lunes, 9 de septiembre de 2013

Somos los goles que hemos vivido (XII)


Los goles que se quedan en el imaginario suelen llegar parsimoniosamente, en los últimos minutos, en el suspiro postrero, en jugadas que se eternizan para darnos la etenidad. El mío, no. El mío no es de esos. Yo les hablaré de uno que casi no se ve porque ese día no pude ir al campo y estaban repitiendo el gol anterior. El mío es uno de esos goles que cuando conectan dice “¿otro?, otro por favor, otro, goooool, no puede ser” y ya te abrazas con los que te acabas de abrazar hace algo así como un minuto eterno. El mío no es de esos que se hacen de rogar. El mío es de esos que dicen “¿no querías, caldo? Pues toma dos tazas”.
Realmente no sé lo que bebíamos aquella tarde de junio. La noche anterior habíamos salido porque era la feria de mi pueblo y esa misma noche tendríamos que repetir. Cervezas en vasos de plástico, primeros amores amargos e imposibles en casetas de instituto, música para cerrar bibliotecas y la resaca del año anterior recorriendo los días señaladitos. Por eso, quizá estabamos con una fanta que no nos excitara más de lo que estábamos por el fútbol y por la edad. Recuerdo todo menos en qué casa fue. En una que tuviera el plus que por entonces era cosa rara de gente extraña en un pueblo obrero como el mío. Entre trago y Ruffles cuando eran simplemente onduladas, un obrero del balón, de esos que supongo que ni sus nietos creerán que fue futbolista, Poli, dejaba su lugar en el campo a un desgarbado muchachote jerezano de 18 años que hasta nuestros antepasados hubieran merecido conocer: Francisco Narvaez Machón, para el dni, Kiko, para la posteridad

El Real Zaragoza venía al Carranza para intentar salvarse de la promoción. Paradójicamente, par el Cádiz la única salvación era jugar esa misma promoción. Había sido un año tumultuoso que como siempre parecía arreglarse en la recta final. De estar hundidos en las profundidades a emerger en el último minuto para llegar a buen puerto. Por eso, el Cádiz siempre será el submarino amarillo y el Villarreal no, aunque su equipo de marketing y las periodistas sin talento o sin memoria quieran que sea así. Tres minutos después de que el 15 del Cádiz pisara el cesped, Paquete Higuera, ese delantero de físico y apodo extraño, pero dotado también de un raro y efectivo talento, ponía, a pase en profundidad de Pascual Sanz, a los maños por delante y al Cádiz en segunda. Las gradas enmudecieron pero solo unos 29 segundos o así. El silencio en Carranza es como un golpe de estadio.

Trece minutos más tarde Kiko era derribado dentro del área y el gran Mister Propper transformaba con pasmosa confianza el penalty. Nos abrazábamos gritándonos al oído. Saltamos de alegría e incertidumbre. Los fantasmas de los cadistas aprovecharon nuestra ceguera para asomarse a los espejos y ponerse guapos. Las mujeres de los vecinos ese día también eran futboleras. La leyenda lo merecía. La televisión repetía una y otra vez a Cedrún tirándose hacia el otro lado de las cosas. “Este es bueno, pero no lo he visto nunca parar un penalty” comentaba a mis amigos como el joven friki futbolero que por entonces era. Tras la última repetición y mientras el triste y recientemente desaparerecido Ramón Blanco comentaba la jugada en directo, aún no mirábamos la pantalla ahítos de celebraciones. Kiko no respetó nuestra ceguera, nuestra desconsideración, ni nuestra falta de confianza. Bajó por un balón inocuo de un saque de banda casi al centro del campo y encontró en Barla, un amigo fiel, un servidor asistente, un esclavo de la leyenda, que le devolvía dentro del área la pelota. Kiko la paró con el empeine del pie derecho y rápidamente metió la puntera del mismo pie como si no existiera otra forma de hacerlo. El balón se comportó como le habían enseñado en la clases de historia para balones: dio en la cepa del poste y se fue hacia dentro a celebrarlo. Cádiz, como todos los días del año, fue una fiesta.

