sábado, 27 de julio de 2013

Somos los goles que hemos vivido (X)


No todos los goles importantes conllevan la celebración de un título o un pase a la siguiente ronda. Hay casos en los que sirven de principio dogmático, prólogo del ideal de un colectivo. Es por ello que decidí escoger un gol de Fernando Torres, de Cesc y, sobretodo, Puyol. Corría el mes de junio del año 2006. El Barcelona de Ronaldinho se había coronado recientemente el mejor equipo del viejo continente, secundado por un Sevilla que atravesaba la mejor época de su historia. España, como el resto del mundo, vivía pendiente del gran acontecimiento del año: el Mundial de Alemania 2006. Esperanzados como dictan los cánones, a la vez de temerosos y escépticos, mientras veíamos el debut de las grandes selecciones, España aguardaba su debut frente a Ucrania. En cuestión de días, nos levantamos y comenzamos a creer. “¿Y si esta vez toca?”, cuestionaron algunos. “Ahora o nunca”, afirmaron otros. Tan sólo la anfitriona mostró una fortaleza acorde con el número de estrellas que rodean su escudo. Argentina, Brasil, Italia o Francia no convencieron del modo que se esperaba. En mi interior supe que se trataba de una tendencia que se cumplía rigurosamente: “ganar, ganar y volver a ganar”, diría Luis Aragonés. “El medio no es lo más importante”.

No siempre se ha buscado el control y la posesión del balón como vía para alcanzar la grandeza. Es decir, elegir el camino más difícil resulta después más gratificante. Por aquel entonces, el triunfo era sinónimo del camino sin complicaciones, sobrio, sin alardes. Lo importante era la eficacia, no la eficiencia. Ser competitivos como la Brasil de Scolari, campeona del Mundo en 2002. El Milan de Ancelotti y el Porto de Mourinho, campeones de Champions y UEFA en 2003. El propio Porto y el Valencia de Benítez, en 2004. La guinda, el trono dorado de Grecia en la Eurocopa del mismo año. En 2005, Liverpool (con Benítez) y el CSKA Moscú de Gazzaev. En 2006, la hegemonía parecía tener fin gracias a las victorias de Barcelona y Sevilla. Italia salió campeona del Mundial y mi teoría se confirmaba, aunque estaba convencido de que sería el último brote y la semilla plantada apenas un mes antes daría sus frutos a muy corto plazo. 

El partido del debut de España ante Ucrania se disputó un 14 junio bajo el sol incesante de Leipzig y se resolvió muy pronto, merced al tempranero tanto de Xabi Alonso. Villa, en dos ocasiones, y Torres acabaron por sentenciar. La alegría se desató en cada uno y nos reafirmamos en la posibilidad de hacer algo grande en una cita de tanta repercusión. Sobretodo tras el cuarto, el de Fernando Torres, el de la casta de Puyol, de Tarzán y el pundonor, la garra del tiburón, el espíritu colectivo. Un robo en el centro del campo por anticipación, atento a todos los detalles, leyendo cada intención de pase de los ucranianos. De repente, un giro de 360º más picaresco que romántico. Algo me recorrió el estómago, sensaciones emocionantes, un cosquilleo embriagador. El mundo se silenció de golpe. Levantándome paulatinamente sin creerme lo visto, me llevo las manos a la cabeza en señal de estupor, mientras una sonrisa cómplice se dibujaba en mi cara. Puyol continúa y corre ofreciendo una alternativa. Torres consigue asociarse con Cesc, quien sabe de la presencia del defensor y le busca. Así, en el momento decisivo de la acción, ‘Tarzán’ devuelve picado el balón con la cabeza hacia el suelo, durmiendo la jugada, parando el tiempo y permitiendo la llegada de Fernando. Éste empaló de primeras ante la oposición del central ucraniano. En ese instante, fuera gol o no, supe que la selección empezaba a transmitir un aroma diferente, exclusivo, más erudito que de costumbre. Una jugada precedida de una recuperación en centro del campo, incluida la ruleta, y una triangulación precisa aun poco ortodoxa. Bien casualidad bien el destino, el Zentralstadion había sido testigo del monumental gesto de un central único e incansable.




España tenía mucho más talento del que pensábamos y ellos lo sabían. No estaban todos pero sí la columna vertebral: Casillas, Ramos, Puyol, Cesc, Xavi, Iniesta, Alonso, Villa y Torres. Ese gol no valió una clasificación, una Eurocopa o un Mundial. Francia nos daría después una lección de humildad pero ese gol significó para mí mucho más: fue el principio del capítulo más brillante de la selección española. El inicio de un equipo de campeones. El resto de la historia ya la conocen. Recordemos de dónde venimos para disfrutar donde estamos. 






