viernes, 21 de marzo de 2014

Somos los goles que hemos vivido (XIII)

Antonio Agredano

Los goles son pornografía. Yo soy de los goles que no fueron, del erotismo de un larguero, lo que pudo ser pero no acabó siendo. De lo que se sugiere más de lo que se muestra. Hago excepciones, cuando bebo. También cuando estoy triste. Como hoy, que pienso en un gol que fue. Que se nos mostró carnal y sudado. Un gol del Córdoba al Cartagonova que marcó el principio de mi cordobesismo tras años de desprecio a los colores de mi ciudad. Yo tenía diecinueve años. Un año antes había celebrado el gol de Mijatovic que hizo al Madrid campeón de Europa. Cenaba con mis padres en un bar viejo. El Córdoba se jugaba subir a Segunda después de muchos años en el lodazal de la B. Y Ramos marcó de falta, lejanísima.

No me sentí especialmente bien. Lo celebré con tibieza, como en un zoológico en el que yo era sólo el visitante. La gente se abrazaba a mi alrededor, mi padre y yo nos mirábamos con seria complicidad. Ninguno de los dos creíamos en un equipo esquelético, clandestino, hermosísimo por su ferocidad sólo a ratos. Al que aún no le habíamos cogido el gusto, como ya de mayor saboreas el vino o la cerveza que de pequeño habías probado a hurtadillas y con mohines.

El Córdoba subió esa noche y disfruté como se disfrutan las películas que a veces pasan de madrugada: intentando retener cada fotograma para recordarlo quizá mañana. El amor es de sombra cuando uno ama a un equipo como el Córdoba, tan cargado de nada, de realidades que no gustan. No aquella noche en la que el gol se abrió de forma nueva. Yo tenía diecinueve años y no me gustaba mi vida. Por amar lo que no existe. Por amar los goles que no son. Salvo aquel de Ramos al Cartagonova, tan pornográfico y verde en la enorme pantalla del bar donde cenaba con mi familia.




Galder Reguera

Fue el domingo 16 de septiembre de 1990, a las siete y veinte de la tarde. Ritxi Mendiguren batió a Roberto, portero de Osasuna, las casi cuarenta mil personas que abarrotaban San Mamés gritaron y saltaron de alegría al unísono y yo me hundí en una tristeza infinita.

En realidad en un primer momento también celebré el gol, brazos arriba. Pero fue apenas un instante, un único segundo en el que pude olvidar que él acababa de dejarnos. Al punto la consciencia de su desaparición regresó e hice aquello que los veinte primeros minutos de partido había evitado con temor: me giré para desde mi lugar buscar su asiento en Tribuna Principal, tal y como siempre hacía en los momentos claves de un encuentro. Esta vez, claro está, no encontré sus reacciones a goles, expulsiones, penaltis. Tampoco un asiento vacío, como una imagen literaria. En su lugar, en su localidad de toda la vida, un desconocido celebraba el tanto de Mendiguren.

Fue ahí cuando, como un líquido espeso, la tristeza me rodeó por completo. Pensé que aquel gol era el primer gol del Athletic que él no había visto, el primer gol que había celebrado yo solo en San Mamés. Recordé (quizá imaginé, pues la memoria no llega tan lejos) cuando veía los partidos sentado en sus rodillas y al marcar los nuestros me cogía de las muñecas y levantaba mis pequeñas manos gritando “gol” sin gritar del todo, de manera contenida, para no asustarme. Recordé también la primera camiseta rojiblanca que vestí y su mirada de orgullo y felicidad al verme con ella; los primeros partidos en San Mamés, a donde acudía siempre de su mano, aquella ocasión en la que insulté al árbitro y él me reprendió con un “aquí no” que resumía que en nuestro campo había que comportarse de una determinada manera (¡qué mal me sentía por haberle avergonzado!); el día en que nos regaló a mis hermanos y a mí un abono de temporada y después cuando definitivamente nos hizo socios. Tantos recuerdos rojiblancos, tantos recuerdos de San Mamés, y todos unidos a él.

Fue el domingo 16 de septiembre de 1990, a las siete y veinte de la tarde. Yo tenía quince años y mi aitite había muerto seis días antes. Se había ido, y lo había hecho de un día para otro, sin previo aviso, de repente. El sol lucía ahora en San Mamés y yo miraba en derredor, extrañado ante la evidencia de que el mundo siguiera rodando aunque él no estuviera, de que el Athletic continuase marcando goles aunque él no fuera a San Mamés a celebrarlos.

