miércoles, 11 de diciembre de 2013

Ego, escribo.

No soy un tipo demasiado brillante. Nunca lo he sido y probablemente nunca lo seré. Y que me estén leyendo no augura nada bueno sobre ustedes. Tampoco soy un gran escritor. Lo que confiere a mis escritos cierto sabor a venganza. Ya saben, como cuando hablan a sabiendas con mal aliento a alguien que no les cae en gracia. ¿Saben eso de la conciencia de oficio de escritor? Pues ni jota. Y no porque escribir no sea un oficio más, sino porque hoy en día lo de escribir lo hacen hasta los analfabetos y ya a uno se le quitan las ganas de escribir cosas decentes. Cuando tenía unos años menos pensaba que la escritura era el último arte incorruptible. No sé si era más necio o ignorante. O los dos a la vez. Pero el caso es que eso es una mentira. La escritura se ha prostituido tanto como cualquier otra famosilla barata que no gana para portadas. Cosa normal, no voy a decir que no. Pero inmoral al fin y al cabo. Así que si buscan en mí un nuevo referente, de cabo a rabo. Que se equivocan digo. Se equivocan de cabo a rabo. “¿Entonces para qué escribes so fantasma?” Se preguntará el más astuto zorro de entre ustedes. Ahora ahora, por pasos. Sin atoramientos que me agobio.

Escribo porque no tengo nada que decir. Y siendo sincero creo que es la postura más coherente a la que puede llegar un escritor. A mí me parece una falta de educación escribir sobre cosas interesantes, bellas o incluso emocionantes. Para eso ya está la vida, que lo hace mucho mejor. Además, cuando escribes algo, ya le has arrebatado parte de su alma, y yo nada de eso ni ganas. No estoy yo para ir arrebatando el alma a las cosas. Yo creo que lo de escribir, el ser escritor, es más bien un asunto de aburrimiento. Ni queriendo engañarnos nos creemos que Milton escribía así de bien por gracia y don de Dios. Él escribía así porque no tenía televisión por cable ni pizza a domicilio. A cualquier individuo de mediana edad que le quiten la comida basura y el cine fácil se le convierte instantáneamente en un genio literario. Esa es mi teoría.

Otra de mis teorías es la de la mal llamada inspiración. Miren, cuando yo oigo a alguien hablar de bulevares parisinos o de cafeterías a cuatro euros el café, me enervo cosa fina. Que no hombre que no. Las cosas no furulan así. Tú no puedes pretender no haberte leído un puñetero libro, ni dos ni cuatrocientos, en tu asquerosa vida, sentarte en una terraza con vistas al palacio real, apoyarte tu sobrevalorado MAC entre las piernas y que de golpe y porrazo te venga una epifanía en forma de cien años de soledad. Las letras, al igual que la vida, no funcionan así. Eso creo yo, que después de todo no tengo ni idea de escribir. De todas formas a mí no me hagan ningún caso. La mayoría de veces no sé ni qué digo ni por qué. Tal vez por eso sea el más indicado para escribir.  


                                                                                                                               B.B
             

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