martes, 8 de octubre de 2013

Enamorémonos y que gane el peor

¿Sabéis ese momento exacto en el que sientes que tu corazón se expande por todo tu cuerpo, como metástasis, hecho mil pedazos con forma de aguja y acaba paralizando todo?

Sí, exacto, ese momento cuando el cerebro abandona sus funciones vitales y a partir de ahí todo viene rodado: los pulmones no saben inhalar y se les ha olvidado exhalar, las piernas se mueven de forma impulsiva como si pudiesen escapar del cuerpo, los labios parpadean con su propio lenguaje de signos y los ojos empiezan a segregar una especie de lágrima en peligro de extinción formada por agua, cloruro de sodio, albúmina y tristeza. 

La enfermedad de ver corazones por todas partes, constantemente, y que todos se parezcan al tuyo; como por ejemplo en un árbol caído.

La vida se explica por momentos, que son paradigmas, y yo tuve el mío.

Me senté en una cafetería y pedí un café esbozando mi media sonrisa amablemente apática, sin prestarle atención al camarero que observaba como mi mente hacía ademán de huir. Era una mañana de domingo cualquiera como tantas otras, salvo por una excepción: el tiempo había cambiado ese día y aunque soleada la mañana era fresca, y los primeros abrigos se empezaban a ver. Puse una canción de Joe Cocker para hacer del día aún más ronco. A mi alrededor unos niños jugar despreocupados. 


El olor a café llegó abriendo mis fosas nasales y todo mi instinto al mismo tiempo que frené mis ojos para posarlos sobre un árbol en concreto. Había muchos y de muy distintos tipos, pero ese me llamó especialmente la atención. No era su forma, tampoco su color, ni me fijé en su altura, era algo que iba más allá:

Un niño se colgó de una rama, jugueteaba balanceándose suspendido sobre sus manos que se agarraban fuerte, hasta que esta cedió. De nada sirvió el llanto de después, el daño ya estaba hecho.

Un perro se acercó a marcar su territorio, territorio que nunca después protegería.

Una pareja había grabado con un cuchillo su amor en él, no pude distinguir las iniciales, pero sí el corazón que las envolvía.

Las primeras lluvias intercaladas con el sol habían hecho que el tronco se desquebrajase, dejando miles de astillas a su paso.

La humedad de la soledad cubrió todo de musgo, dejándolo más suave pero con una coraza difícil de romper.

Y qué culpa tenía este árbol de existir, de dejarse sentir porque su naturaleza así lo marcaba, de encontrarse en mitad de todo aquel ruido que no le correspondía simplemente para hacernos respirar. Pero así, sin culpa, quedó destrozado: siempre quedan astillas que hacen daño al siguiente que viene a tocarlo, una coraza que cuesta romper, una rama marchita que no se recompondrá, una marca de amor que no podemos borrar.

El café se terminó y con él la escena, pagué la cuenta y me marché. Dejé atrás.

                                                                                                                      Tarantrillo

          

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