Aquella noche sí recuerdo que bebimos. Cervezas que aún eran amargas, vino dulce en vasos de plástico y de feria. Entramos en la caseta municipal y allí estaba al completo la plantilla del Cádiz de merecida melopea. Estaban bailando y liándola en el centro de la pista con el mítico Pepe Mejías como showman improvisado. En una mesa del fondo un enorme hungaro comía pimientos fritos a dos carrillos. Era Pepe Szendrei, el mito que cambió para siempre un grito, y nos acercamos para felicitarlo tímidamente. Nos dió las gracias con la boca llena. Pocos días después nos dejaba en primera tras pararle en la promoción contra el Málaga el último penalty a Emilio.





Diego E. Barros.


Hubo un tiempo en que dolía ver a la Selección. Mucho. Sólo repasar algunas alineaciones dolía; y dolía sobre todo el resultado, siempre el mismo, una derrota en forma de herida que la prensa lamía con esa frase tan estúpida como inútil: “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Los de mi generación nos criamos comiendo mierda servida en cada gran cita internacional. De aquellas tardes de lágrimas y rabia guardo con especial cariño una vitoria, remontada mítica, que pese a que sería la antesala de una nueva decepción, aquel 21 de junio del 2000 me dejó sabor a título. 

El escenario figurado era el estadio Jan Breydel de Brujas, no eran todavía las ocho de la tarde, pero yo estaba con Pedro, Meis, Castro y Ferreira en el piso franco de Santiago. Así pues mi escenario real era la pequeña cocina encima de cuya nevera teníamos instalada una televisión de 14 pulgadas. En aquella Eurocopa España era una incógnita. La larga noche de piedra de la era Clemente había dejado paso a un Camacho que además de planos con camisa sudada nos había aportado su entusiasmo. Pero las cosas seguían sin arrancar. El equipo había debutado con derrota contra Noruega y había vencido, no sin problemas, a Eslovenia por la mínima. En la última jornada del grupo C, España se las veía con Yugoslavia. Los cuatro equipos tenían opciones de clasificarse, el partido era a vida o muerte y así se reflejó en el campo. 

A la media hora, el primer palo. Savo Milosevic, imponente, adelantaba a los yugoslavos inaugurando lo que sería la tónica de una tarde con una España obligada a remontar un legendario 8.000 más que un partido. Alfonso Pérez Muñoz empató ocho minutos más tarde. Él no lo sabía aún pero aquel iba a ser el día en que grabaría su nombre de tipo normal y corriente en la memoria colectiva de todo un país. Ya en la segunda mitad y por medio de Govedarica Yugoslavia volvió a ponerse por delante. Munitis (¡!), que acababa de entrar, agarró la bola al borde del área grande y volvió a poner la cosa en tablas con un tanto que más bien parecía una declaración de intenciones. 

En la cocina nos habíamos bajado ya varias cervezas por barba, no quedaban patatas fritas y comenzaba a escasear el tabaco lo que acabó por ser lo más preocupante cuando a quince minutos del final, Yugoslavia nos asestó la que parecía la cuchillada definitiva. No habría salvación, esta vez ni en cuartos. El tiempo corría y España no reaccionaba. Castro se comía las uñas, Meis encendía el enésimo pitillo y los demás rebuscábamos por los rincones en busca de más cerveza. Ferreira, que nunca se interesó realmente por el fútbol sin perderse un buen partido, mantenía un ojo puesto en los apuntes de química. En aquel tiempo, las Eurocopas y los Mundiales se jugaban en exámenes. 

Minuto 92, 2-3 abajo. Fue entonces cuando, como pasa con los milagros, el nuestro comenzó a gestarse. En el 93, Abelardo cae en el área y el árbitro señala una pena máxima que Mendieta transforma en empate. Primer sobresalto y ya ninguno de nosotros volvió a sentarse. En el 94 Guardiola recoge el balón en el medio del campo. Levanta la vista y sólo alza a ver un campo minado con dieciocho tíos, 10 de ellos de azul. Todos esperan que el Pep cuelgue la bola; es el último cartucho. En una tarde crepuscular como aquella no cabía otra opción: morir a la desesperada pero con las botas puestas. La pelota vuela cuarenta metros escorándose hacia la derecha de la portería que defiende Ivica Kralj. Como si llevase un radar, el cuero busca la cabeza de Urzaiz que forcejea con un yugoslavo. Puede que el de Tudela hubiera sido bendecido con ese físico sólo para sacarle partido en ese preciso instante. Con un suave y dirigido cabezazo, Urzaiz desplaza la pelota hacia el centro del área. El balón va casi llorando y bota antes de entregarse en cuerpo y alma a la bota izquierda de Alfonso que lo recibe con esa elegancia imposible a lo Jimmy Stewart. Con ese cuerpo desgarbado al que todo uniforme siempre le quedaba grande y que sostenía a un jugador exquisito que parecía romperse a cada paso. Alfonso Pérez Muñoz no se rompió aquella tarde. Más allá, fabricó una volea imperfecta pero eficaz que despidió el balón con dolor; como se despide a un ser querido en el andén de la estación sin saber cuándo lo volverás a ver. Pero lo vio dos segundos después, cincuenta sobre el minuto noventa y cuatro. Lo vio a su derecha Kralj, petrificado como una estatua. Lo vio todo el estadio, todo el país y lo vimos nosotros en la pequeña cocina del piso de Santiago. No quedó una sola botella encima de la mesa. Meis salió gritando por el pasillo y sólo los reflejos de Castro evitaron que la pequeña televisión acabara estrellada contra el suelto. Tal fue el estallido de alegría, tal fue la gloria.









