lunes, 11 de marzo de 2013

Somos los goles que hemos vivido (IX)

GUILLE ORTIZ 

Llegué a casa de mi primo con 1-0. Los que recuerdan ese partido se dividen entre los que lo vieron ya empezado, con el gol de Essien solo disponible en las repeticiones, y los que lo vieron desde el principio, 0-0 en la eliminatoria, pensamientos de “bueno, no pasa nada, de todas maneras hay que meter un gol y un gol seguro que metemos”.

De alguna manera, yo estaba en los dos bandos y en ninguno. Me explico: llegué a casa de mi primo –él sí tenía Canal Plus- con 1-0 pero en realidad el gol lo vi en directo, barrio de Ciudad Lineal, a la salida de mi trabajo en la Escuela Oficial de Idiomas. Era un típico bar madrileño, lo que aquí se llama “un bar de viejos” y el pepinazo del Chelsea había sido recibido con el correspondiente entusiasmo entre banderines y posters del Real Madrid. Cuando vi aquello mi pensamiento no fue “ahora les van a caer tres” sino, como buen culé, algo más parecido a “Oh, dios mío, dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Carlos Martínez y Michael Robinson insistían en lo injusto del marcador y los minutos pasaban. Todos coincidimos en recordar que los minutos pasaban y que sí, el marcador sería muy injusto pero el Barcelona no tiraba a puerta. Todas las jugadas acababan en la banda derecha, desde la que Alves tiraba un centro bombeado a ver si las torres del equipo –Messi y Eto´o- remataban con comodidad. El ya mítico Ovrebo entró en ese modo “random”que acompaña a muchos arbitrajes europeos: ese momento en el que sabes que cualquier cosa es posible, que cualquier contacto puede ser falta o no serlo, que el saque de banda se le puede dar a cualquier equipo, que las tarjetas se reparten al azar.

Al Chelsea le birló unos cuantos penaltis y a Abidal le expulsó por apartarse de una jugada.

Diez contra once aquello parecía imposible. Es curioso que el Barcelona haya tenido tantísimos problemas jugando once contra diez –Inter 2010, Chelsea 2012- y sin embargo su mayor proeza en Champions en la era Guardiola la consiguiera con un jugador menos. Eran los tiempos de gloria de Drogba, incluso de Anelka. El Chelsea, ya sin Mourinho, con Hiddink de sustituto temporal intentando impostar un carácter que no le correspondía, estaba cada vez más cerca del segundo y el Barcelona se resignaba a su suerte. No hay más que oír las grabaciones de ese minuto 92, el tono lánguido de todos menos de Carlos Martínez, que seguía creyendo en el milagro.
                                             
                                        

El pesimismo en RAC1, el pesimismo en Catalunya Radio, la tristeza irremediable del sueño que se escapa entre los dedos. El Barça acababa de marcar seis goles en el Bernabéu y era incapaz de marcar uno en Stamford Bridge. El balón, como por inercia, acaba de nuevo en ese pozo sin fondo que es la banda derecha de Alves, quien, para variar, se lo quita de encima en un centro imposible al punto de penalti, solo que esta vez el defensa del Chelsea –sus jugadores también están de los nervios, cualquiera que tenga una final de Champions a tres minutos tiene que estar de los nervios- peina mal el balón y llega a Eto´o cerca del área. El camerunés no se la espera y controla mal, muy mal, perdiendo el balón, pero Essien pifia de nuevo el despeje, casi no toca la pelota y la deja a pies de Messi, que ha caído al perfil izquierdo, un poco al mogollón.

Messi, que aún no ha ganado cuatro balones de oro, de hecho ni siquiera ha ganado uno, tiene dudas y se mete dentro del área; cuando ve que le cierran tres jugadores azules hace algo tan sencillo y poco desesperado como dar un pase atrás para Iniesta.

El resto es historia.

