lunes, 24 de marzo de 2014

Somos los goles que hemos vivido (XIV)

Cansaliebres

"—Papá, ¿por qué soy del Villarreal?. —Pues no lo sé hijo. No lo sé. Siempre has sido un poco rarito." Ése sería mi spot publicitario para los que somos sufridores del Villarreal. Todavía no he sabido responder a todo aquel que me ha preguntado que por qué me hice del Villarreal. Pero sí sé que hoy es mi equipo, siento los colores y me siento muy orgulloso de mi equipo.

Permitidme que en lugar de rememorar el gol que me marcó, rememore el NO GOL que me marcó. Tengo que remontarme al 25/04/2006, semifinales de Champions frente al Arsenal (El Villlarreal en semifinales de Champions, impensable por aquel entonces y todavía más ahora). Corríamos con la desventaja del 1-0 en contra de la ida y el 0-0 se merendaba los minutos que la vuelta nos ofrecía en el Madrigal. Pero llega el minuto 88, ¡Penalti a favor del Villarreal! Los 16 cigarros que me fumé durante el partido fruto de los nervios dejaron de hacer efecto. Se me salía el corazón. Teníamos al mejor carroñero desde los once metros: Juan Román Riquelme, infalible desde el punto fatídico. Ese penalti significaba mucho, y si alguien tenía que lanzarlo era él. Faltaban segundos para que, por primera vez en mi vida, derramara una lágrima por el fútbol. Llega el momento, Riquelme lanza y las manos de Lehmann tiran por la borda años de esfuerzo de un equipo humilde, honesto y que posiblemente nunca más en su historia pueda llegar tan lejos. Aún veo el vídeo y se me erizan los pelos de todo el cuerpo, y a vosotros, aun no siendo del Villarreal, seguro que si lo veis también.



Josep Bobé

28 Noviembre 1.976. Estadi Nou Camp. Mi abuelo se me adelanta para bajar los escalones que llevan a sus asientos de la boca 29. Fila 21 en la primera gradería . En esos tiempos el terreno de juego estaba mucho más cerca que ahora. Cosas de las sucesivas ampliaciones y el hundimiento del rectángulo de hierba para ganar localidades. Banco de madera listonada corrido a lo largo de la grada y números en blanco pintados en el respaldo igualmente de tablones de madera, pintados de verde. 

El líder llegaba al Camp Nou. El Valencia de Kempes, Diarte, Adorno y Rep, aunque éste quedó en el banquillo. El Barça, jugaba con Clares. La noche de Manolo Clares. Su única noche, casi. Sus cinco goles. Pero el cuarto del encuentro, ése, no lo marcó él. Ese fue tuyo. Uno de los dos que marcaste con la blaugrana. Y es el único de los seis, y de los muchos, que pasados 36 años recuerdo. 

Centro de Reixach. Pasado. Muy largo. Por una vez, su derecha, más que un guante parecía una manopla. Ahí fui a las primeras filas de la grada para ver si llegaba ese balón. Y ahí apareciste tú. Alfredo Amarillo Kechichian. Uruguayo, acabado de fichar, ese verano, del Valladolid. Lateral o centrocampista zurdo, con esa media melena que se os exigía a los oriundos, acorde a la época. Esa melena que hizo que me gustase el Atlético de los Ayala, Heredia, Marcelino,… Esa melena que nunca me dejaba llevar mi madre. 

Ahí llegaste para impedir que me hiciera con el balón. Tu pierna izquierda se levantó por encima del nivel de tu cintura como no he vuelto a ver jamás hacer a nadie. El arco descrito se quedó grabado a cámara lenta en mi mente. El empeine impactando al balón, justo en el momento de máximo vuelo de tu pierna, en ése preciso instante en que el empeine forma el inicio de una línea recta con el marco. Esa centésima de segundo en que ocurre. Y ese obús entró por la escuadra contraria de la portería. 

Y ahí me quedé, en primera fila de la gradería, lo más cercano al césped, con las manos adelantadas a la espera de que llegase ese balón para intentar cogerlo, condenado a perderse por la banda. Nunca te perdonaré que con tu gol impidieras que saliese por la pantalla blanca y negra a mis trece años. 

A día de hoy, sigo soñando en ver algún gol así otra vez en el campo, en directo. Por si acaso siempre llevo un pañuelo a la espera de poder sacarlo como hizo mi abuelo ese día.




Cualquier amante del fútbol recuerda con cariño su primer Mundial. En mi caso fue Francia 98. El PC Fútbol 6.0 y los cromos de Panini habían cosechado la semilla de mi obsesión. No elegí un gran año dado que el Sporting de Gijón, el equipo de mi ciudad, batiría registros negativos esa temporada para acabar descendiendo a Segunda División. Pero aquel Junio, entre otras cosas, peleé por el mando de la tele para ver un Brasil-Noruega que acabó en sorpresa o, para mi lamento, me perdí los dos cabezazos -al balón- de Zidane en la final por culpa de mi tío. Lo que no me perdí fue el despeje de Zubizarreta hacia su propia portería que a la postre dinamitaría las opciones de España. Tras el gol apagué la TV. Todavía era un crío que prefería jugar al fútbol que verlo para, además, sufrir. 