Si me preguntan cuál es el gol más feliz que vivido, no lo dudo: Iniesta, en aquel mágico 116, dejó su impronta para nuestro recuerdo por los siglos de los siglos. Sin embargo los momentos de felicidad son cada vez más escasos y las penas no se olvidan tan fácilmente como uno intenta demostrar. Quizás por eso me viene a la cabeza un gol en contra. Uno de esos que acarrea sufrimiento y dolor en un partido con solo tres puntos en juego. Esto va de un equipo humilde, en su casa y a punto de hacer la machada frente a un grande.

Siempre hemos sido más de perder que de ganar y mi querido Logroñés, aquel equipo que me enseñó a amar y odiar el fútbol a partes iguales, no fue sino exactamente eso. Menos mal que nací en una ciudad pequeña.

Las imágenes en mi cabeza son borrosas y eso que en aquel partido no había bebido. Tenía siete años. El Logroñés estaba en Primera. Iba al fútbol con mi padre y mi única preocupación era ser como ‘el panzer’ Manel. Ni siquiera había empezado a descubrir mi cuerpo. El Barça de Ronaldo, Guardiola, Figo y compañía visitaba Las Gaunas. Pasaba el minuto 80 y el partido iba 0-0. Los teníamos. Los tuvimos. Entre mis recuerdos hay un balón flotando por el aire y una cantada de Aizkorreta como un castillo. Cabezazo de Amunike y a la buchaca. 0-1. Ese sería el único gol que el nigeriano metería en toda su carrera con el Barça. Sí señor, hace falta tenerlos cuadrados. No pudo ser otro. Caras largas en la vuelta a casa.

Aquella temporada el Logroñés terminó bajando. Últimos y dando pena. Nuestro paso por la Liga de las Estrellas se acabó y nunca ha vuelto a la ciudad. Quizás nos lo merecíamos. El Barça podía habernos metido una docena pero Amunike nunca tuvo que haber enchufado ese gol. 


PD: Ha sido misión imposible encontrar una foto o vídeo de Amunike en movimiento.







Mutiu le devolvió una piedra y con ademán burócrata, de infame rutina, decidió decidir. Estaba cansado. “Cuando acabe esto me arrodillaré”, pensó tras el primer control, orientado, adjetivo alejado ya de su vida fuera del césped. Pudo haber detenido el tiempo, como en el Bernabéu dos años antes, pero no quiso, optó por acelerarlo. Esa tarde me encontraba sentado en la grada de la imagen que ofrecía la señal de televisión, con la portería de Juanjo Valencia a la derecha, junto a mi padre, disfrutando del alboroto de las tribunas; sin embargo, en los recuerdos tan solo aparece un silencio sepulcral; ni un grito, ni un murmullo, y recordando me doy cuenta de que el reloj no estaba parado, estaba centrifugando. Agachando la cabeza, luciendo ante 40.000 personas su aerodinámica joroba, explotó sobre las medias caídas, las botas con los cordones apretados a medias, con desgana, convirtiendo tópicos en realidades irrebatibles. Ocurrió en la tarde del 2 de enero de 1994, siete meses después de su llegada al Racing, a Santander, pero hay en ese primer regate una de una de las más perfectas descripciones de su carrera. Naturalidad, control medido aún con la espinilla, descreimiento, nihilismo. Es Radchenko el I wanna be your boyfriend de los Ramones, fútbol naïf de guitarra punk; de Leningrado, de 1970, crecido junto al Nevá, brillante a orillas del Moskva, David Carradine en Kill Bill durante los 24 meses que vivió en Santander.


Arrancó en paralelo a la línea del centro del campo, en libertad, con el Muro derruido, McDonalds en Moscú y la cabellera taleguera golpeando sus orejas. Dio la espalda a Super Nintendo, Viña Alcorta y Fortuna y se encontró con el primer obstáculo. Estaba solo, como casi siempre, y se olvidó de su alrededor. Por contra, regresó a su pragmática realidad, la que le obligaba a ver el mundo desde ese prisma de incomprendido, impostado para muchos, de Gran Lebowski con camisas feas. De sus piernas de bambú emergió la orden que permitió girar a su tobillo para cambiar el rumbo de la pelota y acomodarse a lo que su cuerpo había realizado una milésima de segundo antes. Era exactamente para eso para lo que había llegado a esta parte de Europa. Antes se habían ido otros, Shmarov a Karlsruhe, Mostovoi a Lisboa y Shalimov a Foggia. El había elegido el norte de España, Santander, y aquella hierba que pisaba era la de San Mamés, un templo. 

