martes, 12 de noviembre de 2013

Somos los goles que hemos vivido (XIII)



Montse García

Llevaba semanas preparándome para el partido. Desde que tuve las entradas en mi mano no hice otra cosa que inspeccionar cada milímetro de ellas y aprenderme de memoria la revista conmemorativa del encuentro. No se me olvidará la fecha: miércoles 22 de febrero de 1995. Un día cualquiera para muchos, una noche especial para mí.

Tenía trece años y era mi primer partido de España. Jugaba en Chapín un amistoso contra Alemania, previo al oficial ante Bélgica que tendría lugar en Sevilla, en el Ramón Sánchez Pizjuán un mes después. Berti Vogts, por entonces seleccionador alemán, no estaba conforme con la designación de Jerez para acoger tal encuentro. No le gustaba el estadio: pequeño y sin el calor del público por las pistas de atletismo. Su plantel merecía un escenario mejor y de mayor capacidad. Los casi 19.000 espectadores que ocuparían las gradas rozando el lleno absoluto le parecían insuficientes. Para mí, el mejor marco posible.

Estaba nerviosa. Era un simple partido. Un amistoso más sin nada en juego pero los detalles lo convirtieron en especial. Por primera vez vería a España y lo haría con las dos personas que me habían inculcado la pasión por el fútbol, sin que ellos lo supieran. Todo lo que se, se lo debo a mi padre y mi hermano. Había contado las horas que faltaban y ahora estaba llegando al estadio. Creo que no hablé mucho de camino a Chapín. No quería perderme ningún detalle del ambiente que envolvía la noche.

La mayoría de conversaciones hacían alusión a la selección. España portaba un interesante cartel. Ese mes, ocupaba el segundo lugar en el ranking de la FIFA, era la máxima favorita de su grupo para conseguir el pasaporte a la Eurocopa de 1996 y fue cuartofinalista en el Mundial de Estados Unidos. Al igual que Alemania, aunque caer eliminados ante Bulgaria estuvo a punto de costarle el cargo a Vogts. Sin embargo, lo que realmente interesaba era saber qué pasaría con los ausentes de la noche. Con Guardiola, Kiko o Fran, con los que Clemente seguía contando. Se hablaba del once del partido. De las sensaciones que transmitían el doble pivote formado por Hierro y Donato. La lesión de Nadal, la baja de Alkorta por sanción, de los cerca de cien partidos que Zubizarreta iba a cumplir y que apetecía ver a Cañizares. Yo quería goles. Quería celebrar un gol de España. Incluso de Alemania, por ver en primera persona cómo funcionaba el engranaje de una de las selecciones más temibles con solo pronunciar su nombre. Quería impregnarme del júbilo o de la decepción, según quien anotase.

Los jugadores saltaron al campo mostrando con su semblante que aquello era más que un amistoso. Conforme se entonaban los acordes de los himnos, los Zubizarreta, Belsué, Abelardo, Voro, Sergi, Luis Enrique, Hierro, Donato, Amavisca, Caminero y Pizzi, se hacían cada vez más pequeños ante los Koepke, Todt, Schuster, Helmer, Babbel, Hassler, Freund, Möller, Worms, Kirsten y Klismann. Tricampeones del Mundo, aspirantes a todo y en plena regeneración. Tras el Mundial habían dejado el combinado nacional por iniciativa propia piezas inigualables como Illgner, Voller, Buchwald o Brehme. A otros les habían invitado a salir: Effenberg y Berthold. Los lesionados Matthaus, Riedle, Ziege, Strunz, Kahn, Reuter y Kohler obligaban a que Vogts realizara cambios para la ocasión. La base estaba clara. Helmer, Hassler, Möller y Klinsmann eran los líderes pero debían apoyarse en la savia nueva que había generado la Bundesliga: Todt (centrocampista del Friburgo), Dirck Schuster (único procedente de la RDA), Freund (la sorpresa del BVB) y Herrlich (goleador del Borussia Mönchengladbach). El seleccionador alemán debía retocar todas las líneas de su esquema habitual. No jugarían como siempre: con su líbero, dos centrales, dos laterales adelantados, tres en el centro del campo y dos puntas, sino con una línea de cuatro atrás. Posiblemente, al ver que Clemente solo optaba por un punta decidió cambiar de planes.