El partido continuó. Tres minutos después marcó Valverde, pero yo no lo celebré. No aconteció ese instante de inconsciencia, ese segundo en el que pude olvidar la muerte de aitite. Después, un niño sentado detrás de mí preguntó a su padre por qué los jugadores del Athletic llevaban brazalete negro. El padre contestó que “alguien habría muerto” y su manera de decir “alguien” me indignó profundamente. Luego a un defensa del Athletic el brazalete comenzó a caérsele y en lugar de atárselo más fuerte, se lo quitó y lo lanzó fuera de la banda. Cayó justo enfrente de nosotros. Y ya no recuerdo más del partido. Desde ese momento y hasta el final mi mirada descansó en el brazalete, y solo se elevó de vez en cuando para mirar al cielo y suspirar, como si de esa manera pudiera sacar de mí algo de la pena que me quemaba por dentro.

Fue el domingo 16 de septiembre de 1990, a las siete y veinte de la tarde y después de aquel gol de Mendiguren, para mí ya nada fue lo mismo.



Lo reconozco, tengo mala memoria, muy mala memoria. Y no es algo de ahora que me estoy haciendo mayor, no, la cosa viene de lejos, no sabéis la de problemas que me trae con mi mujer. Y claro, cuando me llega la petición de Juanan para describir mi gol favorito, pienso, “¿cuál es mi gol favorito del Betis?”. Total, que si me pongo a pensar, pues sí, me salen varios goles que han sido muy importantes para mí y para mi equipo, pero se trata de recordar que hacías en ese momento, y que significó para ti. Eso ya es forzar mucho mi mente, no acostumbrada a rebuscar en lo más hondo de mis recuerdos. El gol del que me gustaría escribir, para qué engañarnos, sería el que nos evitase bajar a segunda división en la última jornada, sufriendo y en el último minuto, a modo del que marcó Corominas para el Espanyol, pero creo que más de uno saldría en ambulancia del Villamarin, y además, de milagros ya andamos justitos en la Palmera. Así que, con una posibilidad de fallo de un +-15% sobre qué pasó, voy a intentar contar mi gol favorito del Real Betis Balompié. 

Era Junio, 2005, y el Betis nos había dado uno de los mejores años de nuestra historia. Serra Ferrer, el gran Serra Ferrer, en los banquillos, hizo que acabáramos cuartos en la liga. Primer equipo andaluz (vamos, antes que el Sevilla) que se clasificaba para la Champions League. Nos llevó además a la final de la Copa del Rey, en el Calderón. Yo por aquel entonces ya vivía en Barcelona, en un piso viejo del Raval, así que no pude juntarme con mis amigos de siempre e ir a un bar a ver a nuestro Betis, por lo que lo vi solo en casa, en la tele, como me gusta a mí ver los partidos. Solo, porque me pongo muy nervioso, y grito mucho, y me desespero. Porque yo soy así, ya podemos ir ganando 3-0 que yo sufro por cualquier carrera por la banda del rival. 

Aquel año teníamos una gran plantilla, Juanito, Assunçao, Cañas, Joaquín, Edú o Capi. Grandes jugadores y muchos de la casa, algo que gusta mucho en el Villamarin. Aquel año la final fue Betis-Osasuna, algo que seguro no le gustaría a Javier Tebas, ¿quién iba a ver esa final si no estaban ni Barça ni Madrid? 

La final en si fue intensa, con poco futbol, pero muchas ganas por ambos equipos. Hasta el final no hubo goles, primero, Oliveira para el Betis, en el 74 pero no tardó Osasuna en empatarnos, Aloisi en el 81. A mí me iba a dar algo, tan cerca y se nos iba. Prórroga (qué puede haber peor que una prórroga con tu equipo jugándola) y nuestro héroe ya está en el campo. Nuestro héroe llevaba meses de lesiones graves y de muchas críticas, de centrales rivales, por su carencia a caerse en el área y muchas veces de su propia afición, que pensaba que no siempre daba todo lo que podía. 

