jueves, 3 de julio de 2014

(Des)Amor (in)Finito.

Todo empezó como las historias que acaban en llanto: riendo. Seguramente dije algo poco ingenioso muy característico de mí pero tú reíste como tonta. Empezamos a hablar para descubrir que teníamos tanto en común que el numerador ya no importaba. Compartimos tardes. Paseamos por todos los rincones de la ciudad. Nos besamos bajo todas las farolas. Dimos de comer a cada mariposa que empezaba a revolotear por nuestros estómagos. Era algo fantástico: todos los relojes de sol nos apuntaban al pasar.

Sacaste una sensibilidad en mí semejante a la que tienen esas máquinas que detectan terremotos a kilómetros de distancia. Éramos niños pequeños que no querían crecer pero que descubrieron tarde que eso sólo era una trampa. Eras mi veleta y mi ancla, viento y tierra: me hacías volar a la vez que me mantenías firme. Ya éramos plural: amamos.

Entonces llegó un huracán para arrasarlo todo: apagó cada hoguera que encendimos, disolvió el azucarillo que sujetábamos entre los dientes hasta que era imposible reconstruirlo, rompió todos los platos sin usar, derribó puertas selladas y penetró por las grietas del muro que nos separaba del resto del mundo.

La marea me llevó para dejar de creer en ti en ese mismo instante, en que me negaste la mano que te extendí en señal de socorro e ignoraste hasta que apenas se veían las yemas de mis dedos, te habías alejado lo suficiente como para no volver a tiempo y yo ya caminaba por el fondo del mar.

Rompí todas tus cartas antes de leerlas, para mi te habías quedado sin palabras, esas palabras que perdieron el sentido que le dimos y entonces, como por arte de magia, se borraron todos los mensajes que dejamos en el espejo, el carmín desapareció de tus labios y nos tapamos los ojos para no ver la rosa que se marchitaba. Nos alejamos tanto que jamás nos volvimos a cruzar: yo estaba encerrado en mí y tú en tu nueva felicidad. Te fuiste como el verano al llegar septiembre y de repente era invierno.

A veces me gustaría pensar que se nos gastó el amor de tanto hacerlo y las mariposas se hicieron carnívoras para comernos por dentro.

Ojalá la culpa de verme caer y quedarte impasible se haya introducido en tus frágiles huesos y se quiebren uno a uno al respirar, no sé: con mucha acritud.

                                                                                       

       
                                                                                                 Julio Alberto Trillo Ortiz
 

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