Tras los himnos todo estaba preparado para el comienzo. Mi corazón se había parado y solo podría ponerlo en marcha el silbido del árbitro que indicaba el inicio del partido. Entonces me parecía que España le jugaba de tú a tú a Alemania. Que era una selección grande a la que todos respetaban. Pensábamos que jugábamos bien pero aún estábamos lejos de todo lo que viviríamos a partir de 2008. Estábamos convencidos de que un combinado en construcción había sufrido para dejar el marcador sin estrenarse. La realidad era otra. Alemania solo debió reducir de marcha para aguantar.

No hubo goles. Por más que lo desee, el gol se resistió. No podía entenderlo. Al igual que no podía entender cómo en los pocos minutos que estuvo Julio Salinas en el campo, los aficionados podían enfadarse tanto por sus errores. Lo intentaba. Pero ‘el Lacio’, como le llamaban sin cesar los que nos rodeaban en la grada, no logró traspasar la portería de Koepke. Tampoco comprendí qué sentido tenía perseguir a Julen Guerrero mientras calentaba. Desde que Clemente le mandó irse a la banda, un enjambre de groupies le seguían corriendo tras las rejas mientras gritaban mensajes que nada tenían que ver con el fútbol. No lo comprendía, porque mis ojos no podían apartarse del césped. Siguiendo con la mirada el recorrido del balón, suspirando para que traspasara alguna de las porterías.

Hubo ocasiones pero el gol no llegó. Aún así estaba contenta. Jamás iba a olvidar aquel partido. Los protagonistas, sus estilos, equipaciones y su fútbol se habían tatuado en mi memoria. Había estado a escasos metros de jugadores que, probablemente, nunca más iba a tener cerca como Amavisca, Caminero, Goikoetxea, Hierro, Cuéllar, Klinsmann, Möller, Hassler,...Había sido un partido intenso aunque feo. Daba igual, había merecido la pena.



José Manuel Portas

Había renunciado a vivir aquella Eurocopa con mis amigos para poder estar con ella. Durante toda la competición, nos hizo compañía una tremenda bombona de oxígeno, asentada en el centro del salón. Junto a la mecedora reposaba una mochila, que acogía a la hermana pequeña de la megabombona, una fiel compañera a la hora de salir de casa. Las tardes de partido seguíamos un procedimiento muy simple. Encendíamos la tele que ella había comprado apenas un mes antes; era la primera panorámica que teníamos -formato 16:9- y aquello nos parecía inmenso. Subíamos la persiana, abríamos la ventana para que entrara la vida del verano y preparábamos un bol de palomitas. En ese momento, no había nada que nos hiciera sentir mejor. Habíamos repetido el ritual durante toda la competición, viviendo –con cierta distancia emocional- la misma evolución que el resto de españoles. Eufóricos tras Rusia, optimistas tras Suecia y expectantes después de Grecia. Incrédulos tras la victoria por penaltis sobre Italia y superados por la perfección ante Rusia. Cierta expectación se había apoderado de nosotros ante la final contra una Alemania que, por entonces, era un ogro simplemente futbolístico para este país (las vueltas que da la vida).

Así que ahí estábamos, madre e hijo, sentados en nuestras mecedoras y frente a la pantalla como once millones de españolitos más. Mi hermana, a la que jamás le ha gustado el fútbol, venía de camino desde Ávila. Quería ver aquel partido aún sin entender nada; simplemente deseaba estar con nosotros. Comenzado el encuentro, nos llamó para decirnos que el coche se le había averiado a mitad de camino y que llegaría tarde. La selección española no le iba a esperar. En el minuto 33 de aquel 29 de junio, un atlético de físico alemán iba a robarle la cartera a un germano de 1,70. En mi casa era difícil empatizar con aquello, sin embargo gritamos el gol de Fernando Torres con todas las ganas que la vida nos había robado en el último año. Durante unos segundos, nos disfrazamos de hooligans, quizá más contra el destino, amparados en el calor del hogar, que por causas realmente deportivas.