Solía ir a El Molinón ya de muy pequeño. Recuerdo que mi padre me llevaba a los aledaños del estadio y aprovechábamos para entrar cuando abrían las puertas y quedaba un cuarto de hora para el final del partido. De esa manera vi al Sporting por primera vez en directo, con siete años, en los vomitorios y empatando 1-1 con Osasuna. Enrique Martín, aquél febril extremo rojillo, marcó el primer gol que presencié en el coliseo gijonés, con el estadio enmudecido y el correspondiente alarido de mujer cuando el balón besó las mallas. Perdimos ese partido y mi recuerdo más reciente de Kike Martín es un contraataque del equipo rival frenado por él mismo cuando era entrenador del Leganés. 

Presencié varios partidos de esa manera e incluso un día disfruté de mi primer encuentro completo con un carné que me consiguió mi tío, que tenía, y tiene, la extraña costumbre de salir del campo cuando quedan cinco minutos para el final del partido, a pesar de que vive a 500 metros del estadio. De esa forma nos perdimos la victoria en el último minuto ante la UD Las Palmas, gol de Esteban, con un griterío ensordecedor que atormentó mi conciencia hasta el punto de que ese día decidí que aunque llovieran o nevaran goles en contra, inclemencias del tiempo aparte, yo me quedaría sentado hasta que mi equipo saliera al centro del campo a saludar. 

Uno de los días que más disfrute en mi niñez fue cuando pude ver al Sporting desde el palco de autoridades. Mi padrino era concejal en el Ayuntamiento de Gijón y nos había invitado a mi padre y a mí a ver el partido ante la Real Sociedad. Era el 15 de enero de 1989 y hacía un frío que pelaba. Bajo la dirección del Txutxi Aranguren aún disfrutábamos de los vestigios de grandeza pretérita, reflejados en la barba de Jiménez, los bigotes de Joaquín y Cundi y en un joven Ablanedo II que corroboró que bajo palos, más de siete vidas tiene un gato. En la Real, Zamora agotaba sus últimos cartuchos en su estadio talismán mientras surgían valores de la inagotable cantera txuri urdin como Bakero o Goicoetxea. Fue la primera y única vez que vi a Arconada en directo, bajito y felino, con el físico de los porteros de antes. Ahí estaba yo, en un lugar inmejorable, mirando a un lado y a otro, incrédulo de mi posición entre la nobleza rojiblanca, mientras el marcador se movía de un lado a otro hasta marcar el 1-2 en el descanso. 