Lo que vino después lo sé por las imágenes mil veces repetidas. Yo lo que recuerdo es mi propio grito de “Gol” hasta casi el desmayo, un grito de rabia, de “me lo merezco”, que diría Michel en el Mundial de 1990. Mi vida no era precisamente la leche y cuando tu vida no es la leche lo más que puedes hacer es confiar en que tu equipo te la mejore. Una vida en manos de Dani Alves, esa era mi circunstancia en mayo de 2009. De ahí el grito, de ahí las lágrimas absurdas, porque anda que no habrá motivos para llorar como para hacerlo por un gol en el descuento.

Guardiola corría sin sentido, como si quisiera abrazarse a sus jugadores, pero en seguida alguien -¿Tito?- le dijo que ya podía ir haciendo un cambio que protegiera un poco la defensa para los minutos que quedaban, que aún eran dos. Dio igual, Carlos Martínez logró convencer a Ovrebo de que lo justo era ganar tirando solo una vez a puerta y a mí me pareció estupendo, por supuesto. No tanto a Drogba. Al acabar el partido gritó al árbitro y luego a la cámara: “It´s a fucking disgrace”. Probablemente lo fuera. Probablemente, cada año el campeón tiene que pasar por una vergüenza de este tipo. Fútbol es fútbol. Al día siguiente, en clase, envalentonado, les expliqué a mis muy madridistas alumnos qué demonios significaba lo que gritaba aquel marfileño.



JUANAN SALMERÓN

Siempre fui un chaval nervioso, todavía lo sigo siendo la verdad. Ante cualquier momento más o menos importante me entra el gusanillo en la barriga y no hay manera de que salga. Por aquél entonces no podía ser menos, no siempre te juegas unas semifinales de Champions ante el máximo rival.
Me levanté la mañana del día antes del partido y yo ya notaba que el evento se acercaba, lo notaba en mi barriga. Lo notaba tanto que no para de dolerme, tanto que no había manera de mantenerme erguido. El gusanillo consiguió que esa mañana no fuese al colegio y pasase una de las peores mañanas que recuerdo. Andaba yo tan dolorido que no hubo más remedio que ir al médico, y antes de que me diese tiempo a explicarle mi teoría sobre “el gusanillo y los eventos”, me diagnosticó una apendicitis grave. Terminé ingresado de urgencias esa noche y operado a la mañana siguiente.

No me quedó otra que ver el partido ingresado, con una vía en el brazo y ocho grapas donde antes estaba mi apéndice. Dada mi penosa situación y echando la vista atrás, se agradece que, más allá de la emoción, fuese un partido más bien soso, sin demasiadas oportunidades. 

Os daré la explicación: cuando Raúl controló de espaldas, yo me incorporé con el consiguiente dolor; cuando el pase llegó a Zidane levanté el brazo de la vía; y cuando, Zinedine, con esa maestría que le caracterizaba, picó el balón por encima de Bonano, lo celebré con tanta alegría que la sangre brotó, literalmente, del brazo. 


Ese gol supuso la posterior eliminación del Barcelona y un susto de muerte al ver toda mi cama llena de sangre. Llegué a pensar que me moría antes de que terminara el partido (eso sí, bastante feliz). El final es por todos conocidos: sobreviví, el partido continuó y McManaman metió el segundo. Pero yo ya no pude celebrarlo: entre el susto y que la enfermera me lo tenía prohibido, no fue lo mismo. Al fin y al cabo, siempre fui muy aprensivo, muy madridista y muy fan de Zinedine.



ABEL ROJAS

Probablemente todo comenzó en algún domingo de hace 11 años, cuando yo tenía 14. En una de estas veces que el partido del Plus no me entusiasmaba demasiado y coincidía en horario con el Brasileirao, que por entonces me seducía mucho, como la Liga argentina y la Copa Libertadores. Jugaría el Santos, tendría ganas de ver a Diego, el Riquelme de Brasil, y me encontré con Robinho. Robinho condicionó mi manera de ver el fútbol. Intuí ver en él este juego de manera tan pura y emocionante que pasé a valorar aquéllo que él tenía más que a cualquier otra cosa ligada a este deporte. Y a desear su triunfo, para legitimar mi gusto. Tras 8 años de rotundo fracaso mediático y continuada seducción a mi propio ser, llegó el Mundial negro, y Robinho lo iba a disputar como la gran estrella de la Canarinha. Dunga había sido el único entrenador que había apostado por él como piedra angular, y había ganado la Copa América de 2007, y la Confederaciones de 2009. A eso me agarraba, a que una Brasil campeona del mundo testificaría que Robinho era el camino verdadero, algo que a esas alturas no me creía ni yo.

