miércoles, 9 de abril de 2014

Somos los goles que hemos vivido (XV)


A los 10 años uno no está preparado para vivir algo como aquello. Esa era mi edad en aquel domingo de recuerdo trágico para todo madridista, y es posiblemente, unos de mis primeros recuerdos nítidos como aficionado del Real Madrid. He intentado remontarme al primer gol que recuerdo como niño, el día después de un decepcionante clásico y he llegado al gol de Pier, supongo no es una casualidad. Recuerdo perfectamente esas primeras y emocionantes emisiones de Canal Plus, su musiquita de tensión, un joven @carlosplus y un Michael Robinson que a día de hoy sigue hablando español igual de regular que aquella primavera del año 92. Recuerdo ese partido, porque lo empecé como si no fuera muy conmigo la cosa y salí enganchado completamente al fútbol y al Real Madrid.

Un Heliodoro Rodríguez López lleno hasta la bandera, cuyo césped estaba iluminado por un sol intensísimo que provocaba esa visibilidad tan molesta, con esas luces y sombras para el aficionado que lo ve por la TV. Por ello Paco Buyo, portero merengue en aquellas ligas y protagonista estelar del gol de Pier, lucía una gorra muy 90´s que haría las delicias de los hipsters más vanguardistas actuales. La idea era que el sol no le cegara en los balones aéreos. El partido está empatado a dos, ya que incomprensiblemente el Madrid se ha dejado empatar por un Tenerife voluntarioso y muy primado, entrenado por Jorge Valdano, un partido que valía una liga y que tenía sentenciado en la primera parte. En la tele se producían constantes conexiones con el Camp Nou, donde el FCB dependía de un pinchazo merengue en Tenerife para poder proclamarse campeón de la Liga 91/92. El empate les valía si ellos ganaban al Athletic de Bilbao. 

El Madrid saca de centro con las caras de los jugadores rozando el pánico, Mendoza fuma en el palco un cigarro tras otro y la cara de mi padre deja claro que algo muy grave está por venir. En esos momentos el FCB ya sería campeón con ese empate blanco. Yo aún pensaba que el Madrid marcaría otro porque no entendía de estados de ánimos y debacles futboleras. En teoría el Madrid, aquel equipo eran restos de la quinta, ganaba siempre las ligas. A los jugadores blancos les quema el balón tras sacar de centro, tras un intento desesperado de colgar a la olla, llega rechazado a la banda donde se encuentra Sanchís, aproximadamente en la mitad de la cancha. Ante la presión de un jugador tinerfeño lanza un punterón de 50 metros fuerte y alto que pretendía ser un pase a Buyo. 

En esos tiempos el portero podía coger con las manos un centro de un compañero, a diferencia de la actualidad que se sancionan ese tipo cesiones. Aquello no fue una cesión, fue un chut envenenado a la escuadra de la portería que defendía Buyo. En realidad, ese misil de Sanchís no iba a puerta, hubiera salido fuera por poco y provocado un córner. 

Dado que al Madrid le faltaba un gol milagroso, a un Paco Buyo con gorra, sol de frente y muchas prisas, se le ocurrió que salvar el córner y dejar la pelota muerta en el área pequeña, mientras él estaba fuera de la portería sería una buena idea. La gorra no funcionó, salva Buyo el córner quedando prácticamente fuera del campo, balón muerto, gol de Pier, liga para al FCB y mi bautismo definitivo como madridista incondicional es un hecho.







Noviembre de 1991. La parte de mi corazón que llevaba los temas del amor estaba más congelada que Han Solo en “El Imperio Contrataca”, pero la que se encargaba de gestionar mi pasión blaugrana, esa, amigos, ardía con el fuego de la victoria. Los 80 habían sido horribles, una sola Liga, la del entrañable Terry Venables, un par de Recopas de Europa y tres Copas del Rey, amén de algunas batallas ganadas al Real Madrid que servían para justificar temporadas y rearmar moralmente al siempre sufrido culé. Pero la verdad era que la culerada quería tocar “pelúa”, que dicen los toreros, y ésa no era otra que la maldita Copa de Europa, que se le seguía resistiendo a un club que ya iba camino del centenario. El Madrid tampoco se había lucido en el máximo torneo continental, pero es que los colegas llevaban cinco ligas ganadas seguidas, presumiendo de canteranos y con un presidente más chulo que un ocho. Hugo Sánchez goleaba a placer, dando volteretas y agarrándose la huevada por todos los campos de Primera División, y el culé veía año tras año cómo se esfumaba la Liga, a pesar de invertir morteradas de dinero en fichar a los mejores jugadores del mundo. Pero nada, que no había manera. La salida del Camp Nou era conocida como “La Senda de los Elefantes”, por la manera en que la culerada salía moviendo la cabeza de un lado a otro, perplejos y estupefactos cuando un equipillo de medio pelo se chuleaba de aquel equipo que parecía un Belén, todo lleno de figuras que no se movían.