Delantero falso, extremo torpe, mediapunta aburrido, siguió su camino hacia las redes. Otro tirabuzón de tobillos, otro en principio mal control pero que a la postre sería definitivo. Veinticinco centímetros de más que obligaron a Valencia a desperazarse, a abandonar el pequeño reducto del área sobre el que Quique Setién había extendido su magisterio minutos antes y así poder acercarse al ruso, aunque fuera para molestar. Sin ese trompicón estándar Radchenko habría definido con rigurosa ortodoxia, pero gracias a ese tropiezo se hizo la luz. Su bota derecha, Reebok, se introdujo como una cucharilla en un yogur para recoger el balón. También su pierna izquierda se levantó del suelo, en escorzo, como cuando caminaba en los entrenamientos, para acompañar el imprevisto movimiento. El balón se elevó con suavidad, pero no salió recto y realizó una curva huyendo de la plasticidad, enfrentándose a la estética. No hubo ni rastro de perfección, pero fue el gol perfecto. Y parte del estadio estalló, pero yo sólo recuerdo el silencio.









Era verano de 1993 y Romario aterrizaba en Barcelona. La ‘Ley Bosman’ aún no había irrumpido en el fútbol, por lo que el brasileño llegaba como cuarto extranjero a ‘Can Barça’ para disputarse una de las tres plazas de foráneo con Stoichkov, Koeman y Laudrup, asentados como pilares básicos de un ‘Dream Team’ que asombraba a Europa. Entre los aficionados y en el mismo vestuario nadie dudaba de que Romario debería esperar su oportunidad si quería hacerse hueco entre semejantes miuras.

5 de septiembre de 1993. Primera jornada de Liga. Camp Nou, FC Barcelona-Real Sociedad. Johan Cruyff ante la sorpresa de todos manda a Koeman al banquillo y hace titular a Romario. Con 0-0 en el marcador, Romario burla el fuera de juego y tira un desmarque que Guardiola interpreta como nadie. El de Santpedor manda por arriba un balón a la espalda de la defensa y deja solo a Romario, que fuera del área controla con el pecho, y lejos de acercarse al marco lanza una vaselina perfecta con la base del pie, fuera del alcance del meta de la Real Sociedad, Alberto. Imposible mayor hermosura en la aparente simpleza. 

El Barça acabaría venciendo 3-0 con dos goles más de Romario que desde el primer día había dejado huella en la afición, y en los ojos de un chaval de ocho años que quedó enganchado al fútbol para siempre.



             






Recuerdo que esa tarde había salido con un amigo a recaudar donativos durante el Domund -los que estudiasteis en colegios de monjas en los noventa, si es que habéis sobrevivido, sabréis de qué hablo-. Llevábamos un par de horas deambulando sin rumbo fijo, asaltando viejecillas a punta de hucha, colocando pegatinas a los más generosos, y el cansancio ya comenzaba a hacer mella en nuestro ánimo. De pronto, divisé a lo lejos una figura conocida. Me despegué de mi compañero de aventura y me acerqué corriendo a ella por la espalda. De cerca, me impresionó todavía más, acostumbrado como estaba a verlo desde mi asiento en el estadio o por la tele. “Romano, ¿nos das algo para el Domund?”. Estúpido de mí, tenía ante mis ojos a uno de mis ídolos de infancia y lo primero que hizo fue pedirle dinero. El gladiador de ébano, 182 centímetros de músculo, me sonrió, me acarició paternalmente el cabello y me dio, ni más ni menos, 200 pesetas. Entiéndase: después de todas una tarde recibiendo monedas de 5 o 10 pesetas (25 los más osados), su dispendio nos dejó con la boca abierta. “¡Gracias!”, articulé asombrado. Y se fue.

Semanas después, en Riazor , con el Compostela obligado a ganar para mantener la categoría, Romano Sion protagonizó uno de los mayores recitales individuales que he podido disfrutar en directo. Tres goles, uno de ellos de una belleza imponderable, y dos asistencias, gestaron el mágico 2-6 (qué me gusta a mí un 2-6) que permitió a mi equipo permanecer un año más en Primera División. La obra de arte, que no había vuelto a ver desde aquel feliz 1998 (tenía yo 12 años), vuelve a mí estos días gracias a Youtube. Lucha, control, regate con caño, recorte y disparo con la zurda a la escuadra que defendía el portero.

Quizá, la situación y el escenario no derrochen el glamour que se requiere en recopilaciones de goles míticos como esta para la que escribo, pero sin duda el zurdazo de Sion en Riazor dejó en mí un poso que jamás olvidaré. Como las 200 pesetas y la sonrisa que me alegraron el día aquella fría tarde de noviembre en Compostela.

                            
                                     

1 comentario:

  1. El gol de Sion, no fue en Riazor sino en Balaídos, en un 3-3 contra el Ceta (con penalti injusto para el Celta en el minuto 89).

    Y de hecho el Compostela ese año no se salvaría, acabaría descendiendo en la promoción frente al Villarreal

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