Mentiría si dijera que el partido fue trepidante, emocionante y agónico. El dominio de España resultó abrumador. Al repaso futbolístico a los alemanes sólo le faltó una mayor contundencia en el marcador, lo que mantuvo la tensión en la afición hasta el final del partido. Cuando el árbitro pitó, la Eurocopa había finalizado. El tornado futbolístico que nos asolaba había respirado por última vez, con lo bueno y lo malo que conllevaba. Para un español futbolero, de vocación pesimista, vivir el primer gran título de la selección debía ser un golpe a nuestro fatalismo histórico. Una mirada desafiante a los poderes fácticos. Una borrachera de primera.

Sin embargo, me sentía indiferente. Reflexioné en silencio durante unos segundos sobre la frialdad de mi reacción. La expectación durante toda la competición se había convertido en una pequeña y efervescente llama. Una agradable sensación del deber cumplido que apenas había durado un instante. Volviendo a caer sobre la mecedora, consulté el móvil para ver cuándo llegaría mi hermana, aún en la carretera. El ruido de celebración en la calle me llevó a girar la cabeza hacia la ventana. Sin embargo, mi mirada se paró de reojo en la mesa del salón. Estaba cubierta por multitud de pañuelos usados, platos sucios, latas estrujadas y una caja de pastillas. De repente, percibí muchos finales en aquella mesa, sensaciones ya agradecidas. Era una especie de cuadro del pasado en el que sólo un elemento se mantenía con vida. Únicamente un objeto del bodegón tenía aún utilidad física en esa mesa. Aquella caja abierta de pastillas de la que sobresalía el blíster, que parecía esperar su momento sabedor de la calma tras la tormenta. Conocedor de la verdad de cartón. Aquel puto Xeloda.

Esa sensación de fin fue la que me hizo llorar en los siguientes segundos. Ella me preguntó: “Hijo, ¿desde cuándo eres tú tan patriota?”. No pude responder, consideraba que sabía lo que pasaba. Prosiguió: “Bueno…está bien que sientas tanto tu país”. No pude más que soltar una pequeña carcajada y abrazarme con ella. Volvimos a gritar, contentos esta vez, cuando Casillas levantó la copa veinte minutos más tarde. Mi hermana ya había llegado y veía la tele de pie, que es la forma de ver la televisión cuando ha pasado algo muy importante. Mi madre le repitió en varias ocasiones que yo había llorado. Lo hizo como se transmiten los mejores informes maternos. Con un sólido toque en el hombro y sin un solo tono emotivo. Simplemente, informaba a mi hermana de que había pasado algo rarísimo.

Al rato de aquello, salí a tomarme un buen litro de cerveza con mis amigos y comentar así la jugada. La rutina, con sus vaivenes, había vuelto. O quizá nunca se marchó. A día de hoy, no sé si aquello fue, o no, una simple final de Eurocopa. Sé que el partido importante, el que era casi imposible de ganar, lo perdimos treinta y nueve días después. Resulta paradójico que la vida demuestre que el fútbol es insustancial pero, al mismo tiempo, le deje ser mensajero de las cartas más importantes. Las que más nos cuesta escribir. Las que nunca llegan a leerse.

                                         




Mauro Picatoste

No sé si alguna vez os ha pasado eso de ir por la calle con una chica preciosa, caminando a su lado, hablando, riendo, siendo cómplices de vuestras tonterías de escasísima importancia para el resto del mundo y que los demás tíos (e incluso las chicas) os miran, os matan con la mirada, ambicionan vuestra posición. No vais de la mano ni haciendo carantoñas, sólo que tú eres el dueño de su sonrisa y ellos, los que miran, no. Pues algo así es lo que siento cuando le digo a la gente que vi un gol de Maradona en directo.

