Hostia si estaban pasando. De entrada, ese año yo todavía estaba muerto. Pero estaba. Nacería antes de un año. No tiene gran importancia. Cuando lo hiciese, oiría hablar a lo largo de los años, incluso después de muerto, cientos de veces de esa noche, de ese partido, de esa alineación –Reina, Heredia, Eusebio, Capón, Adelardo, Luis Aragonés, Irureta, Ufarte (Becerra), Gárate y Salcedo (Alberto)– de esa tristeza en la que todo se fundió por culpa de unos alemanes. Todo fue tan duro, tan frustrante, tan desgarrador, que el latigazo de Georg Schwarzebeck, con el que el Bayer de Munich nos arrebató la Copa de Europa a treinta segundos del final de la prórroga, marcó a todas las generaciones atléticas que estaban por venir. Nacimos con el estigma. Nacimos pupas. Ese gol, que contrarrestó el de Luis Aragonés en el minuto 113, y que obligó a un partido de desempate donde los alemanes nos jodieron como alemanes, fue en alguna medida también el día de mi muerte. Pero voy tirando.

                                 
                                     



JAVI MARTÍN


La señal de televisión se cortó y yo me perdí el segundo gallo más famoso de José Ángel de la Casa (el primero, claro, fue en el gol de Señor contra Malta). España y Alemania llevaban un rato jugando a toma tú el balón que a mí me da la risa, confiados en que el empate sin goles clasificaba a ambos. Sucedió entonces que marcó Portugal en el otro partido del grupo, jugado simultáneamente, y entonces el empate ya no les valía a los chicos de Miguel Muñoz. España tenía apenas nueve minutos para apelar a la heróica. Todo muy nuestro, la furia y tal, qué tiempos.

Fue entonces cuando se perdió la imagen del televisor. En aquellos tiempos no era inusual que las retransmisiones deportivas sufrieran ese tipo de interrupciones. Por suerte existían los transistores. Recuerdo que mi madre sacó una de esos pequeños aparatos de radio con antena telescópica que se escuchaban tirando a muy mal. Gracias a Radio Nacional nos enteramos del gol de Maceda, cuando ya todo parecía perdido.

Al día siguiente TVE repitió la segunda parte completa. Entonces sí, pudimos ver el centro de Señor y a Maceda atacando el balón con la cabeza como si le propinara un directo a la mandíbula de Schumacher. También escuchamos la voz rota de José Ángel de la Casa, que nunca más volvió a perder la compostura. Era junio de 1984 y yo era un crío que estaba a punto de ver a España subcampeona de Europa.





CHIQUI PALOMARES


Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella noche remota en la que su padre le habló del gol de Juanito.

Por aquel entonces no teníamos ni idea de lo que era el señorío y pensábamos que lo que distinguía al Madrid era que nunca se rendía por desesperada que fuera la situación, tozudo hasta el último aliento en busca de la heroicidad. Era un Madrid que aún no se había encontrado ninguna empresa imposible, para el que no había puertas cerradas; y si había puertas, las derribaba.

Vivías un Madrid con Héctor del Mar gritando “Cómo te queremos, Santillana, cómo te queremos”, escalofríos y adrenalina por las remontadas, y el noventa minuti en el Bernabéu son molto longui y la fe irreductible del madridismo, y Camacho con la mirada del fanático en su cabeza de león, y el creer que todo era posible mientras quedara un minuto en juego. 

Era un Madrid, en fin, que necesitaba remontar un 5 a 1 al Borussia para pasar de ronda en la UEFA. Un Madrid que a falta de dos minutos para el final ganaba 3 a 0. El equipo agonizaba atacando, un velo de sangre en la mirada, y el Bernabéu bramaba. Y entonces Camacho saca de banda, frenético, Valdano la prolonga, el disparo de Míchel rebota en el portero y Santillana la persigue, tropezándose, cayéndose, apretando los dientes con eso que antes llamábamos raza o casta y ahora diríamos gen competitivo, y a trompicones acaba marcando gol. El Bernabéu se derrumba, cada jugador corre enloquecido hacia un lado, algunos hacen una piña en torno a Santillana.

Un minuto más tarde Juanito es sustituido por Martín Vázquez. Camino de la banda va saltando de alegría. No he visto nunca a nadie tan feliz, tan niño que ha cumplido un sueño. 

Juanito no marcó ningún gol aquel partido, no, aunque dio dos asistencias (una de ellas un saque de falta con el exterior del pie para que Valdano hiciera el segundo), pero ese último gol de Santillana era en realidad el gol de Juanito, el gol que demostraba una vez más que todo era posible en aquel Madrid épico.



