lunes, 29 de julio de 2013

Somos los goles que hemos vivido (XI)

Aquí el resto


Javier Salas

El minuto 51 no es un minuto determinante: ni de esos que llaman psicológicos, ni de los que marcan el rumbo del partido, ni de los que atan resultados. Sin embargo, cuando el fútbol vuelve a ser el caos del patio del colegio, hasta el tiempo corre sin sentido de un lado a otro tras la bola. Y aquella vez, en 1997, el minuto 51 se convirtió en el minuto clave. El minuto decisivo menos decisivo.

En el 51, Milinko Pantic había marcado el cuarto gol del Atleti, su cuarto gol de la noche. Cuatro goles en el Camp Nou, ante el Barça. En ese momento, vemos en la mirada de Pantic que está imaginando las portadas del día siguiente. Su cara, su sonrisa, sus goles, “titánico”, “killer”, “bestia negra”, su nombre en amarillo sobre el verde césped de las fotos. Cargado de talento, Pantic no parecía un deportista de élite, sino uno de esos eslavos que en esos años empezaban a llenar los bares de viejo a la hora del menú con sus botas manchadas de mezcla para el cemento, con esos monos azules que al desgastarse en el tajo fueron inflando la burbuja del ladrillo. Y tenía el brillo en la mirada de esos obreros, melómanos y con carrera, que aceptaban humildes vivir de las migajas de la industria del cemento, ojeando mientras comen las letras amarillas de los periódicos deportivos de los bares de viejo. 

Segundos antes del minuto 51 de Pantic, se había cumplido el minuto 51 de Vítor Baía, un modelo que en lugar de posar y pasear optó por dedicarse a hacer pucheros bajo los palos. Mi hermana, mis primas y mis amigas soñaban con el portugués, de mandíbula perfecta, en calzoncillos. Pero yo no quería un tipo así para ellas, tan incapaz, tan inestable, tan llorica. Había regalado el balón a Caminero en un mal despeje, que de un toque lo entregó al obrero del este para que pusiera el cuarto ladrillo. Antes, en el primer gol, sus muñecas dejaron blandito el balón en el área chica para que el serbio diera comienzo a su gran noche. El maniquí lloró al acabar el partido, aterrado como un niño tras caerse y ver la cara de susto de sus padres.

Fue la noche de Pantic, que marcó cuatro goles en uno de los campos más importantes del mundo. Fue la noche de Baía, que hizo uno de los peores partidos que se recuerdan, y al que sus compañeros regalaron un 5-4 que le libró del linchamiento. Aunque hay quien dice que fue la noche de Stoichkov, que decidió sustituir a Robson al frente del banquillo, poniéndose a calentar junto a Pizzi, y metiendo a ambos en el campo antes del descanso, con un 0-3 en el marcador. Había salido con cuatro centrales el Barça (Abelardo, Blanc, Popescu y Couto, al final saldría Nadal) y terminó atacando con el séptimo de caballería más salvaje que recuerdan mis ojos: Guardiola, Figo, Luis Enrique, De la Peña, Ronaldo, Stoichkov y Pizzi. Ríanse del General Custer frente a un regimiento comandado por De la Peña, aquel calvo que provocaba murmullos, un runrún que se escuchaba incluso con el volumen de la tele apagado, y que en aquella eliminatoria mostró que su sociedad con Ronaldo pudiera haber sido la más provechosa de la historia del deporte junto a la que en esos mismos días ya formaban en Utah Stockton y Malone. 

La segunda parte fue un gran desmadre, parecía jugarse con varios balones a la vez en el campo, como en muchos patios de colegio obligados a compartir porterías entre varios cursos. El alboroto solía ser de tal calibre que incluso te perdías los goles de tu propio partido. Exactamente lo que ocurrió en el minuto 51. Todos nos perdimos el gol de Pantic, su mítico cuarto gol. Porque estábamos viendo el de Ronaldo un minuto antes para el Barça, que a esa misma hora se puso a jugar otro partido a la vez, en el mismo estadio, aprovechando las mismas porterías. Para arruinar la victoriosa noche de Pantic, para vencer en la ruinosa noche de Baía.