Vale que, en este caso, la chica es regordeta, bajita y con una querencia por las drogas bastante peligrosa, pero el orgullo de algo que te es del todo ajeno está ahí. Y es que Maradona ni siquiera vestía la camiseta de mi equipo; todo lo contrario, era el rival. Yo hacía un año que acudía asiduamente a Balaídos, primero en Segunda División y, en la temporada 92/93, en Primera. La verdad es que creo que no era consciente de que iba a ver en directo a uno de los mejores jugadores de todos los tiempos y, seguramente, el más idealizado, politizado y endiosado de la historia del fútbol. 

Vigo vivía la primera ola de neoceltismo que yo recuerdo ('neoceltismo': Dícese de aquella ola de afición por el equipo que coincide con un momento bueno y que conlleva a gente con bufandas recién compradas que gritan cosas como “Viva el Celta” e, incluso, piden que se fiche a Paco Buyo, por eso de que es gallego) y el Celta recibía al Sevilla de Bilardo. Esa temporada, el fútbol estaba aún lejos del complejo entramado marketiniano en que se ha convertido ahora, pero la referencia de la visita del equipo hispalense era él: Maradona. Un Maradona que había llegado a España después de uno de esos líos tan suyos (ay, Diego, Diego...) y un permiso judicial desde Argentina para cubrirse bajo el ala protectora de 'su' Bilardo. 

El caso es que con un 1-0 casi nada más comenzar el partido, obra de Gudelj, y yo gozándolo desde la grada, Maradona se encontró con una falta en la frontal. Al otro lado, Cañizares comenzando su carrera de portero. El amigo de mi padre que me llevaba al fútbol con su hijo (mi padre es un desconocedor absoluto de las bondades del balón) nos dio un codazo y susurró: “Ahí va el argentino. Nos la va a clavar...”. Todo esto con la media sonrisa del que reza por no acertar. Y sí, la clavó. Por el lado del portero, suave, con rosca, tocada, con el guante zurdo de Diego dirigiendo el balón hasta el fondo de la red por el palo de Cañete. El hombre aplaudió y se giró hacia los compañeros de la grada asintiendo con la cabeza. “Golazo... Al menos, hemos visto un gol de Maradona”, comentaba un señor de sombrero justo delante de mí. Mi mayor sorpresa fue ver la reacción de los que me rodeaban, porque estaba acostumbrado al insulto y al griterío barato en contra de todos, jugadores propios incluidos. 

Durante el partido no recuerdo mucho más del 10, sólo traté de interiorizar que acababa de ver un gol de un jugador histórico, que a veces daba igual lo que ocurriese con tu equipo si delante estaba una eminencia de este deporte. Lo interioricé, pero no muy convencido, la verdad (no se le pidan imposibles a un chaval de 11 años, hombre). 

El Celta perdió aquel partido, Díaz Vega se cargó a cuatro jugadores del Celta expulsándolos injustísimamente (eso me dice aquel chaval que vibraba con su equipo) y yo reposé durante la vuelta a casa aquel momento que más tarde se convertiría en historia pero que aquel día era una frustrante derrota del recién ascendido. 

Al llegar, la pregunta de rigor: “¿Cómo ha quedado el Celta?”. “Perdimos... pero vi un gol de Maradona”.



Javier Martínez

Los recuerdos más imborrables del fútbol contemporáneo dieron comienzo con el nuevo milenio, o para algunos el último año del anterior. A la volea imposible de Zinedine Zidane, el gol de un niño en Austria o el de un manchego en Sudáfrica, existe un precedente: el del abrazo de un padre. Es difícil de explicar. Los mejores momentos siempre ocurren en familia y los goles míticos son sabios. Saben esperar a que la familia esté reunida para ocurrir. 

95 minutos de relleno hasta que la alegría se desató. Solo recuerdo tres momentos (los tres arriba mencionados) en los que el país entero vibrara con tal intensidad. Los semáforos permanecieron en ámbar, la gente dejó de respirar durante un segundo, tiempo suficiente para que el silencio expulsara al pesimismo de la épica en España. Ese segundo, el reloj no lo marcó, decidió que debía respetar lo que estaba a punto de ocurrir. 