Años más tarde nos encontramos con el Milán, el gol de Van Basten de cabeza desde fuera del área en el Bernabéu, y luego la demolición en San Siro. De aquella noche infausta recuerdo cómo el Madrid, conmovedoramente, trataba de atacar incluso perdiendo 3-0, vapuleado, como Paul Newman en La leyenda del indomable, levantándose con orgullo una vez más, y cómo cayó el cuarto y el quinto. La impotencia. El querer que se acabe el partido, por Dios. Yo tenía 14 años y era la primera vez que veía en mi vida que había puertas que no se podían derribar. Tenía 14 años y ya era un nostálgico de los tiempos de Santillana, Stielike y Camacho. Y de Juanito. 




CARY GOOPER


Nos veo volver, con la calma que pedalea la chica de la bicicleta en El Sur, al mismo campo desdibujado, a ese polvo rojizo que se pega para siempre a las suelas como dicen que permanece en la piel la tierra roja de África. Uno está condenado a recordar las briznas de hierba que lo preñan tímidamente, como aquellas pecas que tampoco vas a olvidar, y a intentar esquivarlas con estilo durante toda la vida; “un campo es todos los campos” habría dicho Borges de no haber estado su madre tan buena.

No sé cuántos días estuvimos intentado imitar ese gol, cuántas horas le rebañamos a la penumbra (el indio Joe de nuestra picaresca inocente) sin hambre ni frío, obsesionados con repetirlo a nuestra modesta escala.

Christian Vieri corre tras uno de esos pases largos tan de mediocentro del Atleti (esos que Torres perseguía incansable como un crío espanta y hostiga a las palomas), con zancadas rigurosas de cazador, sediento e implacable. El portero del Paok llega con ventaja y altivez de madre confiada, pero Vieri sigue, el mentón de general cartaginés siempre alzado, siempre digno; y al borde del precipicio en ese punto en el que vacío hiela las entrañas lo atrapa frenando con todo el cuerpo fuera del campo. Como en un mal arrebato de LSD el tiempo se ralentiza a esa velocidad y el cerebro no puede procesar lo que está ocurriendo; pero el mismo gladiador que ha cargado con el brío de la torre impetuosa se queda inmóvil sobre la cuerda floja y en un equilibrio imposible de artista circense la cruza con la elegancia del aristocrático alfil en una parábola gloriosa que curva el espacio-tiempo para acabar en la red. 



Y ahí estaba celebrándolo sonriente el hombre que nunca sonreía, quizás sin comprender aún lo que acababa de ocurrir, y nosotros, con nuestras botas de colores Joma como una caja de lapiceros Alpino sin afilar, intentaríamos que los límites del campo se doblegaran ante nuestra voluntad con la misma reverencia mística, sin saber aún que las aguas del mar Rojo solo se abren para los elegidos. 

Aquel día vimos; y ya nunca tuvimos que volver a creer.




Avances ha tenido la tecnología pero uno de ellos rara vez tendrá solución, y es que la velocidad a la que se transmiten los datos no puede ser simultánea, hay un ligero retraso de apenas un segundo. Esto no sería un problema en ningún lugar del mundo siempre que no vivas al lado de un estadio abarrotado por casi 30.000 diablos enfurecidos, luchando por la supervivencia a pesar de una y otra y otra derrota. 

En una de esas últimas jornadas dramáticas, el Málaga recibía al Real Madrid de Pellegrini. Una maquinaria industrial de lograr la victoria contra un campesino que apenas podía arrancar algunos empates. Pero los milagros existen y todo el arrojo del que no habíamos tenido noticias en la temporada apareció tras un taconazo de Caicedo, dejando a Duda en el mano a mano con Casillas. Y he ahí el silencio de 30.000 diablos enfurecidos, cogiendo aire para gritar gol con todas sus fuerzas, tantas como para escapar del mismísimo infierno. Aquel grito nos llegó a casa antes que la imagen. Abuelo, padre e hijo volvieron por unos segundos al estadio al que ya no podían volver los tres juntos. Una de esas cosas que te quita la vida pero que, en contados momentos, te ofrece una tregua que dura unos pocos segundos. Suficientes para vivir eternamente en una memoria.


1 comentario:

  1. El gol de Higuaín del que habla Holden Caufield:

    http://www.youtube.com/watch?v=AqjMuhGNWsU

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