Uno desde pequeño siempre sueña con marcar gol. No es una mala forma, por tanto, comenzar jugando al fútbol sala. No es ya una cuestión técnica o táctica, sino de estar más cerca del gol. Todos nos merecemos marcar un gol alguna vez, ya sea en un estadio o en nuestra vida. De esta manera, como la mayoría, comencé a jugar en los patios del colegio de mi distrito. Fue una buena época. O, al menos, así la recuerdo yo. No era el punta titular, pero jugaba muchos minutos, metía unos cuantos goles y mi equipo siempre quedaba entre los tres primeros. Nunca he sido demasiado hábil con el balón, pero mi primer entrenador me puso ahí y supongo que tan mal no lo haría, pero es que no era lo mío. No es que no me lo pasase bien o no estuviera disfrutando, ni mucho menos, simplemente no era para mí. Es complicado de explicar.

El caso es que en una semana de entrenamiento más, desconozco por completo que edad tendría, supongo que 9 o 10, nuestro portero tenía que pasar fuera el fin de semana. Recuerdo perfectamente cómo se había hecho con ese puesto: llegamos todos el primer día de entrenamiento con 6 años, nos pusieron a cada uno un rato en la portería y, como si de un torneo eliminatorio se tratara, quedamos él y yo. Le eligieron a él, pero a mí no me molestó. No más que cuando un crío te gana a algo, vaya. La decisión además fue acertada y, desde ese momento, se convirtió en uno de nuestros mejores jugadores sin perderse ni un partido. Hasta ese día. El entrenador no tenía muy claro cómo sustituirlo e incluso se planteó llamar al portero de la categoría inferior, pero al final pidió candidatos y salimos tres. O cuatro. O cinco. No tengo ni idea.

Durante el primer entreno de la semana, nos probaron a varios y quedamos dos para ser los porteros del partidillo final entre nosotros. Creo que nunca he parado tanto. Recuerdo que todo el equipo quería que jugase yo. Lo tenía en el bote, pero hasta el viernes en el segundo entrenamiento no lo diría el entrenador. Sin embargo, ese día precisamente yo no podía ir. Tenía un cumpleaños de una chica… que a mí no me gustaba pero yo a ella sí. Como ha cambiado la historia. En fin, me tocó dejar encargado a un buen amigo para que me llamara en cuanto supiera la decisión del mister, mientras yo comía ganchitos y campeonaba al juego de las sillas manteniendo intacto mi orgullo varonil al ser el único chico de la fiesta. Cuando llegué a casa, recibí la llamada de mi amigo: era el elegido.

Esa noche debía dormir bien, irme a la cama temprano y levantarme con todas las fuerzas posibles para el madrugador partido. Sin embargo, me puse enfermo. Algo que comí, algo que bebí. Ni idea, pero fue por esa maldita fiesta de cumpleñaos. Pase una noche de perros. Vino el médico, me recetó algo y se despidió haciéndome llorar. No me dejaba ir al partido. Lloré, supliqué y patalee, pero no había nada que hacer. Me dolía algo, pero era lo de menos. Yo quería jugar ese partido. Quería parar. Quería demostrar que el día que eligieron a Miguel Angel como portero se equivocaron, aunque no se habían equivocado. Pero nada. A la mañana siguiente me volvió a llamar mi amigo, habían ganado y el que se puso de portero lo había bordado. Borja me robó mis paradas. Me robó los goles que yo debía robar. Me robó los goles que yo debía sacar de la portería.

Así supe mi posición en el campo. Luego combinaría baloncesto y fútbol11 como central-lateral, donde marqué mi único gol desde el centro del campo, pero yo quería lo que quería. Y así me pasé al fútbol sala con 13/14 años –siguiendo en baloncesto-, donde aprendí, me formé y recibí 15 goles del Boomerang en una de las categorías más altas de Madrid. Luego me lesioné en un choque rodilla contra rodilla, me pasé al ‘’fútbol de amigos’’ y desde entonces ahí sigo, queriendo parar y recibir los goles que ese día me prohibieron vivir.




Entonces sabía tan poco de fútbol que todavía pensaba que golpear la pelota con el hombro era sancionable incluso con varios años de prisión. Hasta ese momento, mi acercamiento al fútbol apenas había pasado por una retirada a tiempo del equipo de un pueblo cercano al mío, allí donde la única vez que jugamos en césped no fui convocado, o donde tardé tiempo en entender que si el entrenador me ponía a chutar lejos del grupo no era porque mis tiros rasos superaran con creces los balonazos del resto de la plantilla. Público sí fui, algunas veces, la mayoría en el fondo norte del estadio del Compostela. 