Todo este lúgubre panorama empezó a cambiar a finales de los 80. El ínclito presidente culé, Josep Lluís Núñez, harto de derrochar dinero y concentrar el grueso de sus victorias en los torneos de verano, contrata a toda una leyenda del fútbol mundial y un ídolo de la culerada, don Johan Cruyff. El equipo no daba más de sí, y para acabar de arreglar el tema, la plantilla se había sublevado en el hotel Hesperia pidiendo la dimisión del presidente, con Luis Aragonés a la cabeza. Núñez se puso en manos de Cruyff y éste se puso a la tarea de no sólo renovar la plantilla, sino cambiar toda la filosofía del club, desde los niños que apenas eran más grandes que la pelota hasta los flamantes fichajes para la plantilla del primer equipo.  Tras unos inicios titubeantes, los resultados empiezan a llegar. Los resultados… y la suerte. Porque Cruyff se reveló como uno de esos entrenadores que yo (discúlpenme por el soez neologismo) llamo “culiflores”, esto es, con una flor en salva sea la parte que te ayuda en los momentos críticos. Tras salvar dos temporadas en las que se llegó a pensar en largar al flamante entrenador, comienzan los gloriosos 90 con la primera de las ligas de Cruyff. Y con ella, la leyenda del Dream Team, una apisonadora que se impuso en el campeonato doméstico durante cuatro temporadas consecutivas. Ayudada, eso sí, por la flor de Johan en forma de campeonatos ganados en la última jornada (remember Tenerife…).

La Suerte, la Diosa Fortuna, parecía que por fin se dignaba a echarle un cable a la sufrida culerada, y lo iba a demostrar en la Copa de Europa de 1991-1992. Hubo dos ocasiones en las que la diosa, puede que en felicísima alianza con nuestra Moreneta, nos sacó de las arenas movedizas que amenazaban con tragarse nuestros sueños de gloria europea. La más conocida, sin duda, es la de la final, solventada por un gol de falta de Koeman cuando ya la cosa se encaraba a los penaltis, de infausto recuerdo para los culés tras la debacle de Sevilla con el Steaua de Bucarest. Pero servidor se queda con la primera, y ya era hora de que desvelara el secreto tras dos párrafos y medio de brasa, ustedes sabrán perdonarme… En fin, vamos al lío. 

El Barça se enfrentaba en doble eliminatoria al Kaiserslautern, equipo alemán de palmarés más bien reducido pero de grato recuerdo para el culé, más que nada por haberle endosado un 5-0 al Real Madrid en aquellos tiempos en los que los barcelonistas nos resignábamos a vivir las derrotas blancas como victorias propias… El caso es que el Barça había ganado con cierta comodidad en el Camp Nou con dos goles de Beguiristain, y el viaje a Alemania se presentaba a priori plácido, una cosa de defender el resultado y no complicarse demasiado la existencia. Pero nos la complicamos. Y de qué manera. Los rocosos alemanes nos metieron un vapuleo de no te menees, y en el minuto 76 el Barça perdía por 3-0. Eliminatoria perdida, y vuelta a los tiempos de la mala suerte, de las postes cuadrados de Berna, de los penaltis malditos de Sevilla, del sempiterno victimismo culé. No podía ser. Éramos el Hergé Team, con Koeman como un grandullón, rubio y sanote Tintín y Stoichkov como fiel Haddock cascarrabias. Joder, que teníamos un equipazo… Perder la eliminatoria con aquellos toscos alemanes era un castigo demasiado grande, otro volver a empezar, otro retornar a picar piedra en busca de la enésima oportunidad… Pero Fortuna & Moreneta, como ya he explicado, nos echaron un cable. Bueno, más que un cable varios rollos enteros. Cuando el árbitro ya tomaba aire para pitar el final del partido, Tintín Koeman lanza una falta y, entre un mar de fornidos alemanes, emergen los 175 centímetros de José Mari Bakero para cabecear y colocar un 3-1 que clasificaba a los culés para jugar la liguilla y poder así acceder a la final.

Ese ha sido, sin lugar a dudas, el gol de mi vida. Porque supuso un estallido de alegría en tiempos personalmente turbulentos. Porque sacó definitivamente al Barça del pozo del legendario fatalismo, de las quejas de los árbitros, de la mala suerte, de oscuras confabulaciones destinadas a perjudicar los intereses culés, de nefastas conjunciones interplanetarias, de oscuras maldiciones atávicas, de males de ojo zíngaros... Aquel gol nos demostró que Fortuna también podía estar con nosotros, pero que si además se ponía buen juego y una filosofía deportiva coherente, pues mejor que mejor. Aquel gol demostró que el Barça estaba en el buen camino, que había que dejar de dar prioridad a la cartera para dársela a la cantera (y ustedes perdonen por tan manida y tópica expresión). Gracias a aquel gol se ganó la ansiadísima Copa de Europa, sí, pero también se liquidó la maldición de Berna, se olvidaron los penaltis de Sevilla, y se plantaron las bases de un gran Barça. Por cierto, ¿ven ustedes a ese chaval del centro del campo culé? Sí, el que se abraza a Koeman. Pep creo que se llama. Pienso que podría llegar a ser un buen entrenador. ¿Ustedes qué creen?    


