domingo, 27 de octubre de 2013

Demasiado admirable

Hoy me quiere enredar y mañana tal vez desaparezca y regrese dentro de dos semanas para volverme loco de nuevo.

La agarré del pelo y le reproché entre dientes:

— Eres capaz de dejarme estaqueado en mitad del patio.

Se soltó de un empujón y con una sonrisa de suficiencia, mientras se atusaba su melena alborotada y me miraba fijamente, disparó en el centro de la diana:

— Y eso te gusta.

Saltaba a la vista la herida. Hoy me curaba y mañana me observaba desangrándome en la cama deshecha. Ya había caído irremediablemente en su telaraña. Se paseaba en bragas por la casa y yo no podía evitar pensar en lo sucias que estaban, en lo transitadas que habían estado por tantos otros flojos como yo que ahora, probablemente, yacían moribundos sobre sus sábanas, mezclando la saliva con la sangre, mientras vigilaban la pantalla oscura de un teléfono móvil.

Cómo lo hace. Yo nunca sabré. Una noche que se quedó a dormir le pregunté verdaderamente intrigado:

— ¿Nadie nunca te ha hecho llorar?

Sin levantar la vista de 'El jugador' de Dostoyevski respondió como quien recita una verdad innegable, remarcando cada palabra.

— Yo-no-lloro.

Y pareció verdad. Nada podía hacer. Siempre alerta. No era la típica mujer de la que puedes afirmar “tan buena no será si sólo te gusta a ti”. Era demasiado admirable, excesivamente sexy.

— ¿Te queda café?

— En el armario de la derecha.

Se bebe mi café, mis latas de cerveza y mi alma mientras yo la palmo aquí tumbado. Al cabo de un rato, llega con dos tazas. Me da una. Caliente. Ella se queda de pie. Me mira y se ríe. Si quisiera, podría empezar a ladrar, dar la patita y saltar como un perrito. Ya no me queda orgullo ni dignidad. Ella lo sabe, está de vuelta de todo y sabe también que, para tener a alguien bien agarrado por las pelotas, basta con darle una cosa buena por cada diez putadas. Es demasiado inteligente, así que no me levanto de la cama para azotarla en la cara y ponerla a cuatro patas. Simplemente me llevo mi taza a los labios, la observo detenidamente y me pongo cachondo.

Y vuelta a empezar.
                             
                                                                                                                                Rubén

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