Guardiola alza la vista y decide que es la última oportunidad para dar un pase de más de 40 metros al área. La inferioridad numérica no contó con el casi metro y noventa centímetros de un tudelano. Un glorioso testarazo defectuoso para que Alfonso reactivara el reloj, la respiración y pusiera en verde el semáforo de la esperanza futbolística de este país. En ese momento, mi padre me abrazó. Fue de la intensidad necesaria para entender que el fútbol no mueve montañas, mueve pasiones y emociones. Más tarde Zidane, Torres o Iniesta dejarían al gol de Alfonso un poco olvidado. Yo personalmente, cada mes que pasa, aún pretendo que aquel pase de Pep, aquella “peinada” de Ismael y aquel zurdazo de Alfonso sigan recordándome que “somos los goles que hemos vivido”.

Aquel gol no significaba una final ni una consecución de un título, más bien la clasificación para la siguiente fase. Ni siquiera quería decir que fuéramos a ganar en cuartos de final, donde la Francia de Zidane (campeona en aquella edición) nos dejó sin el sabor de la gloria y nos obligó a despertar de aquel “eterno” gafe. Pero es sin duda el momento más glorioso en la reciente historia de la selección sin premio alguno. 
Gary Lineker confesó a Diego Armando Maradona que “La mano de Dios” fue, quizás, el mejor gol que haya visto jamás y que si no hubiese sido el contrario le habría aplaudido. Aquella extinta Yugoslavia que se enfrentaba a España habría hecho exactamente lo mismo. Mijatovic, Djukic, Milosevic o Mihajlovic habrían abrazado a su padre en aquel minuto 95. 

                                




Rafa León

Hacía poco que había cumplido seis años y no mucho más que empezaba a interesarme eso de ver el fútbol (en dar pataditas a un balón tardé bastante menos). A esa edad, todo te llama la atención: de todo te haces preguntas. Comprarte un juguete o darte algo para entretenerte se convierte en el mejor remedio de tus familiares para evitar una jaqueca.

Pero mi abuelo tenía mucha paciencia. Por eso me contestó cuando, impactado, le pregunté por qué en la tele aún era de día si donde estábamos ya era de noche. De noche era ya en Almería y todavía de día, en Santiago de Compostela. Exactamente, el 12 de octubre de 1996.

Aún quedaban más de diez años para que yo ni parpadease viendo el fútbol. Por aquel entonces, hasta una mosca era suficiente distracción para apartar mi vista de la pantalla de la televisión. Hasta que, un ratito después, cuando ya era de noche también en Compostela, la cogió Ronaldo y me permitió ver en 20 segundos cinco capítulos seguidos de Oliver y Benji.

Porque, aparte de la velocidad, pocas cosas variaban. Aquello era magia. Era un ser sobrenatural que se levantaba en milésimas de segundo del suelo tras haber sido derribado y proseguía la acción a la velocidad de la luz. Y, encima, la pelotita acabó dentro, que al fin y al cabo es lo que importa. Desde aquel momento, dejé de distraerme con facilidad cuando veía césped, hombres uniformados y un balón por la televisión.

Pero el recuerdo va mucho más allá del gol. Cada vez que recuerdo a mi abuelo, quien hace ya 1 año y medio que falleció, me acuerdo de aquel gol. De que en Compostela aún era de día. De que mi primera experiencia extraordinaria viendo el fútbol fue junto a él, el único de mi familia que ha tenido talento para jugar a este deporte.

Siendo imposible por cuestiones puramente físicas haberle visto batir a Ramallets, ser derribado por Marcos Alonso entre el clamor del Bernabéu o jugar contra Di Stéfano (de quien siempre hablaba con enorme cariño, situándolo en una galaxia superior a la del resto de futbolistas legendarios quizá por haber podido conversar con él), seguro que él se sentiría feliz por saber que asocio mi pasión por el fútbol a su persona. Concretamente, a aquel día en su cocina en el que en Compostela aún no había anochecido y, más tarde, Ronaldo hizo magia. Somos los goles que hemos vivido.



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