                                




Me dice Juanan que llegue aquí y escriba algún gol. Pienso en Palop y aquel gol que llevaría al Sevilla a reinar en Europa. Pienso en Fernando Redondo y en un taconazo que Raúl remataba en Old Trafford. Pienso en todos los momentos felices que nos deja el fútbol y que recordamos entre cervezas años después. En los de la infancia, cuando no te llegan los pies al suelo desde el sofá y algún adulto te explica, como si no hubiese nada más importante en el mundo, por qué aquel momento pasará a la historia. Y, de repente entiendes que la historia se mide por las veces que uno cae y levanta. Que la gloria se alcanzaba con derrotas, que los defectos se convertían, con esfuerzo, en virtudes.

Cada vez iremos sintiendo menos y recordando más, reflexionaba ese Oliveira de Cortázar en sus paseos por París. Los recuerdos quedan ahí, en las páginas de un álbum que fue, que pudo haber sido más y que no llenó del todo, pero supo a gloria. Nostalgia y superación, rendición y aprendizaje. La historia de pequeños pasos para llegar al final. De los kilómetros recorridos entre Málaga y Dortmund, entre la nada y lo eterno.

Quien escribe, hasta hoy, odió las primeras personas pero cuando todo a tu alrededor da vueltas, acabas perdiendo tú también el equilibrio y esta historia dejó de ser solo la de un club para ser la de una ciudad que se revolvía en el sofá aquel martes de abril quedándose a las puertas de la gloria. 

Ha pasado ya un año. Vivimos lo que fue pero también lo que quisimos que fuese. La autovía sólo presenciaba el ir y venir a toda velocidad de los coches, como si tuviésemos prisa por pertenecer a la historia. Como si aquel día no fuese importante de por sí y quisiésemos más. Las clases habían estado más vacías esa tarde, muchos corrían a la calle, al bar, a casa. Muchos habían corrido ya hasta Dortmund, sin importar las horas de autobús, el esfuerzo o el tiempo. Coraje y corazón, dice el himno del Málaga, miedo y ganas. 

La ida, en Málaga, había acabado en 0-0. El vaso vacío de aquellos que creían importante marcar ante la afición. Medio lleno, quizá tres cuartos, ante la importancia de no haber encajado gol y sí haber competido (y de qué manera). Era nueve de abril y aquella noche Willy Caballero sobrevolaba el Signal Iduna Park, majestuoso, como siempre. Al minuto 90 llegaba el Málaga con un resultado magnífico, o sea, clasificado. Joaquín y Eliseu habían dado el pase a semifinales, con un gol en contra de Lewandowski que no era más que burocracia. Todo lo que ocurrió después pasó rápido, a sacudidas. Reus igualaba el marcador en el minuto 91. Algunos segundos después, Santana, en el área pequeña y en un fuera de juego de esos que tardan años en olvidarse, ponía al Dortmund en cabeza, dejando al Málaga fuera de Europa. Todo lo demás está borroso. En la memoria de muchos está, posiblemente, casi en diapositivas. En blanco y negro, desnutridas, provistas de más lagrimas que recuerdos firmes. Felipe Augusto Santana. Un gol. Minuto 92, aquel banderín que nunca llegó a levantarse. Y la tristeza, toda la que cabe en 180 minutos había caído al fondo, al saco roto de las expectativas incumplidas.

Él lloró, como casi nunca. Como si aquel gol fuese lo más importante, como si no importase el primer desamor, el último examen de matemáticas o el próximo partido de la liga del instituto. En sus quince años perder no era lo normal, por mucho que hubiese leído y releído a Axel Torres bajo indicación de los mayores. En sus quince años aquella noche se marcaría de rojo en un calendario vital donde aún no había dado tiempo a experimentar qué era realmente la pena, quizá la impotencia. Aquella noche sí. Aquella noche, decía, no quería saber nada de nadie, del mundo. De un mundo que nunca entendió de divisiones inferiores, de descensos y de pérdidas pero sí de Intertotos, UEFAS y Champions, como si el mundo, de verdad, el suyo, hubiese empezado en 2010, donde no cabía posibilidad de derrota. Un mundo de fe, como se componen las grandes cosas, que aquella noche no tambaleó, sino que se erigió sólido y orgulloso, pero desolado e injusto.

El Málaga había caído por injerencias de los demás, por fallos propios, por marcas del destino, por obra de los dioses, por algunos errores consecutivos de cálculo. Nunca por falta de trabajo y valentía. Y la posteridad no es mucho más que esto, el recuerdo. Oscar Wilde decía: "Podemos pasar años sin vivir en absoluto y, de repente, la vida se concentra en un instante". Aquel martes de abril, Málaga, con sus bares y salones llenos, comprendió la frase del genio irlandés. Cayó de bruces. Con la cabeza alta, pero cayó. La vida en un instante







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