También allí hice gala de mi absoluto desconocimiento, quién sabe si escondía una profunda falta de interés, al gritar un sonoro "paquete" después de que todo el mundo hubiera ovacionado al defensa central Bellido al cántico de "Bellido, bota de oro". Recibí algún improperio, injusto en todo caso. Tan solo quería sentirme parte del grupo y si entoné aquella palabra fue porque creí que con lo de "bota de oro" la afición buscaba echarle en cara que apenas tocara el balón, por aquello de no joder una zapatería tan valiosa. Bellido, en realidad, había marcado un gol.

Pero no es del gol del zaguero bilbaíno del Compos del que quiero hablar, sino del tanto de un gallego el 7 de abril de 2004 en Riazor, A Coruña. Aquel acierto me enseñó que, además de no ser ilegal, acaso arriesgado, tocar la pelota con el hombro, lo importante no depende de lo ilustrado que sea uno en el deporte, sino apenas un tipo con intención de celebrar. Ese 7 de abril el Deportivo se enfrentaba al Milan de Carlo Ancelotti en la vuelta de los cuartos de final de la Copa de Europa después de un primer encuentro en San Siro en el que los milanistas vencieron al equipo de Javier Irureta cuatro goles a uno. La revancha se adivinaba improbable, así que el club gallego se puso a regalar entradas como si aquello fuera un amistoso. El ayuntamiento de mi pueblo recibió casi una treintena de invitaciones y, aunque haya olvidado el porqué, resulté agraciado con una de ellas. Las entradas, que nos repartieron justo antes de entrar en el estadio, nos situarían en una de las esquinas del, creo recordar, fondo norte, justo donde el futbolista de nombre común Francisco Javier González Pérez 'Fran' celebraría el al mismo tiempo cuarto gol del Deportivo y cuarto y último gol de la noche.



El gol bonito, para ser honestos, lo había marcado el uruguayo Pandiani al poco de comenzar el partido, un chut raso que todavía hoy utilizo como excusa cuando alguien recuerda mis disparos de adolescente en aquel equipo de pueblo. Yo, sin embargo, me quedo con el cuarto, el último, el del toque de Fran con el hombro que deja sentado a Gennaro Gattuso, el del balón desviado por Cafu. Me gustó el gol por el jolgorio posterior, pero sobre todo, por el comentario de un colega madridista que había venido para pasarse el partido hablando del centenariazo de 2002 y de por qué el Deportivo se merecía una derrota. Al pitar el árbitro el final, mi colega vestía una sonrisa que yo aún creo que algún anzuelo le había alcanzado una mejilla. Se acercó y, sin retirar la mirada del marcador, dijo: "No estoy feliz por la remontada, sino porque ahora la peña olvidará el centenariazo".

                                                  






El Barça entonces no era todavía el artefacto milimétrico que diseñó Guardiola. Muy al contrario, aquel 18 de Abril de 2006, los chicos de Rijkaard, de amarillo y negro, primaverales y desordenados, pasaron por San Siro como un enjambre enloquecido de abejas.

Parece imposible, pero uno pone el resumen del partido y ve a los culés saliendo bullangueros al contraataque, con el fútbol desmadrado, divertido y escapándose a raudales por el césped. Yo creo que si por un momento la grada se calla a los blaugranas les hubiésemos oído hasta zumbar.

Ese día, además, fui por primera vez al Bando de la Huerta. Una fiesta que conocí justo cuando el equipo rompía a ganar títulos y que durante siete años ha venido coincidiendo con el partido de cuartos de final de la Champions. Al punto de que una vez, de tanto vino, llegué a sospechar que, en el Bando, lo que de verdad se festejaba era el paso triunfal del Barça por Europa.

