jueves, 17 de julio de 2014

El momento en que lo supe

El amor a primera vista es un utopía de la que nos han convencido a través del cine y los dibujos animados. Ese enamoramiento que surge tras una mirada, después de observar fijamente a ese por el que nos sentimos atraídos, simplemente no existe. Abogar por ésto es como empezar a construir la casa por el tejado. No es lo mismo un flechazo que estar convencido desde las primeras sonrisas que se es capaz de amar a una persona. 

Lo que sí puede ocurrir en ese primer encuentro, fortuito o previsto, es que se pongan los cimientos para una futura relación. Para ello entran en juego multitud de factores, todos basados en un intercambio: miradas, posturas durante la conversación, gestos, interés, y, si se llega a tal punto, besos. 




La reciprocidad en cada uno de estos actos determinará el futuro inmediato y servirá como aproximación al futuro que puede tener dicha pareja. Si los dos protagonistas coinciden en todo lo anterior, sobran razones para el optimismo; si no se acaba de consumar alguna de las mismas, aún hay esperanza; y si no encaja ninguna pieza, es mejor empezar a retirarse, ya que si alguien quiere mostrar señales a otro y éste quiere darse cuenta de las mismas, es casi imposible no percibirlas. 

Ese primer caso, cuando la felicidad te recorre el cuerpo y recuperas toda la confianza en ti mismo tras una cita perfecta, es el que todo el mundo debería experimentar alguna vez en la vida. Está claro que no lo que sentiremos no será amor aunque todo resulte ideal, y eso que la euforia pondrá de su parte para hacernos pensar así. Los sentimientos afloran con mucha facilidad con ese subidón de adrenalina que provoca una tarde inolvidable, pero no hay que dejarse llevar por los mismos. Los que hayan sufrido en alguna ocasión un desengaño de este tipo sabrán a qué me refiero.

Rescatando todo lo anterior, y siendo conscientes de que no existe ese amor a primera vista, ¿qué no puede ocurrir? La ausencia de un sentimiento tan fuerte no implica que no pueda aparecer otro que acabe siento igual de determinante. Así surge ese momento en el que lo sabes. El que te abrirá los ojos y te permitirá ver que esa persona no es como el resto. Que no puede ser como los demás porque no está destinada a ello y tú tampoco quieres que se quede en una experiencia más. 

“El momento en que lo supe”, la base del nuevo castillo que quieres construir con él o ella, es el que no te hacer caer en la explosión de alegría repentina y te permite ver la situación de forma reposada. El mismo que te rompe los esquemas y echa por tierra todos tus tesis sobre el amor y las relaciones de pareja. Ese que te vuelve a convencer de que quizá sí existe alguien para ti en el mundo.

La clave de ese momento puede ser el día después del primer encuentro. Reflexionas sobre lo del día anterior. Piensas en cómo quieres que sea el siguiente. Decides la actitud a tomar. Y es entonces cuando lo ves claro. Avanzas, dejando atrás el vacío de una soltería más o menos exitosa, por apostar todo a un posible futuro con alguien a quien apenas conoces, pero que te ha ofrecido los argumentos suficientes para que te pienses si dar el paso. 

Ese pasado cargado de sufrimiento desaparece. Sí, lo has dejado atrás hace nada, pero gracias a ese día ayer se te quitan las ganas de lamerte las heridas y continuar exteriorizando tu rencor con recursos que no conseguían reconfortarte de ninguna manera. No hacía falta un clavo para sacar otro: solo tú, con tus propia determinación, sanas la herida. Y como nuevo, vas a por tu nuevo objetivo.

Cuando llega el segundo día, y tocas el cielo con esos besos, es cuando llega el refrendo a todo lo que te planteaste solo unas horas antes. Y es cuando podrás decir: “lo sabía”.

“El momento en que lo supe” puede llegar de mil maneras distintas. A cualquier hora. E incluso puede tardar en confirmarse. Pero lo que importa es que has reflexionado, comenzando la casa por abajo.

El futuro es impredecible. Pero mi momento particular no para de darme alegrías. Le deseo esa sensación a cualquiera.

 

                                                                                                                       Jesús Travieso

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