Pero Brasil comenzó siendo el equipo del torneo. Áspero, defensivo, duro... pero competitivo y ganador. E iba de muy bien a más. Tras la exhibición contra la colorida Chile en Octavos, con un Robinho interestelar, soñé. Tras la primera parte contra Holanda, un tratado de cómo jugar, lo vi casi hecho. Y entonces, Felipe Melo le marcó un gol en propia meta al mejor portero del mundo. Fue una falta botada por Sneijder, sin demasiado peligro de no ser por la calidad de Wesley, y que entró creo que con algo de fortuna. Era la primera vez en 4 años que a Brasil le pasaba algo malo. La presión del país que no perdona cayó en la espalda de la Pentacampeona, y su hombre clave, Robinho, ni apareció. Horas más tarde África lloraba la eliminación de su último superviviente, tras la parada de Luis Suárez y la tanda de penaltis que metió a Uruguay en semifinales. Recuerdo aquel día como el más duro que he vivido como aficionado estricto a este juego. Y como el que cambió mi manera de mirarlo. Me siguen gustando las mismas cosas, pero, como embrión de analista, modifiqué mi escala de valores. Felipe Melo fue mi primer contacto con la realidad.



IÑIGO ARZA

Mi primer recuerdo fue entrar al campo y ver muchas caras desconocidas. Eso, habitual para la mayoría, para un club tan familiar como el nuestro era todo un triunfo. Podríamos ser casi 1.000 personas, prácticamente el récord en los 66 años de historia del equipo. No tenemos tornos ni nada parecido para llevar la cuenta, pero aquel señor mayor, llorando de emoción sin que ni siquiera el partido hubiese empezado, era suficiente para saber lo que estábamos viviendo.

El problema de ponerse metas es el después. Aquel gol lo significó todo, y precisamente por ello, después de él quedó la nada. Cuando vimos el remate todos nosotros enloquecimos porque, primero, en el fútbol siempre se habla en plural mayestático, y segundo, sabíamos que Jimmy nunca, nunca, nunca nos fallaría. Y después de enloquecer, lanzamos papeles al campo, y lo invadimos, y el árbitro ya había pitado el final pero no nos enterábamos por el ruido (de fondo) que había. Nosotros, siempre nosotros. Y después lo celebramos con los jugadores, porque somos nosotros, estamos en el mismo barco, al menos hasta que ellos aborden otro con mayores riquezas, y salimos por la noche, vaya que si salimos, y cerramos las bares, incluso abrimos alguno. Nosotros. Pero llegó el momento, desperté, y el nosotros ya no estaba allí, solo había un hermoso y merecido premio en forma de resaca.

Habíamos soñado tanto, tanto, tanto, con la permanencia, que estaba a cien millas de la realidad. Cuando la salvación llegó, nosotros esperábamos otra cosa, como por ejemplo, que ese momento durase para siempre. Otro año en Tercera, genial. ¿Y ahora? El gol es el orgasmo del fútbol, ese orgasmo convertido en hecho social y colectivo (aún más colectivo quiero decir). Pero como con el orgasmo, con el tiempo uno aprende que es una pasada, sí, pero que lo importante, lo verdaderamente importante, es el camino y con quién eliges hacerlo, lo que se aprende, comparte y disfruta en ese trayecto. Y por supuesto, lo que nos queda por delante.



No sé por qué, a ellos no pareció interesarles demasiado.

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