El gol –que a estas alturas aún no lo he dicho: fue el de Giuly- nos pilló a una amigo y a mí muertos de risa y agarrados a las mesas de un Pub Irlandés, con toda la fiesta trasegada en la cabeza después de nueve horas bebiendo al sol. Ronaldinho, moviendo la cintura, tira al suelo a no sé quién y le mete una cucharadita al balón al tiempo que la espolvorea de azúcar glas para que Giuly, intrépido entre centrales enormes, encuentre el hueco y la empale a la escuadra, casi sin ángulo. Supe entonces (¡por fin!) lo que era ganar y lo que era una fiesta como Dios manda.






Aquel veinticinco de junio de 2000 tenía pinta de ser un día grande. Esa fase de ascenso entre Granada CF, Real Murcia, Burgos y Mensajero (de La Palma) parecía el momento para que, al fin, la Ciudad de la Alhambra volviera a Segunda Divisón, tantos años después. Descartados castellanos y canarios, el duelo ya era cosa de dos, que además, para más emoción, se enfrentaban en las dos últimas jornadas. 
Una semana antes, el Murcia podía subir en La Condomina si ganaba al Granada, pero el 1-2 de los andaluces en tierras murcianas dio la vuelta a la tortilla. El empate en Los Cármenes daría el ascenso a los rojiblancos. Así que todo estaba preparado en Granada para una gran fiesta que los de mi generación no habíamos conocido. Era el día.

Recuerdo acercarme a Los Cármenes unas dos horas antes del pitido inicial, y ver un ambiente que jamás en mi vida había disfrutado. Miles y miles de personas rodeaban el campo tantísimo tiempo antes de comenzar. Recuerdo ver llegar a los autobuses con aficionados pimentoneros, y ofrecerles a algunos a través de su ventanilla un empate con el que no parecían muy convencidos. Normal, claro. Con más de una hora para que arrancara aquel decisivo duelo, entramos al campo. Y ya apenas cabía un alfiler. Desde los tiempos del histórico Granada de los 70, la ciudad no se había visto en otra igual con motivos futboleros.

Lógicamente, calentaban ambos equipos. Y allí estaba él. Otrora ídolo en Los Cármenes, el ex rojiblanco Pepe Aguilar calentaba con su Real Murcia. Lo más curioso es que venía de casarse 24 horas antes… En Cantabria. Parecía lógico pensar que no afrontaba un duelo tan importante en las mejores condiciones, con boda y un viaje de por medio de punta a punta del país. 

El partido fue malo, con ambos equipos presa de los nervios. Mediada la segunda parte, Aguilar recibió el balón en banda derecha. Con poca oposición, avanzó hasta llegar casi a la frontal, y ahí puso esa zurda de oro que tantos éxitos dio en 2ª y 2ª B durante años. Ese balón besó la red de Los Cármenes, con Notario (posteriormente, meta de Murcia, Celta o Sevilla), incapaz de alcanzarlo. Pero aquel beso fue una puñalada en el alma de miles de granadinos con la ilusión a flor de piel por un ascenso que aquella tarde no podía escaparse. Una puñalada que hizo entrar en barrena a un club que rozó la desaparición, con descenso administrativo a 3ª pocos años después, inmerso en plena psicosis y el recuerdo de aquel dolorosísimo 25-J. Parecía que nunca Granada se recuperaría de aquello. 

Llegué a casa, hundido, y conecté la tele. Sobre la marcha, pitaron penalti a favor de España. Raúl mandó a la grada un penalti ante Francia, y España quedó apeada de la Eurocopa de Bélgica y Holanda. Apenas me afectó. Daba igual. Ya todo daba igual aquel día en Granada.


                                         




PD: hay mucha leyenda urbana sobre aquel partido en Granada. Desde que Mesones, afincado en Murcia, declarara antes del sorteo que quería “jugarse el ascenso con cualquiera menos ante el Murcia”, hasta que su segundo entrenador tuviera los billetes de vuelta para Argentina comprados al día siguiente al partido, por raro que parezca. Y podríamos incluir algunas situaciones tácticas “raras”, como la sustitución de Toño Jubera (ex Compostela o Logroñés) después de que éste estrellara un balón en la madera en la segunda parte y cuando estaba siendo el mejor del partido. Eso lo podemos dejar para otro día. Ahora sólo me apetece recordar el enorme dolor que supuso aquel partido en el alma de una ciudad, que hoy vive en 1ª cuando nadie daba un duro por ello tras el 25-J de marras.


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