jueves, 30 de mayo de 2013

Grey

Era la noche más hermosa que había visto en su vida y Grey estaba tumbada en su cama. Sabía que no debía haberlo hecho, pero ya no había vuelta atrás. Miró por la ventana. La línea del cielo se entremezclaba con la olas del mar de tal manera que creía estar en un mundo en el que no existía el horizonte. Las nubes, de color grisáceo, anunciaban la tormenta que estaba a punto de caer y una blanca paloma acomodaba a sus pichones en un nido que, durante toda la estación, había ido construyendo rama por rama, hoja por hoja, como si en ello le fuera la vida. Ver ese ave, gris como el cielo, le recordó lo que había hecho.

Hacía solo dos días de aquello, pero ahora se daba cuenta de que había sido siempre una persona gris y lloró. Lloró por ella, por el detective y por Michael, y supo que debería volver a empezar. Sin embargo, había algo que se lo impedía y ese algo era ella misma.

“El amor es algo bonito, profundo, es la fuente de felicidad de muchas personas”, pensó. Ella lo había sentido, se había enamorado. Durante dos años creyó ser la persona más feliz del universo hasta que un día todo cambió. “Todo es mentira”, pensó. “El amor. Todo lo que nos han contado de él desde que somos pequeños es la mayor mentira del universo. Y todos los escritores, poetas, cineastas, artistas que han dedicado su vida a retratarlo son sus cómplices”.

Michael lo había sido todo en su vida. Creyó que le amaba más que a sí misma y también creyó que era feliz con él. Hasta que un día, vio reflejada en el espejo de la habitación a una chica en el suelo, llorando y con múltiples moratones por todo el cuerpo. Esa chica era Grey.

Alienada como estaba, no pudo evitar fijarse en el detective que un día se presentó amablemente en su casa. De igual manera, no pudo evitar invitarle a pasar y tomar una limonada. Se negó a sí misma las mariposas en el estómago que sintió cuando le vio en el supermercado al día siguiente y le dio su número de teléfono. Sin saberlo, se embarcó en un laberinto de pasiones con un hombre que la hacia sentirse mujer. Grey tenía un amante. Deseaba dejarlo todo e irse con el detective, pero sabía que Michael no lo aceptaría. Lo que ella no sabía era que el detective y la muerte estaban ligados.

La muerte de Michael salió en todos los titulares y fue considerada un accidente doméstico. Grey era libre, pero no podía quitarse de la cabeza lo que había hecho. Cuando colocó aquella bola de bolos en lo alto del armario a sabiendas de que se le caería encima de manera letal, sintió una amarga sensación a lo largo de su cuerpo. No obstante, la dejó ahí.

Cuando aquella bola cayó sobre la cabeza de Michael provocándole un traumatismo irreversible, no pudo más que alegrarse y, aunque simulaba que sus sonrisas eran a causa de los recuerdos del pasado, simbolizaban el sabor de la venganza que recorría sus venas.

Esa misma tarde, quedó con el detective. Él, con solo ver su cara, supo la verdad. Y ella también. Fue en ese momento en el que se dio cuenta de que su vida era una mancha gris en el universo, ese color siempre la había acompañado:su uniforme de colegiala, la fachada de la casa de sus padres, el tiempo de su Irlanda natal, su ropa, su vida...y también ella


                                                                                                                                PGM

No hay comentarios:

Publicar un comentario