Yo, que ya no sabía cómo estar en la cama que usaba de sofá, estaba cruzando los dedos para que no llegaran penaltis, no lo podría soportar, cuando de repente, a falta de 5 minutos para el final, Varela se pone a correr por el centro del campo hacia el área rival, solo le acompañan Oliveira y Dani (el héroe) y en un preciso pase Dani recoge el balón en la esquina del área, se la acomoda a la izquierda, y de fuerte chut le cruza el balón a Elía, que nada pudo hacer. La locura, gritos, mas gritos, carreras por mi comedor (que era estrecho, pero largo), mas gritos, bailes con mi perro Bruno, mas gritos (esta vez en el balcón), bandera del Betis ondeando en el centro del Raval barcelonés, mensajes de mis amigos (desde Sevilla y desde el Calderón) locos de alegría, algunos llorando. Habíamos ganado la Copa del Rey, la habíamos ganado gracias a un chaval de Triana, en una prorroga, sufriendo, como casi todo lo que hace el Betis. Y yo, aunque solo y sin nadie con quien celebrar, era la persona más feliz del mundo. 
En ese grito y en esa carrera por detrás de la portería de Dani estaba yo, mis gritos, mi alegría, mis lágrimas, mi piel de gallina cada vez que vuelvo a ver el video. En esa carrera le acompañaba media Sevilla.




Recuerdo aquella temporada como la primera que viví con máxima intensidad. Desde luego no fue por el buen juego desplegado por el equipo o las estrellas de la plantilla. No. El caso es que fue así. Habían pasado ya 37 jornadas, casi 10 meses muy duros con baches, derrotas, críticas y remontadas. Sobre todo con remontadas. Higuaín frente al Espanyol, Roberto Carlos en Huelva, el Tamudazo… Tantas veces al borde del precipicio salvadas más por fe y pundonor que por fútbol. Valía igual. Solamente quedaba rematar la faena, y aquella tarde de junio terminaría por resolverse una de las ligas más emocionantes de los últimos años.

17 de junio. 21:00. Nos habíamos reunido en el bar de siempre algo más de una hora antes del pitido inicial. Había que coger un buen sitio para ver cómo terminaba el curso futbolístico. En una de las televisiones podía seguirse el partido del Barcelona, que jugaba ante un descendido Nástic. Tampoco importaba demasiado; si ganábamos, éramos campeones. Y así, acompañado por los fijos de esa temporada, incluido mi padre, Coca-Cola y surtido ibérico en mano, comenzó el Real Madrid-Mallorca de la 38ª jornada de Liga. A 90 minutos de la gloria.

Nervios, muchos nervios. No sólo en el bar, sino en la piel de los 11 jugadores de blanco que había en el césped del Santiago Bernabéu. Un disparo al poste nada más empezar y un gol en el minuto 15. Buen balance para un Mallorca que no se jugaba nada más que unos maletines (presuntamente). Un cuarto de hora después, Ruud Van Nistelrooy, pichichi de la temporada y principal baza blanca en ataque, se echaba la mano a la parte posterior del muslo y decía adiós al partido. Situación al descanso: 0-1, sin VanGol, 0-3 en Tarragona para el Barça. Un drama.

Empezó la segunda parte sin signos de reacción. El Mallorca se acercaba a la portería de Casillas con mucho peligro, y el conjunto merengue era incapaz de controlar el partido. A balón parado, con Beckham como protagonista, sí había opciones. En el 65 también era sustituido por problemas en el tobillo. Sus últimos minutos con la camiseta del Real Madrid. Entraba Reyes. Marcó el 1-1 al cabo de dos minutos, y vio cómo Diarra cabeceaba el balón del 2-1 en el 79. Sólo teníamos que aguantar diez minutos más ante un Mallorca que no iba a rendirse. Y llegó.

Jugada por la banda derecha del Real Madrid, que supera la línea de presión mallorquinista, recibe Higuaín con espacio y arranca haciendo la diagonal, envía el balón a Robinho y busca la pared. En el intento de control del Pipita el defensa toca el balón, que queda muerto a unos 5 metros de la frontal del área. Llega Reyes en carrera, y ajusta con la zurda y rosquita al palo largo. Gol. Campeones. La locura se apoderó de los jugadores, incluido Casillas que fue a celebrarlo con el resto, del Bernabéu y del bar. Ese pequeño reducto de madridismo en el País Vasco, el único local en el que ponían todos los partidos del Real Madrid por aquel entonces, estallaba de alegría al grito de “campeones, campeones”



No llegué a llorar, pero es sin duda uno de los momentos más emocionantes de mi vida futbolística. Probablemente hasta el día en que llegue la Décima seguirá siendo así.










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