miércoles, 8 de enero de 2014

Me encontré un diamante

Al grano. No puedo dormir, os contaré el por qué.

El pasado mes de septiembre me encontré un diamante. No es muy grande –apenas llegará a un par de centímetros- pero es de una belleza única, porque tiene toques rosados hacia la zona del interior de la piedra. No quiero que nadie sepa lo que he descubierto por miedo a que intenten robármelo, por ello lo guardo en secreto en una caja de cerillas, dentro de un armario con ropa de invierno. No es una piedra cualquiera, creo que estoy hablando de un diamante de sangre. 

Para salir de dudas, me acerqué a una joyería del centro y le pregunté al encargado. El susodicho, un señor de avanzada edad, fue reacio desde un principio a tocar la joya con sus propias manos. Me dijo que era originaria de las zonas desérticas del sur. Prosiguió con su descripción contándome historias de este tipo de piezas y del peligro que conlleva alejarlas de sus zonas naturales. Me contó que el brillante cambiaba al hombre poseedor de este, debido a la dualidad de sus cristales y, por lo tanto, me recomendó que me deshiciera de él, pues solo me traería problemas. Me dijo que lo vendiera, que es lo que haría cualquiera, pero yo no quiero hacerlo. Entonces me dio a entender que no volviera a su joyería. Yo no me creí ni un ápice de su historia, parecía sacada de las mil y una noches.

Es justo por las noches, cuando intento no pensar y dejar mi mente en blanco, no paro de dar vueltas en la cama. La almohada se calienta y se llena de sudor producido por el estrés. Entonces busco la piedra y me quedo mirándola durante horas. Es como verme a mí mismo en sus espejos. Puedo ver todos mis objetivos y aspiraciones. Las ilusiones de un mundo mejor y diferente. Un eterno sueño sin descanso.

La ignorancia de no saber cuál ha sido su historia me roba el descanso. Cuál fue el lugar donde se encontró por primera vez o el resto de dueños que habrá tenido. Respecto a esto último, seguramente haya sido propiedad durante un tiempo de otros ilusos como yo, pues se aprecian diversas roturas en su interior, a la altura más o menos del corazón del brillante.

Lo único que deseo al final del día es reunirme cuanto antes con Morfeo, pero haga lo que haga, el diamante siempre vuelve a mi cabeza, a desordenarla con una elegancia con la que antes, ni nada ni nadie habían conseguido. Un perfecto desastre en el que estoy atrapado.

Hace unos días tuve que tomar la inevitable decisión de devolverla allá de donde provino. Ahora mismo descansa en el fondo del mar. Su cristalina fisionomía se confunde con el agua y solo el sol -en un atardecer inesperado- puede hacerla brillar. Y aun así, estando a kilómetros de distancia, sigue en mi cabeza.

Algunos dirían que ya se pasará, que es cuestión de tiempo. Otros opinarían que tendría que jugármela y bajar al fondo del mar a recuperarla, aun corriendo el riesgo de ahogarme. Sinceramente, no lo sé, pero he de tomar una decisión o ella acabará conmigo… Perdónenme, menudo descuido... he dicho ella sin querer. No me lo tengan muy en cuenta, a veces no sé muy bien de lo que hablo.
                                                                                                     


                                                                                                                      Jesús Sánchez

1 comentario:

  1. Me ha encantado! Has conseguido emocionarme hasta el final con cada palabra... Genial, en serio :)

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