miércoles, 26 de marzo de 2014

Galicia unlimited

Yo quería ser gallega y periodista. Me esforcé por lo segundo, porque lo primero no se elegía pese a que algunas historias aún cuentan que por allí andaban mis padres nueve meses antes de nacer yo. No había más opción que resignarse, aparecían por todos lados como si quisiesen cambiar el periodismo o la literatura. O, quién sabe, hacer literatura dentro del periodismo. Qué cosas.

Las jodidas meigas no tienen rival, me decía hace días Alejandro Arroyo, que escribe con la calidad de un gallego pero nació en Madrid. Tenía razón, serán las meigas, pensé, ¿qué podría hacer para evitarlo? Yo tenía que ser feliz aunque no pudiera ser gallega. Pensé en ellos, dándome cuenta que esa obsesión no era sólo mía. Obsesión que había empezado al poco de llegar a la universidad, cuando descubres que 'Frontera D' es una web, o sea un punto de partida, y no un límite. Allí firmaba entonces Manuel Jabois, con su prosa que, en papel, no estaba. Paciencia. Más tarde añoraría esa tranquilidad de leer a desconocidos y el placer de descubrirlos. Yo no había leído a Camba, a González Ruano o a José Luis Alvite pero dentro del aula nunca me hablaron de ellos. Para qué iba a saber yo de periodismo y periodistas con la de leyes, tratados y teorías que quedaban por estudiar. Por suerte uno acaba siempre cruzándose con aquello que busca, al más puro estilo Maga y Oliveira, andando sin buscarse pero para encontrarse. Allí los encontré, mentiría si dijese que recorriendo los pasillos de una biblioteca buscando alguna lectura que devorar. ¿Quién hace eso, hoy, en 2014? Aparecieron en Twitter, como casi siempre. Meses más tarde, Jorge Martínez, otro de esos tuiteros que no sé de dónde salen pero te alegras de conocer, se preguntaba qué carallo estaba pasando en Twitter con los gallegos. Por allí llegué yo a Julio Camba, que era poco más que leer a Jabois cien años antes. Y después de eso, recuerdo, una explosión. De repente todos reeditaban a Camba. Camba y sus mejores páginas, Camba en el Palace. “Cambas al ajillo, cambas a la plancha”, que decía Hughes. Y con ello, los demás. 




Recuerdo también aquella primera vez con Alvite y Mirás. Aquel mano a mano entre el cáncer y ellos. “Pero no te detengas, hermano. Ya sabes que en el periodismo perder el tiempo se considera menos digno que perder la vida, del mismo modo que sabes que vivimos en un país en el que el talento se considera una perversión de la inteligencia”, decía Alvite. Y así era. Nacho Mirás iba a regalarnos las noches (y sigue, y que siga hasta acabar con esa asquerosa fritura) y las palabras de alguien que no se cansa de estar vivo.

No era suficiente la conquista. Iban y venían usando teclados que parecían haber incluido la palabra ‘vodka’ entre sus teclas. Tallón escribía de huidas y en Pontevedra salían despavoridos de casa para volver en busca de bocadillos de nocilla y más palabras. En busca de las cartas que él, Tallón, había empezado a escribir a Diego E. Barros en las páginas de El País, anunciando silenciosamente una reconquista. De los bares. De los mayores, de los borrachos. De la vida. O qué se yo, quizá de nada. De ese neoumbralismo que dice Arcadi que no dice nada. Pero lo dice tan bien. Silenciosamente o a gritos. Qué estará pasando en Galicia. Por qué Rafa Cabeleira había empezado a aparecer en todas partes: redes, blogs y hasta en la radio, hablando del Barcelona, de Messi, consiguiendo que le prohíban la entrada a los bares de Madrid. A Madrid, incluso, por donde ya andaba Jabois, rendido a todos los consejos que desembocaban con él, ya riquiño y columnista, en Madrid, capital de la columna. “A veces pienso que en Madrid no deben de tener otra cosa que hacer que esperarme a mí”, contestaba. 

“Ahora pienso que la grandeza de un escritor se mide por el poco margen que deja en sus textos a que un desaprensivo se haga con un párrafo y lo convierta en discurso, moraleja o lección”, prologaba Jabois a Camba en sus páginas mejores. O en sus mejores páginas, que es la máxima expresión de Galicia por muy esperpéntico que se hubiese puesto ya antes Valle-Inclán. Ellos, que no funcionan a extractos de copia y pega sino a golpes de creencia y conciencia, de categoría y anécdota. Los gallegos, de hecho, son los únicos que, parafraseando a Larra, no lloran en España, sino todo lo contrario. Escriben, viven y se emborrachan como si esto fuera una luz que prende las manos para hacer sonar las letras. Nos resignamos, no ser gallego es, probablemente, escribir peor, vivir peor. Haremos, pues, como dicen ellos: "Mexan por nós e temos que dicir que chove".


                                                                                                                     Rocío García

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