jueves, 12 de diciembre de 2013

Síndrome de Stendhal.

Dicen que las cartas de amor se escriben, se saben y se tiran, sin que nadie más las lea. Como los problemas de matemáticas acababan en la basura del colegio. Duran escritas el tiempo suficiente para haber vomitado todas las palabras, el rencor y las ganas y haber asimilado que esto no se hace, esto no se toca y que se mira, de lejos, como si nada hubiese estado jamás en el papel, en nuestras vidas, en nosotros. Romper las promesas. Romper los propósitos de lunes setenta y cinco minutos después de hacerlos y siete segundos, con un leve giro y eso de "¿cómo estás?" a cualquier desconocido.

Ahora es tiempo de vomitar verdades y ganas antes de asfixiarnos. Antes de dejar que las mariposas, los gusanos y el daño se apoderen del estómago y la conciencia. Antes de comprender el romanticismo más allá de repetir, otra vez, que son sólo veinte años, la vida, Carpe fuck diem y todos tus qué más da, por qué no y yo nunca. Mañana. La semana que viene, quizás un mes. Quizás el verano. Siete o trescientos sesenta y seis días los que quedaban para entender que vivir era mucho más que respirar. O hacerlo, al menos. Respirar fuerte, reciclar todo el aire gastado en cualquiera de nuestros cuartos, de los sótanos o de un pasillo clandestino, vacío, de la nada.

Deshacer la cama, hacer el amor, afinar las mañanas en clave de nosotros. Hacerlo. Deshacerlo. Hablabas de los límites. De qué manera de romperlos, de rompernos, de romperlo todo. De otra vez de ser culpables por noctambulidad, alevosía y por las mil formas de deshacer botones, principios y la conciencia. La vida debajo de la almohada. Tú, allí, un lunes, queriendo salvarlo todo, otra vez que si el mundo, que si la democracia, decías, entre las sábanas, con tres horas de sueño y con restos del último podcast al fondo de los auriculares, aún en 'pause'.

Los problemas de matemáticas por hacer. Borrar la rutina, olvidar la última noche de viernes que llamaste a gritos pidiendo "ven, aquí, ahora". Cuántas copas iban a durarnos los recuerdos. Cuántos insomnios iba a durarnos el último domingo.



                                                                                                            Rocío García

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