lunes, 27 de octubre de 2014

Ellos también enloquecieron

-Ellos hablaban de dinero, de mucho dinero. Tenían tanto que nunca eran capaces de saber la cifra exacta.

Llenaban sus garajes de coches de ensueño, de esos bólidos cuyas réplicas de juguete hacíamos circular de pequeños por alfombras con estampados de circuitos de carreras.

Presumían de vestir las mejores ropas, de saciar el apetito con los manjares más deliciosos, de refrescarse el gaznate con los licores más exquisitos, de perfumarse con las más preciadas fragancias…

-Y tú... ¿Qué dijiste?

-Yo les hablé de la noche que siempre se repite, aquella en la que su habitación se descapota, en la que el techo se vuelve transparente porque la Luna y las estrellas, rabiosas de envidia, se mueren por observarnos desde ahí arriba. Les hablé de esas noches que tan felices nos hacen, las que acaban cuando el sol ya ha llegado, sorprendiéndonos otra vez, habiendo perdido la noción del tiempo mientras nos regalábamos otro pedacito de vida. Les hablé de esas noches en las que nunca dormimos porque no lo necesitamos: aprendimos pronto que éramos más felices soñando con los ojos abiertos.

Les expliqué que dejo su cama, que salgo de su casa, sólo pensando en volver cuanto antes. Les conté también que no tengo coche para volver a casa, pero que no lo necesito: prefiero caminar mientras disfruto de las calles de la ciudad que nos prestó su noche para encontrarnos.

Les hablé del abrigo de sus abrazos, 
de cómo alimentan sus "te quiero", de cómo bebo de sus besos, de cómo memorizo su olor en mi nariz para que no sea tan duro echarla de menos cuando salgo por la puerta del portal. Les aseguré que cuando me toma la mano siento ser más bueno, más humilde, más gracioso, más inteligente, más fuerte, más guapo.


-Y... ¿Qué hicieron ellos?

-Se quedaron callados, atónitos, perplejos. Habían dejado su concurso de bravuconadas artificiales para escucharme atentos, interesados, ciertamente entusiasmados. Sus miradas se clavaban en mí pidiéndome saber más porque, de repente, habían entendido que no lo tenían todo.

-Y... ¿Qué les dijiste?

-Les seguí hablando de un nuevo mundo, del mejor de los lugares en los que he estado jamás. Les describí la habilidad de sus ojos verdes para desnudarme, la melodía en que se convierte su voz al entrar en mis oídos, la forma en la que acompasa su mirada y su sonrisa para cambiar el ritmo de mis latidos, para hacer que me tiemble la voz, que los nervios me regalen el dulce dolor de un estómago abarrotado de mariposas y para que, irremediablemente, me vuelva loco por completo.

- ¿Y qué pasó entonces?

-Que ellos también enloquecieron...



                                                                                               Mario Cortegana Santos

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