Dos años más tarde, Bélgica y Países Bajos acogían la Eurocopa. Y conforme a la tradición, cuando las cosas se torcían yo apagaba la televisión. Por tanto, tras el gol de Yugoslavia en el minuto 75, me marché. Sí, me perdí aquel agónico triunfo con gol de Alfonso. Al día siguiente quería morir, pero es posible que aquel fuera el momento en el que la pasión por el fútbol caló con toda su hondura en mi cuerpo. Ya nunca me perdería ningún tiempo de descuento, a pesar de que ello trajera consigo muchas lágrimas. Días más tarde, Raúl fallaría un penalti decisivo. Peor fue en Corea; tras haber madrugado, una eliminación en penaltis y con injusticia arbitral de por medio. Creo que nunca he llorado tanto tras un partido de fútbol como aquella vez. Y sin embargo, ya había comprendido por qué lo hacía. 

Porque, simplemente, compensaba. Todos los malos momentos, todos los sinsabores delante de una pantalla de televisión o en un estadio de fútbol, serían, tarde o temprano, recompensados. Sólo había que ser paciente y confiar, aunque no dependiera de mí. Y lo ha hecho con creces. Con los goles de Luis Morán que significaron ascenso y permanencia, los goles de Drogba que valdrían una Champions League, o el gol de Fernando que coronaría, por primera vez y tras muchos años de penurias, a España como campeona. Sin embargo, aquel gol de Alfonso, aquel gol que no viví, sigue siendo el motor de todo. El que te hace confiar aunque tu equipo tenga que marcar 3 goles en 5 minutos. El que te hace confiar en que, aunque pierdas, en el futuro volverás a ganar.




Miguel Sureda Nieto

Nedved, el puto Nedved. El puto Pavel “tengo un balón de oro como pisapapeles” Nedved. Él rompió mi corazón con una volea zidanesca, a la media vuelta y sin mirar a puerta. En un minuto 81 se me esfumó cualquier esperanza de ver al Mallorca levantando un título europeo en su primera y, seguramente, última tentativa. De pasó, a mis 14 años, comprendí definitivamente y a marchas forzadas que no siempre ganan los buenos.

Porque en la final de la última Recopa, claro, nosotros éramos los buenos. Pocas dudas albergaba al respecto, después de alcanzar sucesivamente ascenso a Primera, final de Copa del Rey y la de aquella Uefa Winners’ Cup. Además, era el club simpático oficial, mientras que la Lazio encarnaba el papel de Goliath: Construido a golpe de talonario, impregnado por el prototípico catenaccio y con claras connotaciones fascistoides. No han existido mejores honderos que los baleares y, pobre de mi, estaba convencido de que el Mallorca se disfrazaría de David para tumbar al equipo laziale.

Una pantalla gigante y unas sillas de plástico en formación trasladaron el Villa Parka a la plaza de mi pueblo. Desde allí vi, junto mis vecinos, el gol inaugural de Vieri y el posterior empate de Dani García. Nuestros chicos compitieron con gran valor y dieron cierta esperanza de victoria, pero el final empezó a advertirse cuando ya en la segunda parte rompió a llover y corrí hacia casa para ver el final del encuentro. Allí sufrí la genialidad del blondo checo. Un dos a uno que me partió el alma antes siquiera de que lo intentara ninguna mujer. El trago de perder otra final (venía de hacerlo el año anterior contra el Barcelona) me obligó a maldecir al destino a la vez que solidificaba mi amor a los colores rojo y negro.

Observando incapacidad de los Dani, Stankovic o Ibagaza de lograr el milagro del empate en los últimos minutos, traté de jugar mi única baza disponible: Me fui a la cama antes de que acabara el partido. Traté de retorcer la dey de Murphy a mi antojo y sacrificarme por el bien del equipo. Como ocurre cuando uno va al servicio o a buscar una cerveza de recambio, pensé que encerrado en mi habitación me perdería el 2-2 y al día siguiente sabría que mientras yo dormía se jugó una prórroga y, quizás, tanda de penaltis que diese ganador al Mallorca. No fue así, ni llegó el empate ni me perdí los últimos minutos, puesto que oía perfectamente la televisión desde mi cama. Aquella noche dejé de creer en los milagros y comprendí que los buenos no ganan por decreto, como si aquel gol de Nedved me hubiese obligado –muy a mi pesar- a pasar definitivamente de la niñez a la adolescencia.


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