Fue en ese momento cuando mi padrino nos dirigió a un salón aparte repleto de comida y bebidas. Desde cacahuetes a bocadillos, de Kas limón a Coca Cola. Todo un despilfarro a los ojos de mi inocencia. Al principio no sabía si todo aquello era para mí, ni siquiera si lo merecía al no ostentar cargo público alguno, pero pronto perdí la timidez y cuando había finalizado la charla táctica del intermedio, mi gaznate ya había ingerido cantidades industriales de sportinguismo. Tal era mi ensimismamiento con el mundo nuevo ante mis ojos, que el partido se reanudó sin enterarme, con un puñado de cacahuetes en la mano y a punto de perderme el gol del empate de Felipe, otrora Felipín, a quién reconocimos su calidad hasta que rescató de los libros un decreto desconocido y se compró, supongo que con Iberia, un billete de ida a Tenerife. El partido seguía su curso y de nuevo el Sporting de las remontadas apareció en escena. El incombustible Joaquín anotó el 3-2 de penalti y a falta de tres minutos para el final, el colegiado volvió a señalar el punto fatídico. El ‘8’ sportinguista se adueñó de la pelota a la vez que mi tío ya había entrado en casa y se había puesto las zapatillas. Deseaba con todas mis fuerzas que Joaquín marcara y sentenciara el partido, aunque no podía quitarme de cabeza los brebajes y las viandas ingeridas, preguntándome si podría volver furtivamente a la habitación contigua.Grité el gol y me abracé a mi padre, como tantas otras veces. De camino a casa me preguntaba si el fútbol era eso, goles y abrazos, o si era más la comida y bebida, aderezada con cigarros puros, corbatas con nudo Windsor y buenas vistas. Siempre creí en lo primero, aunque parece que los años se empeñan en quitarme la razón. Seguí yendo a El Molinón, de todas las maneras posibles, pero nunca más al palco. Ahora lo miro fijamente, siempre que puedo, cuando los jugadores saludan, con un sentimiento muy diferente. Recuerdo mi niñez, las puertas abiertas, los goles de Joaquín, Luis Enrique o Juanele y el Estudio Estadio a las diez de la noche mientras miro el escudo y descubro que he perdido toda mi inocencia. Y hace mucho que la echo de menos.






Jimmy McNulty


Creo que sólo he tenido un ídolo en mi vida. 

Roberto Carlos llegó al Madrid en 1996 de la mano de Capello por una cantidad de dinero que acabaría siendo ridícula. Venía de aquel Inter que se especializó a deshacerse de leyendas del fútbol; era pequeño, corría más que ningún futbolista que yo hubiera visto nunca, reventaba el balón en cada tiro libre y la camiseta le quedaba cómicamente grande. 

Era todo carisma. 

El genio brasilero se convirtió en el Madrid en el mejor lateral izquierdo de la historia, en dura pugna con Maldini. Ganó tres Copas de Europa y un puñado de ligas y trofeos menores. Conquistó además un Mundial con Brasil, el de 2002, el de la vuelta de su amigo Ronaldo. Lo ganó absolutamente todo siendo siempre uno de los mejores jugadores de su equipo y de su selección. Nunca un lateral ha tenido tanta influencia sobre el juego. Yo le adoraba. Su camiseta con el 3 a la espalda, uno de aquellos diseños horrorosos de Kelme con huellas en las mangas, fue la primera zamarra "oficial" que tuve. 

Mi único ídolo, ya digo. Pero crecer es, entre otras cosas, deshacerse de los ídolos: al menos lo fue para mí. Y ese proceso coincidió con el declive de Roberto Carlos. Ya no recuperaba su posición en defensa tras cada incorporación al ataque, cada vez sufría más ante los extremos rivales, su pie izquierdo había perdido precisión. Aquel metro sesenta y ocho de energía pura que parecía que no iba a extinguirse nunca empezó a apagarse poco a poco. 

Volvió Capello al Madrid, 10 años después: el hombre que había fichado a Roberto. La decadencia del brasilero ya era absoluta y mi proceso de desafección se había completado. O eso creía yo. Porque cuando en el minuto noventaypico de la jornada 35 Roberto Carlos marcó el 2-3 contra el Recre tras un contragolpe que desafiaba a todas las leyes de la lógica yo grité como jamás había gritado un gol en mi vida. Grité como con el gol de Higuaín al Espanyol, o como con el de Ruud al Zaragoza, o como con los de Diarrá y Reyes al Mallorca, pero un poco más, porque era un gol de Roberto, un gol que me reconciliaba con él y que sentí en parte mío. Un gol aturullado, absurdo; una contra torpísima de Higuaín, Beckham y Gago que culminó Roberto, tras un mal control, poniendo todo el corazón en su bota izquierda. 

El Real Madrid ganó esa liga y muchos madridistas la recordamos como la más bonita de todas. Se fue Capello y se marchó Roberto, como cerrando un círculo, de la mano del hombre con el que había llegado 11 años antes al Bernabéu a hacerse una leyenda en el mundo del fútbol y a dejar una huella indeleble en la memoria de tantos y tantos chavales que empezamos a entender la grandeza del fútbol viéndole cabalgar por la banda izquierda.





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